Perdidos entre formas (Género: Relato onírico — Temática: duelo)

Silvana Ibáñez

 

Era una tarde tibia, tarde de octubre que se libró de las lluvias comunes de la época; con tanta suerte, acertamos al fin de semana de paseo. Las calles de Corrientes se desplegaban ante nosotros como un mapa de recuerdos: la plaza donde jugábamos de chicos, el almacén de la esquina que seguía ahí después de tantos años, el mismo cartel de siempre. Los colores, olores y sabores de la infancia que debían ser transmitidos más allá de los repetidos relatos.

Así llegamos a esas calles: mis hijos, mi hermana y mis sobrinos recorríamos la ciudad en mi vieja camioneta. Disfrutábamos del paseo entre risas y anécdotas. Los chicos iban atrás, discutiendo qué sería lo próximo para comer, a la espera de parar a comprar algo que calmara los ruidos que, para ese momento, ya hacían nuestros estómagos. Mi hermana, al lado mío, miraba pasar las calles en silencio, con esa calma que tiene ella cuando está contenta. Yo manejaba despacio, sin apuro, dejando que la tarde se estirara. 

De pronto, un golpe seco, un suspiro metálico... Todos mis pobres intentos no sirvieron para nada. El motor murió. Lo primero que atiné a hacer fue tomar el teléfono: sin señal para avisar a nadie, decidí dejar el vehículo; lo buscaría más tarde, ya vería la forma.

Los niños protestaron; mi hermana me miró desconcertada.

—Será una gran aventura —dije—. Estamos de paseo y no dejaremos que nada lo arruine.

Confié en la proximidad de la casa de mi tía y en que podríamos llegar a pie, mientras veíamos, desde otra perspectiva, la ciudad.

Consulté el GPS del móvil y no coincidía con mi sentido de ubicación. Extraño, pero confié en el primero: el imprevisto me estaría jugando en contra de mis propios sentidos. Caminábamos y caminábamos, no veía nada familiar que me permitiera ubicarme en el rumbo buscado. En medio de la confusión, pensé en cuántas calles habíamos caminado, y que no sé cómo se me pasó, pero no grabé nada del lugar donde quedó el vehículo. Habíamos caminado seis o siete cuadras, por lo que empecé entonces a fijarme en los detalles: si más tarde tuviera que volver desde ahí, serían siete cuadras a la redonda donde buscar. 

El hambre de los chicos apuró nuestros pasos y, con algo de suerte, llegamos a una zona con locales comerciales y gastronómicos. Intentamos entrar a uno, pero la gente nos miraba —o no nos miraba— con un aire raro, como si estuvieran allí y no, al mismo tiempo. Algo me dijo que no era un buen lugar para los niños.

Apretamos el paso y seguimos unas cuadras más. Vi a unas señoras y les pregunté por la dirección a la que nos dirigíamos, mientras le pedía a mi familia que siguiera adelantándose. Mi hermana, mis sobrinos y mis hijos se perdieron unos metros adelante, doblaron en una esquina y entraron en un local de ropa. Me acerqué y vi, dentro, personas que, sorprendentemente, les ayudaban a ocultarse.

Ingresé al local. Mi hermana conversaba con esas personas, y los niños estaban descansando todos en un sillón, comiendo algo que les habían ofrecido. No entendía qué pasaba, pero estaba tan agotada que me dejé caer en una silla que me ofrecieron y cerré los ojos. Cuando desperté, el local estaba vacío. Salí corriendo y alcancé a ver a los chicos doblando en otra calle.

En ese momento noté que mi hermana había desaparecido. Corrí, los alcancé y los reuní: seis niños, ninguno mayor de quince, el más pequeño de apenas cinco años. No podía perderlos de vista. Les pregunté por mi hermana y ninguno me supo contestar; ellos, entre juegos, ni lo habían notado. Ella no estaba y la noche empezaba a asomarse. Yo sabía que, sea como sea, nos veríamos en casa de la tía.

El GPS seguía confundiendo mis pasos. Busqué un medio para salir de allí: ni colectivos, ni taxis, ni nada. Solo gente, poca, que caminaba sin vernos, pero que empezó a notarnos, a seguirnos. Se tornaron como sombras que intentaban alcanzarnos, y fue allí que, de pronto, lo vi.

—Papá... —susurré.

Él estaba allí, sonriendo como siempre, dándome una paz inmensa. Me dijo que subiéramos a un colectivo cercano que apareció de la nada; insistió en que en él podríamos llegar a la casa de la tía. Conté a los chicos, subimos todos y creí que todo estaría bien.

Pero apenas avanzamos, una sensación rara. Escalofríos. Delante de mi padre se sentó una mujer que le hablaba como si lo conociera. Él le sonreía. De pronto, ella se inclinó y le dio un beso. Yo pensé en mi madre, aunque mi mente confundida decía que había muerto hacía años —y bueno, si papá está bien...—, pero ¿quién era esa mujer? Tan atrevida...

Y entonces su rostro empezó a cambiar. Se volvió una figura diabólica, con una sonrisa malvada. Se subió sobre él, insistiendo en besarlo. Miré alrededor: los pasajeros tenían formas distorsionadas, casi irreales. Los niños me miraban sin comprender.

—¡Papá! ¡Papá! ¡Papá! —grité, una y otra vez, desesperada, llorando, impotente, mientras la mujer lo iba devorando con los besos.

Cerré los ojos lo más fuerte que pude, repitiendo: debo despertar, debo despertar.

 

Abrí los ojos, agitada. O al menos creí que lo hacía: todo había desaparecido. Calma, oscuridad. Sentí el calor de su abrazo, levanté el rostro tras sus hombros; inconfundible, papá estaba a mi lado. Lo abracé con todas mis fuerzas. Cuando levanté la mirada, me devolvió su sonrisa tranquila, cuidándome. Giré la cabeza: los chicos estaban alrededor de él... pero sus rostros empezaron a cambiar, deformándose.

—No, no, no... —mi voz se quebró—. Esto no es la realidad.

Miré hacia arriba. No conocía el lugar. ¡Esto no puede ser real!

—¡Papá! ¡Papá! ¡Papá! —grité de nuevo, intentando despertar.

Me esforcé, luché... y al fin, con un tirón, abrí los ojos, mientras aún escuchaba mis propios gritos.

Esta vez sí: la cama, la habitación, la penumbra conocida. Un ladrido se escuchaba a lo lejos. Entonces, aún agitada, comprendí: desperté a mi verdadera pesadilla. Papá no estaba. Hacía mucho que ya no estaba físicamente conmigo.

Aunque sé que siempre me cuida, hasta en mis peores pesadillas...

  • Autor: Silvana Ibáñez (Offline Offline)
  • Publicado: 18 de septiembre de 2026 a las 17:29
  • Comentario del autor sobre el poema: El siempre está, no lo veo, está en mi y a veces también en mis sueños.
  • Categoría: familia
  • Lecturas: 1


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