CARGANDO UN MUERTO (segunda parte)

JUSTO ALDÚ

                                                                                            Imagen creada con IA

 

La justicia, que a veces llega tarde y otras veces llega confundida, la llevó a juicio. Un abogado de apellido Morales aceptó defenderla. Era un hombre pequeño, con bigote gris y una habilidad extraordinaria para hacer parecer inocente a cualquiera que tuviera dinero suficiente para pagarle. Consiguió un perito. El perito habló de una alteración mental transitoria. Dijo palabras complicadas. Habló de impulsos, de obnubilación, de pérdida momentánea de la conciencia racional.

El juez escuchó los alegatos y ella regresó a prisión a esperar el fallo. Los periódicos olvidaron. Y meses después Eulalia salió libre. Clara había desaparecido. Nadie sabía dónde estaba. Eulalia volvió al apartamento. Pero la casa ya no era la misma. Las paredes parecían haber envejecido. El reloj de la sala se detenía todas las noches a la misma hora. Y algunas madrugadas, cuando Eulalia cerraba los ojos, escuchaba el ruido de una puerta abriéndose.

Al principio creyó que era el viento. Una madrugada tocaron. Tres golpes secos. Eulalia se incorporó en la cama. Miró el reloj. Eran las tres y diecisiete. Volvieron a tocar. Ella abrió.

Tomás estaba parado frente a ella. Pálido. Con la misma camisa que llevaba la noche de su muerte.

- ¿Por qué lo hiciste?

Eulalia no pudo hablar.

Tomás la miró.

 - ¿Por qué? 

Ella cerró la puerta. A la mañana siguiente encontró barro en el pasillo. Pensó que alguien había entrado y lo que había visto era sueño. Lo limpió. La noche siguiente volvieron los golpes. Tres, otra vez tres. Abrió y Tomás estaba allí.

- ¿Por qué lo hiciste? 

Eulalia comenzó a llorar. 

- Porque me engañaste. 

Tomás bajó la cabeza. 

- Es que yo, yo…yo te amaba -dijo temblando-

Aquella frase fue peor que el cuchillo. Durante las semanas siguientes apareció todas las noches. A veces preguntaba lo mismo. A veces permanecía callado. Otras veces entraba sin pedir permiso y se sentaba en la sala. Eulalia empezó a dejarle una silla preparada. Luego puso dos platos sobre la mesa.

Los vecinos comenzaron a escuchar conversaciones a través de las paredes.

- No puedes seguir viniendo -decía Eulalia- 

- Tú me mataste.

- Ya lo sé.

- Entonces déjame ir.

- ¿Adónde? 

Y Tomás nunca contestaba.

Pasó el tiempo. Un día Eulalia comenzó a cocinar. Preparó arroz, pollo y ensalada. Puso tres cubiertos, como si presintiera una visita, por eso cuando Clara apareció en la puerta, Eulalia creyó que estaba soñando. Su hermana parecía más joven. Mucho más joven. 

- ¿Por qué tres? -preguntó Clara-

- Uno para ti.

- ¿Y los otros?

Eulalia miró hacia la sala. Tomás estaba sentado allí. El tercer cubierto era para… 

- Yo también tengo que comer -dijo esquivando la pregunta-

Luego de ese día, Clara desapareció. A la mañana siguiente Eulalia encontró una pluma blanca sobre la mesa. Después otra. Luego una tercera.

Durante meses la casa comenzó a llenarse de plumas. Al escucharla hablar sobre eso, muchos dijeron que era una alucinación. Algunos vecinos aseguraron que eran señales y consultaron a un cura. El sacerdote dijo que había que rezar. Eulalia dejó de escuchar a todos.

Una tarde salió a la calle con una expresión ausente y caminó hasta el mercado. Compró una gallina. La llevó abrazada contra el pecho.

Un hombre le preguntó:

- ¿Y para qué quiere eso? Al ver cómo la apretaba.

Eulalia respondió: 

- Para que Tomás no tenga hambre.

La gallina murió tres días después. Eulalia la enterró en el patio. Pero al día siguiente apareció otra. Y después otra. Como si el pueblo donde había nacido hubiera decidido mudarse lentamente a su apartamento. Con el tiempo dejó de dormir. Pasaba las noches sentada frente a la puerta. Esperaba los tres golpes. Cuando no llegaban, los imaginaba. Cuando llegaban, sonreía.

- Ya sé por qué vienes -decía-

Una madrugada, después de varias noches sin dormir, Eulalia abrió la puerta antes de que tocaran. Tomás estaba allí. Esta vez llevaba una maleta.

- Me voy -dijo-

Eulalia sintió miedo.

- ¿Adónde?

- Donde van los muertos cuando dejan de ser necesarios.

- ¿Y yo?

Tomás sonrió.

- Tú todavía me cargas.

Eulalia miró hacia abajo. Entonces comprendió. Había pasado todos aquellos meses cargándolo. No sobre los hombros. No en los brazos. Lo llevaba dentro. Lo llevaba en los ojos. En las noches. En la culpa. En la memoria. En cada plato que ponía sobre la mesa.

Tomás se alejó por el pasillo. Eulalia corrió detrás de él.

- ¡Tomás!

Él no se volvió.

- ¡Tomás!

La puerta del cuarto se cerró. Eulalia quedó sola. Al amanecer, los vecinos al no verla salir, entraron. La encontraron sentada en el suelo, abrazada a una silla vacía. Ya no hablaba. Miraba fijamente hacia la puerta. El médico del barrio recomendó internarla. La llevaron a un nosocomio días después.

Desde entonces permanece en una habitación blanca, sentada junto a una ventana. Los médicos dicen que está semi catatónica. No responde cuando le hablan. No reconoce a nadie. Pero todas las madrugadas, exactamente a las tres y diecisiete, se incorpora lentamente. Mira hacia la puerta. Y sonríe. Entonces levanta una mano como si alguien estuviera entrando.

Los enfermeros dicen que, algunas veces, parece conversar con una persona invisible. Y aseguran que siempre termina diciendo lo mismo:

- Perdóname, Tomás.

Después hace una pausa. Escucha algo que nadie más puede escuchar.

Y agrega:

- Pero ya no puedo seguir cargándote.

Lo extraño es que, desde que Eulalia fue internada, en el apartamento donde vivía comenzaron a escucharse tres golpes en la puerta todas las madrugadas. Los vecinos dejaron de acercarse. Excepto una anciana del quinto piso, que asegura haber visto una noche a un hombre joven salir del edificio con una maleta. Dice que caminaba rápido. Como quien acaba de ser liberado de una condena. Y dice también que, detrás de él, iba una mujer hermosa. Muy hermosa. Clara. Pero nadie sabe si aquello ocurrió realmente. Porque en esta ciudad, como en todos los lugares donde los muertos tienen asuntos pendientes, hay cosas que es mejor no preguntar.

Sobre todo, cuando comienzan a tocar tres veces.

 

JUSTO ALDÚ © derechos reservados 2026

 

Nota: Instalen un timbre en sus puertas.  😂👌

 

  • Autor: JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 18 de septiembre de 2026 a las 00:12
  • Comentario del autor sobre el poema: Espero que les haya gustado el relato. Lo clasifico para mayores de 18 años, pues tiene algunos pasajes con tintes sexuales, no en ésta parte, en la primera.
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1
  • En colecciones: RELATOS.


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