Felicidad; Lo que no permanece también existe.

Elthan

Felicidad; Lo que no permanece también existe.

 

 

Durante años el ser humano levanta la mirada

esperando las trompetas.

 

 

Una niña con inocencia guarda

un rayo de sol en el bolsillo,

para compartirlo después.

 

 

Se confunde el cielo con una promesa,

la dicha con una lluvia de oro,

el instante decisivo

con algo capaz de partir la noche.

 

 

Mientras tanto,

una manzana madura sobre la hierba.

Nadie la proclama.

 

 

Una tarde cualquiera

entra por la ventana,

se queda sobre las manos

y se marcha sin ceremonia.

 

 

Después preguntamos acongojados

¿Por qué nunca llegó?

 

 

La fuente seguía abierta.

El agua descendía entre las piedras.

Algunos pétalos giraban

sin conocer otro hado.

 

 

Pero queríamos relámpagos.

Anhelábamos una señal

que pudiera sobrevivirnos.

 

 

No vimos aquella pequeña claridad

porque estábamos ocupados

esperando las llamaradas del incendio.

 

 

Hay una forma de ceguera

que no necesita oscuridad.

 

 

Basta con exigirle a nuestro mundo,

algo extraordinario,

para no reconocer

lo que ya estaba ocurriendo.

 

 

Un árbol seco conserva

el vestigio de sus hojas

sin devolverlas.

Bajo tierra la raíz abraza

una piedra verde,

como si pudiera convencerla

de florecer.

 

 

Los cuervos conocen ese idioma.

Se posan sobre las ramas

como pensamientos que llegan tarde,

picotean la corteza,

levantan el vuelo

y dejan al invierno

haciendo inventario de las ausencias.

 

 

Quizá así desaparecen ciertas dichas:

sin estrépito,

sin testigos,

sin siquiera recibir

el nombre que merecían.

 

 

Un bloque de hielo

puede guardar una burbuja

durante siglos.

 

 

El hilo de la campana no detiene su caída;

el alambre soporta el peso

hasta que una fibra cede.

El martillo golpea una vez.

Luego otra.

Nada de aquello pregunta

si algo fue verdadero antes de romperse.

 

 

También la nebulosa

cambia mientras la contemplamos.

La luz que vemos

puede haber partido hace miles de años

de un lugar que ya no existe.

Aun así, llega.

No necesita encontrar intacto

aquello que la produjo.

 

 

El ave del paraíso pierde las plumas,

una por una

antes de descubrir

que ya no puede volar.

 

 

Quizá la felicidad tenga esa crueldad:

haber pasado por nosotros

sin anunciarse,

haber parecido demasiado pequeña

para la grandeza que le exigíamos.

 

 

Una voz junto a la nuestra.

El cuerpo que todavía respiraba.

La mañana sin noticias terribles.

El jade frío entre los dedos.

Todo parecía demasiado pequeño,

frente a las trompetas que esperábamos.

 

 

Nada que pareciera capaz

de vencer a la pálida muerte.

Pero la realidad persiste;

hubo un instante

en que la vida no dolió.

 

 

Después vino el silencio.

La habitación perdió su calor.

La fuente quebrada dejó de correr.

La manzana terminó en la basura.

Los pétalos se volvieron polvo.

 

 

Entonces el pasado regresó

con sus manos de verdugo

a reconstruir lo que no supimos mirar.

 

 

Le puso un nombre.

Lo llamó FELICIDAD.

Pero ya era demasiado tarde,

porque aquello que ahora reconocemos

no puede volver.

 

 

Quién sabe si esa sea

la última ironía:

pasamos la vida buscando…

algo que aprendemos a reconocer

cuando ha desaparecido.

 

Los cuervos siguen sobre el árbol seco.

La noche no conserva testimonios.

El martillo duerme junto al alambre.

Nadie toca las trompetas.

 

 

Contra todo pronóstico,

en algún lugar,

permanece aquello

que ya no permanece.

 

 

¿Fue felicidad porque la vivimos,

o porque al perderla,

comenzamos a llamarla así?

 

 

 

xElthan.

  • Autor: Elthan (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 16 de septiembre de 2026 a las 00:21
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.