La casa de los abuelos siempre fue mi lugar favorito.
A las 6 de la mañana sonaba la radio, la estación favorita de un señor con mal genio que muy pocas veces daba muestras de afecto. En la estación sonaba un corte con un juez y un señor que siempre hacía de las suyas; tenían un acento cubano y un nombre chistoso: Tres Patines. La Suprema Corte era su programa favorito.
Recuerdo cómo le decía a mi abuelita:
—Despierta a mi hijo para que venga a desayunar.
El desayuno y el almuerzo siempre eran muy temprano. Por la tarde me sentaba junto a él, sin decir nada, simplemente a ver caer la tarde y a mi abuela tarareando una canción de la Virgen y bordando en un cuadrillé para su huipil.
En ocasiones, mi abuelo me pedía que lo rasurara. Solo hacía un gesto, pasando su mano de derecha a izquierda, y me decía:
—Niño, trae la navaja.
Yo no tenía barba y ya sabía cómo rasurarlo.
Los domingos, a las 7, me despertaba. Ese día me dejaba dormir un poco más. Me levantaba, me daba 10 pesos y una jarra de metal para comprar un poco de atole nuevo.
Era amargo y casi no me gustaba, y él se reía al ver cómo hacía caras y muecas. Con el tiempo le encontré gusto a los domingos, al atole y a escuchar cómo me decía:
—Está amargo, niño.
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Autor:
Cococherry (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 15 de septiembre de 2026 a las 11:35
- Categoría: Sin clasificar
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