Somos sentimientos
Elegía y testimonio de un adiós familiar
Somos sentimientos desde que brotamos por estos lares de la humanidad, respirando, aprendiendo y siendo. Al nacer y existir, razones y emociones nos acompañan en el transitar cotidiano para construir la casa de nuestra propia existencia.
Crecemos al son de la brega; ganas tras ganas buscamos el sustento en la tierra y el alimento de la fe en el cielo.
Somos sentimientos porque somos amores excelsos, con propósitos únicos e imperecederos en un devenir sin freno hacia lo eterno, pues tenemos un comienzo y un final: una edad, un lapso, un espacio y un tiempo.
Nos fortalecemos iniciando de nuevo, en medio del trance que vivimos en el contexto sublime del denuedo, en pos del reencuentro sincero y el abrazo fraterno.
Somos albricias al advenir y estampar huellas en el seno del hogar y de la sociedad, haciendo historia y trascendiendo el lugar común con la obra que reflejamos de la mano de Dios. En este contexto somos sentimientos de alegría y tristeza, de bienvenidas y adioses, de encuentros y desencuentros que marcan la estatura humana en su justa dimensión.
La existencia se siente etérea, casi nada, y a la vez tan visible y honda que, como estrellas en el firmamento infinito, titila reflejando la sublime y lúgubre despedida.
Así, cuando un ser querido se marcha hacia caminos lejanos, la pesadumbre invade, se vuelve delirio, realidad inconsolable y huella marcada por el martirio. Es una prueba que nos estremece y casi nos derriba, mas el Todopoderoso nos da fe, fuerza y voluntad para continuar sin la presencia física del que partió, pero cobijados por su espíritu, su recuerdo y su legado.
Se fue; y nosotros, entre el dolor y el luto, sufrimos y lloramos, abrazando amamos, nos encontramos y seguimos el camino.
En medio de estos luctuosos momentos, la madre, con rostro acongojado, deja manar de su alma lágrimas que recorren sus arrugas como afluentes en busca del mar del desahogo y de la paz: diminutos riachuelos que van al puerto del amor supremo. A la par, la viuda erguida, aunque sacudida y atormentada, anda y desanda, gira con mirada languida, buscando comprensión y sosiego, una brizna de luz en ese absurdo túnel del silencio sepulcral.
En tanto, el hijo llega desde lejos, compungido, esparciendo flores que perfuman y cendales que refrescan de esperanza la lugar familiar: su misión es soportar el quebranto y transmitir serenidad, interpretando con entereza el hondo dolor del canto filial. Más allá, el pueblo asimila la pérdida y llora el adiós. Y sus amigos entrañables - ay-, sus hermanos del alma, heridos, inconsolables, acompañándolo en su lecho aún tibio, apesadumbrados y sorprendidos por ese inesperado y súbito vuelo, gimen y aguantan el plañir de la desaparición.
En el cauce paralelo del dolor surge el perdón y el abrazo, la compañía, el pésame y la fe viva que sostiene y abre caminos.
Ahora toca renovar el amor, repensar la marcha y concretar el reencuentro, revisar las fallas y enderezar entuertos. Es menester izar las banderas de la bondad y la solidaridad, despedir la sombra de la circunstancia y abrirle de nuevo senda a la alegría.
Bienvenido sea el abrazo ante la memoria, ese que da paso a la musa y a la poesía; bienvenido ese don tan nuestro: el tributo fraterno, el homenaje y la afirmación definitiva de lo humano.
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Autor:
Rafael Parra Barrios (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 14 de septiembre de 2026 a las 15:43
- Categoría: Triste
- Lecturas: 1
- En colecciones: Triste.

Offline)
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