Mentira; la memoria de los culpables.

Elthan

Mentira; la memoria de los culpables.

 

La verdad no siempre entra por la puerta.
A veces permanece afuera,
bajo la lluvia,
esperando que alguien tenga el valor de reconocerla.

 

Dentro,
la mente levanta pilares
con aquello que no quiere saber.

Un hecho aquí,
una excusa más allá,
una omisión cuidadosamente colocada entre dos recuerdos.

 

Así construimos. No una casa,
sino un refugio contra nosotros mismos.

 

Hay quien guarda la culpa
en un cofre sin cerradura,
después asegura que jamás encontró la llave.

 

Quizás Pandora,
no abrió el cofre para liberar los males.
El verdadero castigo fue descubrir que estaban dentro
y pasar el resto de la existencia
inventando razones para volver a cerrarlo.

 

 

¡La memoria también sabe obedecer!
Mnemósine, madre de los recuerdos,
podría contemplarnos desde el origen
y preguntarse en qué momento
sus hijos aprendieron a falsificar
aquello que debían conservar.

 

Desplaza una palabra,
borra una mirada,
modifica la fecha de una herida
hasta que el culpable aparece
vestido de víctima.

 

La sociedad suele ayudarlo.
Porque claro, resulta más cómodo
aceptar una falacia conveniente
que mirar de frente la evidencia
que podría obligarnos a juzgarnos también.

 

Así, la falsedad adquiere testigos,
la excusa encuentra cómplices
y la culpa cambia de nombre
hasta convertirse en “virtud”.

 

Los sucesos…
dejan de ser hechos.
Se convierten en material de construcción.

 

Una piedra para la justificación.
Otra para el orgullo.
Otra para esa imagen impecable
que necesita contemplarse cada mañana sin encontrar una fisura.

Cuando alguien intenta señalarla,
la defensa se vuelve beligerante.
No porque haya descubierto una mentira,
sino porque ha sentido
que alguien está entrando
en la habitación donde el cadáver vestido de inocencia…
se convirtió en manantial de evidencias.

 

Es probable que ese sea el mecanismo más extraño de la conciencia:
Primero ocultamos aquello que hicimos,
después inventamos una razón,
más tarde se repite el pretexto,
y finalmente olvidamos que alguna vez hubo algo que ocultar.

 

Entonces hace acto de presencia Jano,
con un rostro mirando los hechos
y otro contemplando la versión
que nos permite sobrevivir a ellos.
Uno recuerda.
El otro corrige.
Ambos aseguran ser el mismo personaje.
La mentira entonces
ya no necesita labios.
Respira sola.

 

Camina por nuestra galería de fantasmas.
como un huésped antiguo
que conoce todas las habitaciones.
Nosotros, para no expulsarla,
cambiamos los muebles, los nombres, la historia.
Hasta que una noche,
cuando todo permanece tenue
y nadie puede escucharnos,
aparece una señal:
esa pequeña fisura
por donde todavía entra la verdad.
No grita.
No acusa.
No exige justicia.
Simplemente permanece.

 

Como una carta póstuma
escrita por la persona que fuimos
para el individuo que todavía intentamos ser.

 

Llegado ese momento comprendemos
que la honestidad nunca consistió
en decir la verdad a los demás.

 

Tal vez comienza mucho antes:
cuando somos capaces
de permanecer frente a nuestros propios actos
sin convertirnos inmediatamente
en sus abogados.
Porque hay calamidades que no destruyen una vida.
Hay quienes, teniendo tanto que dar,
terminan haciendo de su desgracia una forma de vida.

 

La derrota definitiva del ser humano:
no es vivir dentro de una ficción cuidadosamente habitada,
sino construirla piedra por piedra
hasta convertirla en identidad
y morir defendiendo…
aquello que nunca fue cierto.

 

 

xElthan

  • Autor: Elthan (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 14 de septiembre de 2026 a las 00:18
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.