Anatomía de lo invisible
Y una voz me dijo:
pronuncia mis palabras,
que yo las pondré
en la puerta de tus labios.
Cabálgalas
como potros de sueño
para llegar a mí.
A todo le hemos puesto nombre,
a todo lo que nos sostiene:
a la tierra que detiene
nuestra vertiginosa caída,
a la mirada que se viste
con los ojos de otros,
al aire donde se apoyan los pájaros,
a las cavernas que resguardan la noche,
a los huecos de los árboles
que velan el sueño vertical
de los murciélagos,
a los áticos y tejados
donde se ocultan los gatos,
y a los objetos olvidados
que ya han dejado de mirarnos;
al poeta naciendo
en la boca de otras bocas,
yendo y viniendo
del huevo
a la oruga,
a la crisálida,
hacia la mariposa,
hacia la muerte,
perdido bajo los puentes,
entre las luces amarillas,
renaciendo
en las miradas que nos sueltan las manos
y nos dejan caer en el olvido.
Todos estamos ciegos,
creyendo que vemos
lo que no vemos.
Nos pellizcamos la piel
para saber que no dormimos;
nos quitamos los zapatos
para que la tierra exista;
lloramos para dejar de llorar,
nos cansamos para dormir
y nacemos con otro rostro
y en otro soplo.
Todo se nos volverá a caer
en el camino,
volviéndonos contra la esperanza
y contra la fe.
Reescribiremos las palabras
que fueron dichas
y nos las apropiaremos sin saberlo,
creyéndolas una casualidad
porque tenemos sed
para pedir el vaso de agua,
sed de tomarnos unos a otros
para nunca saciarnos,
porque se nos oculta
la necesidad más profunda
sin voz,
sin palabras,
sin piel,
solos con el poema,
buscando los viejos harapos,
un poco tontos,
un poco nobles,
callados,
aprendiendo a mirar
otra vez,
sin saber
que ya nos miran,
escuchando
lo que dicen que digamos,
muriendo cada minuto
que nos mastica la carne,
escribiendo
con el aliento
de Píndaro y de Joyce.
Y a todo en este exilio
le hemos puesto un nombre:
a lo distante
que la mirada no alcanza,
a lo que nos precede
con falta de cuerpo,
más allá del cielo,
sobre nuestro sombrero,
en los lugares
donde se apoya la mirada
y se nos moja
de cierta sal,
de cierto mar,
en el vuelo de las aves,
sobre las flores,
en los trinares de pájaros,
en el lodo,
en las mentiras,
pero también en las verdades,
aferrándonos a las ramas
como gotas de agua
suspendidas,
con la lengua sedienta
lamiendo la brisa,
anhelando la eternidad
y juzgándonos
en el deleite.
¿Qué nombre tiene este lugar
que nos mantiene los ojos cerrados,
oculto en el lenguaje
como un silencio,
atados a las húmedas líneas
verticales
que se doblan en los tejados,
cautivos del suelo,
desterrados de un vuelo,
con esta boca
que a todo sabe poner nombre?
Este agravio de querer descubrir
lo que no necesita ser develado:
ponerle las manos,
sostenerle la mirada,
decirle palabras,
desatarle los zapatos.
¿Cuándo le haremos justicia al silencio?
¿Cuándo se cansarán los poetas
de buscar con los ojos
y la lengua
y la piel
de las palabras?
¿Y qué haremos
con el desamparo
de las palabras sobrantes?
¿Dónde las guardaremos?
Y cuando creamos
que todo se ha dicho
y nos inquiete otra pregunta,
¿cómo las buscaremos?
¿Por dónde regresaremos?
Ricardo Castillo
De: La hora crepuscular (c.a. 2024)
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Autor:
Axioma (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 13 de septiembre de 2026 a las 14:26
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Online)
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