A todos los que me han escrito les reitero que estoy bien y que el sismo de ayer de 6.1 º tuvo su epicentro bastante lejos de la Capital, solo hubo algunos daños estructurales, no muertos ni heridos. Muchas gracias.
Hay una idea peligrosamente seductora en ciertos discursos contemporáneos sobre la poesía: que basta con sentir profundamente algo para que, al escribirlo, aquello se convierta automáticamente en poema. Según esta concepción, la poesía no se construye, no se trabaja, no se corrige ni se somete a ninguna exigencia estética: simplemente «se derrama». El corazón dicta y la mano obedece.
Como metáfora de la inspiración, puede resultar hermosa. Como teoría literaria, es insuficiente.
La emoción puede ser el origen de un poema, pero no es el poema.
Un hombre puede llorar con absoluta sinceridad y, sin embargo, su lágrima no constituye literatura. Puede experimentar un dolor verdadero, una pérdida devastadora o una felicidad indescriptible; pero convertir esa experiencia en poesía exige algo más que sinceridad. Exige lenguaje, ritmo, imágenes, precisión, musicalidad, tensión, estructura y una conciencia estética capaz de transformar una experiencia individual en una experiencia compartida.
Porque una cosa es sentir y otra, muy distinta, saber convertir lo sentido en lenguaje poético.
La poesía no empezó ayer
Conviene recordar algo elemental que a veces parece olvidarse: la poesía tiene una historia. No nació con las redes sociales, ni con el verso espontáneo publicado al calor de una emoción, ni con la idea contemporánea de que todo texto dispuesto verticalmente sobre una página es automáticamente un poema.
Mucho antes de que existiera el llamado verso libre, la poesía había desarrollado un extraordinario repertorio de formas, ritmos y procedimientos. La oda, la elegía, el himno, la égloga, la sátira, el romance, la décima, el soneto y tantas otras estructuras no fueron caprichos de escritores obsesionados con ponerle barrotes a la inspiración. Fueron, entre otras cosas, formas de dominar la música del lenguaje.
El endecasílabo, el alejandrino, el octosílabo; la rima consonante y asonante; las estrofas; la acentuación; la pausa; la cadencia: todo ello forma parte de una tradición poética que durante siglos enseñó al escritor a escuchar las palabras antes de soltarlas sobre el papel. Y no se estudia durante años porque los profesores tengan una particular afición por complicar las cosas. Se estudia porque quien conoce las herramientas puede utilizarlas, modificarlas o incluso romperlas conscientemente.
Nadie debería sentirse humillado por aprender métrica, contar sílabas poéticas o identificar sinalefas. Un pintor no pierde inspiración porque aprenda perspectiva. Un músico no deja de ser artista porque estudie armonía. Un arquitecto no traiciona su creatividad porque conozca las leyes de la construcción. Entonces, ¿por qué habría de hacerlo el poeta?
De la idea al poema
Un poema puede comenzar con una imagen, una emoción, una frase, un recuerdo, una pregunta, una escena o incluso una palabra. Supongamos que alguien siente la ausencia de una persona amada. La experiencia emocional es real, pero todavía no existe el poema. Existe una materia prima.
El escritor debe preguntarse qué quiere decir realmente. ¿Hablará de la ausencia? ¿Del abandono? ¿Del resentimiento? ¿De la memoria? ¿De la imposibilidad de olvidar? ¿Del paso del tiempo?
Después aparece una tarea fundamental: encontrar la imagen capaz de decir aquello que una explicación directa apenas consigue transmitir.
No es lo mismo escribir:
«Te extraño mucho».
que encontrar una imagen como:
«Tu ausencia dejó la silla mirando hacia la puerta».
En el segundo caso, la emoción ya no está simplemente declarada: ha sido transformada en imagen. Ese es el trabajo poético.
Después vendrán las decisiones sobre el ritmo, la extensión del verso, la disposición de las estrofas, la repetición, la sonoridad, la elección de cada palabra y la relación entre unas imágenes y otras.
Y finalmente llegará una de las tareas menos románticas y más necesarias de la literatura: tachar. Porque el primer borrador pertenece a la inspiración; la versión definitiva pertenece al oficio. El léxico también se trabaja
Otro error frecuente consiste en pensar que cualquier palabra colocada en cualquier lugar conserva exactamente el mismo valor poético. No es así.
El poeta trabaja con el idioma como el escultor trabaja con la materia. Una palabra puede ser correcta y, sin embargo, ser pobre. Otra puede ser sencilla y, precisamente por eso, devastadora. Leer transforma el entendimiento y nos proporciona capacidad para discernir.
No se trata de llenar el poema de palabras rebuscadas para aparentar cultura. El léxico poético no consiste en utilizar el diccionario como si fuera una caja de fuegos artificiales. Consiste en escoger la palabra exacta.
A veces será cotidiana. Otras veces será arcaica, concreta, áspera, musical o inesperada. Lo importante es que tenga una función dentro del organismo del poema. La poesía no necesita palabras difíciles. Necesita palabras necesarias. Y esa selección requiere lectura, oído, experiencia y conocimiento del idioma.
Las figuras retóricas no son decoración
La metáfora, la comparación, la personificación, la anáfora, la antítesis, la paradoja, la sinestesia, la metonimia, la hipérbole y tantas otras herramientas no existen para que el poeta pueda adornar artificialmente sus versos. Existen porque el lenguaje poético busca decir más de lo que dicen literalmente las palabras.
Cuando César Vallejo escribe:
«Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!» no está simplemente informando que existen momentos dolorosos. Está convirtiendo el dolor en una experiencia física, casi corporal.
Cuando Quevedo convierte el paso del tiempo y la proximidad de la muerte en materia poética, tampoco está redactando un informe sobre la existencia humana. Está construyendo pensamiento mediante lenguaje poético.
La figura retórica, cuando funciona, no maquilla una idea: la transforma.
Por eso no basta con colocar metáforas unas detrás de otras. Una sucesión de imágenes no necesariamente constituye poesía. Las metáforas deben relacionarse, avanzar, crear sentido y contribuir a una arquitectura. Una metáfora hermosa, aislada, puede ser una chispa. Diez metáforas sin relación pueden convertirse en humo.
El verso libre no significa escritura libre de oficio
Aquí conviene hacer una distinción importante. El verso libre ocupa hoy un lugar legítimo y fundamental en la poesía contemporánea. Negarlo sería desconocer buena parte de la literatura moderna. Pero verso libre no significa verso sin trabajo.
El verso libre puede prescindir de una métrica regular o de un esquema fijo de rima, pero no debería prescindir del ritmo, de la musicalidad, de la respiración, de la imagen, de la tensión verbal ni de una arquitectura interna.
Un buen poema en verso libre tiene decisiones. Dónde comienza el verso. Dónde termina. Dónde se produce una pausa.
Qué palabra queda aislada. Qué palabra se repite. Qué sonido regresa. Qué imagen abre y cuál cierra. Qué silencio queda entre dos versos.
El poeta que escribe verso libre no ha abandonado las herramientas: ha cambiado la manera de utilizarlas. Por eso conviene distinguir entre libertad poética y ausencia de conocimiento.
La primera puede producir grandes obras. La segunda suele producir simplemente textos sin terminar.
La tradición no es una cárcel La poesía evolucionó precisamente porque los grandes poetas conocieron la tradición y, desde ella, se atrevieron a transformarla.
El modernismo hispanoamericano es un magnífico ejemplo. Rubén Darío, Amado Nervo y otros autores modernistas ampliaron las posibilidades musicales, léxicas y simbólicas de la poesía en español. Experimentaron con ritmos, formas, imágenes, musicalidad y vocabulario. No llegaron a la literatura diciendo: «Escribo lo primero que siento y eso basta». Llegaron después de una tradición enorme y dialogaron con ella.
Walt Whitman abrió caminos decisivos para la poesía moderna mediante una concepción mucho más libre del verso, de la enumeración, de la respiración poética y de la voz individual.
Pero Whitman no demuestra que estudiar poesía sea inútil. Demuestra exactamente lo contrario. Para transformar una tradición hay que entrar primero en diálogo con ella.
El revolucionario que conoce aquello contra lo que se rebela es un innovador. El que desconoce la tradición y cree haberla superado puede estar, sencillamente, reinventando una rueda que lleva siglos rodando. Hasta lo aparentemente espontáneo tiene una historia
Incluso los movimientos que buscaron deliberadamente un lenguaje áspero, cotidiano o antirretórico poseen una genealogía.
Nicanor Parra, cuestionado, insultado y vilipendiado por su ruptura con determinadas convenciones poéticas, terminó siendo reconocido con el Premio Cervantes. Su anti poesía no apareció de la nada: constituyó una respuesta consciente frente a una tradición que conocía profundamente.
Lo mismo puede decirse de Charles Bukowski. El llamado realismo sucio llevó a la página ambientes marginales, alcohol, trabajo precario, sexo, fracaso, hastío y personajes comunes. Su lenguaje podía parecer desnudo, directo y deliberadamente antirretórico.
Pero Bukowski tampoco apareció de la nada. Detrás de aquella aparente desnudez existían una tradición, una voz reconocible, determinadas elecciones estilísticas y una concepción estética.
Lo aparentemente espontáneo también puede tener oficio. La literatura tiene memoria. Hasta cuando pretende olvidarla.
¿Para qué sirven entonces los talleres literarios?
Aquí aparece otro asunto que algunos consideran innecesario: los talleres literarios. Un taller no fabrica poetas en serie. Tampoco garantiza talento. Pero puede proporcionar algo fundamental: un espacio donde el escritor aprende a mirar críticamente su propio trabajo. Allí puede descubrir que un verso aparentemente hermoso está de más; que una metáfora ha sido utilizada demasiadas veces; que una rima resulta fácil; que una palabra rompe el ritmo; que una estrofa repite una idea; que un final no está a la altura del comienzo.
Todos somos susceptibles de cometer errores. Precisamente para eso sirve la crítica: para ayudarnos a identificarlos. El taller puede enseñar también algo doloroso para el ego: que nuestro poema no siempre es tan bueno como nos pareció la noche en que lo escribimos. Y eso no es una tragedia. Es parte del aprendizaje. Quien escribe durante años termina descubriendo algo incómodo pero saludable: algunas páginas que ayer defendíamos con fervor hoy preferiríamos esconderlas bajo siete llaves. Eso no significa que hayamos fracasado. Significa que hemos cambiado.
El escritor que jamás acepta una observación porque «lo escribió desde el corazón» no está defendiendo la poesía: está defendiendo su borrador. Y son cosas muy distintas. Naturalmente, corregir no significa ir por el mundo corrigiendo a todo el que escribe. La crítica exige tacto, respeto y, sobre todo, criterio. Nadie posee una autoridad absoluta sobre la literatura. El escritor aprende, se equivoca, escucha, contrasta y continúa. Pero si decide tomarse la escritura como oficio, tendrá que aceptar una verdad elemental: también su propio texto puede necesitar que alguien le diga aquello que él no quiso ver.
El poema también se escucha
La poesía no solamente se lee con los ojos. Se escucha. Antes de publicar, el poeta debería repetir su texto en voz alta. Escuchar dónde tropieza. Dónde se vuelve pesado. Dónde una palabra sobra. Dónde un verso parece escrito únicamente para cumplir una rima. Dónde el ritmo se desinfla. En la poesía clásica, la métrica y la rima hacían visible buena parte de esa arquitectura.
En el verso libre, la responsabilidad puede ser incluso mayor, porque el poeta ya no cuenta con una estructura métrica fija que sostenga automáticamente la música. La libertad aumenta. También aumenta la responsabilidad.
Inspiración y oficio
Todo esto no significa negar la inspiración. Al contrario. La inspiración es esencial. Hay poemas que nacen de una conmoción repentina. Una imagen aparece. Una frase llega. Una emoción encuentra una palabra. Algo interior exige ser escrito. Pero eso es apenas el comienzo. La inspiración puede poner una piedra sobre la mesa. El oficio decide si esa piedra será un ladrillo, una escultura o simplemente una piedra. El poeta recibe la materia y empieza a trabajarla.
Lee. Piensa. Escribe. Tacha. Reescribe. Cambia. Mide. Escucha.
Descarta. Vuelve a comenzar.
A veces conserva un verso escrito en cinco minutos después de haber destruido veinte páginas. Eso también es poesía.
En un concurso no se juzga el corazón del autor Y aquí llegamos al punto esencial. En un concurso literario, el jurado no puede evaluar cuánto sufrió el autor, cuánto lloró mientras escribía ni cuánta sinceridad puso en cada verso. No puede entrar en su memoria para comprobar la intensidad de su experiencia.
Solo puede juzgar lo que está sobre la página. El poema.
Su lenguaje. Su estructura. Su originalidad. Su musicalidad. Su coherencia. Su capacidad de sugerir.
Su profundidad.
Su dominio técnico.
Su fuerza estética.
Por eso decir «nadie puede decir que no es poesía porque yo la sentí» no constituye un argumento literario.
El autor tiene derecho a sentir lo que quiera.
Tiene derecho a escribirlo. Tiene derecho incluso a llamar poema a su texto. Pero el lector tiene igualmente derecho a considerar que el resultado no alcanza una calidad poética suficiente. La libertad de crear no elimina la posibilidad de ser juzgado. Y un concurso, por definición, implica juicio.
Sentir es humano; transformar es arte
Quizá el error fundamental esté en confundir la autenticidad de una emoción con el valor artístico de su expresión. Una persona puede escribir un poema mediocre sobre una experiencia extraordinaria. Otra puede escribir un poema extraordinario sobre una experiencia aparentemente insignificante. La diferencia no está necesariamente en la intensidad de lo vivido.
Está en lo que el escritor consigue hacer con ello. El poeta no es simplemente quien siente más. Es quien consigue hacer sentir, pensar o imaginar a los demás mediante el lenguaje. Ahí reside el milagro. Una experiencia privada se convierte en experiencia colectiva. Una tristeza individual encuentra palabras para miles de desconocidos. Una muerte particular se transforma en metáfora de todas las muertes. Una despedida deja de pertenecer a dos personas y comienza a pertenecer a cualquiera que alguna vez haya tenido que decir adiós.
Eso es literatura.
El corazón enciende el fuego, pero no construye el poema Por supuesto que la poesía puede nacer del corazón. Debe nacer, muchas veces, de algún lugar profundamente humano. Pero el corazón no basta. La emoción proporciona la materia. La imaginación encuentra las imágenes. El idioma proporciona las palabras. La tradición ofrece herramientas. La técnica organiza. El oído corrige. La inteligencia selecciona. La reescritura depura. Y finalmente el poema aparece.
Por eso decir que «la poesía no se fabrica, se derrama» puede ser una hermosa manera de hablar de la inspiración. Pero el poema, como obra literaria, no termina cuando se derrama.
Ahí comienza el verdadero trabajo. Porque una cosa es abrir la compuerta y dejar salir el agua. Y otra muy distinta es construir el cauce para que esa agua llegue a alguna parte. La inspiración puede tocar la puerta. La poesía puede entrar por el corazón. Pero el oficio es quien le enseña a caminar sobre la página.
Recuérdenlo siempre.
JUSTO ALDÚ © derechos reservados 2026
* En esta misma página pueden encontrar un taller literario con todo lo que necesitan o busquen. Demostrando que la poesía no se recoge como frutos de un árbol.
Si lo que aquí expreso es falso, no existiera este taller. Visítenlo y no se dejen llevar por cuentos de sirena.
https://www.poemas-del-alma.com/blog/taller-literario
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Autor:
JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 13 de septiembre de 2026 a las 08:49
- Comentario del autor sobre el poema: El problema no es atacar la espontaneidad -algo perfectamente legítimo en la creación poética-, sino que no se puede convertir una preferencia personal en una supuesta ley universal de la poesía. Para un concurso literario, esa afirmación es especialmente débil e insubsistente: confunde emoción con calidad estética, inspiración con resultado y recepción sentimental con valoración literaria. Aquí hay personas que escriben en verso libre y casi sin darse cuenta construyen buenas figuras retóricas. Eso es poesía y que quede bien claro. Yo lo hago.
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Offline)
Comentarios18
Gracias, No te voy a añadir nada más porque ya sabes que yo, oficioso escritor de poesía no me considero poeta por todo ello aunque mi aspiración sería llegar si la luz del numen le da por iluminarme de vez en cuando para evitarme tanto esfuerzo, que no trabajo porque me encanta.
Tú lo has dicho: "Y otra muy distinta es construir el cauce para que esa agua llegue a alguna parte. La inspiración puede tocar la puerta. La poesía puede entrar por el corazón. Pero el oficio es quien le enseña a caminar sobre la página." Recuérdenlo siempre. Yo lo corroboro y lo recuerdo a diario. Un fuerte abrazo
Muchas gracias Jordi por tu comparescencia y comentar este texto que solo intenta aclarar ciertos conceptos y solo eso.
Un fuerte abrazo hasta Las Baleares.
Querido amigo Justo ,no lei el ensayo. Seguramente es muy inteligente y desarrolla diversos cauces y teorías como nos tenés acostumbrados.
Que valga tu sabiduría con todo respeto, pero para mí es demasiado largo.
Quizás si lo dividieras en partes sería lo conveniente.
Abrazo Justo, te quiero 💕 💗
Perfectamente válida tu observación. Voy a analizar cómo puedo ponerla en práctica de la mejor forma sin perder de vista el horizonte. A veces uno pierde la perspectiva al ser extenso. De todas formas muchísimas gracias por tu amable comparecencia y tu comentario.
Que pases buen domingo.
Saludos
Gracias. Igualmente
❤️
Justo...
Gracias por tus aportes literarios, que siempre dejan una muy buena enseñanza.
Un abrazo y buen domingo!
De nada Luis. Muchas gracias por leerme y comentar. Espero que no haga tanto frio en Arg.
Saludos
Anteayer, ayer y hoy bastante fresquito!
Como dijo Thomas Alva Edison, «el genio es 1% inspiración y 99% transpiración.» Cuando las cosas se derraman suelen terminar salpicándolo todo sin orden ni concierto.
Muy cierto. TAE fracasó en muchos intentos antes de obtener la bombilla incandescente. Su mayor éxito fue en trabajar a pesar de sus fracasos y patentizar logrando mejorar lo que otros habían empezado. Por ahí tengo un cuento basado en su historia. Se llama BUENO PARA NADA, pues así decían sus profesores que era, un inútil que se la pasaba mirando al espacio soñando quién sabe con qué. Por eso su madre, lo sacó de la escuela y lo educó en casa. Recibió una educación personalizada, el resto lo adquirió en las bibliotecas donde pasaba la mayor parte del tiempo.
Muchas gracias por tu atento comentario.
Saludos
Hacía mucho tiempo que no leía por aquí algo tan bien argumentado y tan cierto.
No se puede añadir ni quitar nada porque ya lo has puesto tú todo.
Solo falta aplaudir, enmarcarlo y colgarlo del Palo Mayor.
Que mas le puedo decir. Agradezco su atención y el comentario que me brinda. Siempre hay algo que a uno se le queda en el tintero, pero bueno la idea se entiende y es lo principal.
Saludos
Justo:que decir de tus palabras y tu sabiduría esto será estemos,pero con dolo leer tu explicación final ya me dice todo un profesional con todas las letras buen fin de Domingo abrazos con todo respeto y gracias
Joooo Antonio, para mi es suficiente con que te hagas presente. Lo demás es ensayo y error, no se nace sabiendo, todo se aprende.
Un fuerte abrazo y sigamos...
la clase magistral. veremos a ver la práctica. porque fácil no es.
Muchas gracias Francisco por venir a mi espacio y comentar. Solo te puedo decir que la vida no es fácil tampoco.
Saludos
así es justo. sin trabajo no hay nada y está claro que el fruto de hacer las cosas bien tiene su recompensa. Pero está difícil por eso los maestros son tan pocos y los alumnos somos tantos.
Aspirar a ser uno mismo es lo importante, lo demás viene solo y hacer como tu dices, las cosas lo mejor que se pueda, ensayo y error.
Muchas gracias, amigo Justo, por este gran y extraordinario ensayo. En él se puede apreciar cómo defiende que la poesía no nace plenamente cuando el corazón se desborda, sino cuando ese temblor primero encuentra una forma capaz de sostenerlo. En efecto, la emoción es la llama inicial; sin embargo, una llama, por intensa que sea, no constituye todavía una arquitectura. Por consiguiente, para que el sentimiento se vuelva poema, debe atravesar el idioma, escuchar su música, elegir sus imágenes y aceptar la paciente disciplina de la forma. Desde esta perspectiva, creo que la tradición no debe entenderse como un muro que encierra la inspiración, sino como un cauce que permite al agua llegar más lejos. Así, la métrica, el ritmo, la imagen, la pausa y la palabra exacta no apagan la voz interior: la afinan. Del mismo modo, incluso el verso libre, cuando es verdadero, conserva una secreta arquitectura; no obedece a la arbitrariedad, sino a una respiración más honda, a una música que no siempre se cuenta, pero siempre se escucha. En consecuencia, la tesis del ensayo alcanza su mayor hondura: sentir es humano, pero transformar lo sentido en belleza comunicable es arte. Ciertamente, la sinceridad puede conmover a quien escribe; no obstante, solo la forma permite que esa conmoción pertenezca también a los otros. Por último, el poema comienza quizá en una herida, en una dicha o en una sombra; pero solo llega a ser poesía cuando el oficio convierte esa materia íntima en palabra necesaria, en reverberación compartida, en una verdad que permanece después del aliento inaugural.
Recibe un cordial saludo y fuerte abrazo con mi más afectuoso aprecio
Muchas gracias, amigo, por una lectura tan generosa y, sobre todo, tan profundamente conectada con el espíritu del ensayo.
Has expresado con admirable precisión una idea que para mí resulta esencial: la emoción enciende la primera chispa, pero es el oficio quien consigue que esa chispa se convierta en luz. Sentir es el comienzo; encontrar la palabra justa, construir la imagen, escuchar el ritmo y someter el verso a la disciplina de la reescritura es lo que permite que una experiencia íntima deje de pertenecernos exclusivamente y pueda encontrar un lugar en la sensibilidad de los demás.
También comparto plenamente tu apreciación sobre la tradición. No la concibo como una prisión, sino como ese cauce que mencionas: lejos de impedir que el agua avance, le permite encontrar dirección y llegar más lejos. Incluso cuando el poeta decide romper las formas heredadas, necesita conocer aquello que está rompiendo. La verdadera libertad artística rara vez nace de la ignorancia; nace del conocimiento que se atreve a transgredirse.
Y quizá ahí esté el punto donde inspiración y oficio dejan de ser adversarios y se convierten en cómplices. El corazón entrega la materia; la inteligencia, el oído y la técnica le dan forma. Una emoción sin lenguaje puede ser inmensa, pero permanece encerrada en quien la siente. El poema consigue abrir esa puerta.
Te agradezco especialmente que hayas leído el ensayo no solamente con los ojos, sino desde esa sensibilidad que permite descubrir lo que está detrás de las palabras.
Recibe también un fuerte abrazo, con mi afecto, gratitud y estima. Y gracias por acompañar estas reflexiones.
Estimado poeta Justo Aldú, concuerdo en que la espontaneidad en la creación poética tiene un valor legítimo e indiscutible.
Sin embargo, no hay que olvidar que los mejores versos siempre nacen del corazón y del alma.
La espontaneidad surge precisamente en ese instante en que la emoción florece, ayudándonos a plasmar grandes sentimientos en el papel; por ello, siempre hay que estar muy atento y sensible en el momento justo en que se le escribe un poema a alguien.
Un cordial saludo desde el estado Barinas Venezuela.
José.
Por supuesto José, ya lo expliqué en el ensayo, pero no podemos poner palabras al vuelo sobre un papel y decir que son poesía tan solo porque así lo sentimos, literatura es mucho más que eso.
Muchas gracias por tu amable visita, lectura y comentario.
Saludos
Tienes razón, compañero y maestro. Los talleres literarios son necesarios y la mejora con estudio y trabajo constante también. Y la creación de belleza expresada a través de un sentimiento no es plausible ni sencilla. Muchas gracias por tu brillante ensayo y enseñanza.
Muchas gracias por tu presencia, lectura y comentario. Valoro tu opinión José Angel.
Saludos
Muchas gracias por su enseñanza mi apreciado poeta y amigo;
Sin màs comentarios a su Magistral ensayo,
un abrazo.
Desde la gratitud y el verso!
Agradecido Henry por tu comentario.
Saludos
Como dijo Rimas José: La poesía es el alma, y el alma no tiene normas, y hay tanta poesía libre como la hay de la clásica, y en ambas lo que las hace bella es la retórica y las imágenes que pintan con ella, y no se necesita ser un Miguel de Unamuno para darse cuente de ello. Mi admiración a tu noble interés por tratar de enseñarnos a los imberbes poetas que poblamos este espacio poético. Mi fraterno abrazo llega a ti con mi leal aprecio a tu noble amistad.
Anibal, recibo tus palabras con sincero aprecio y, sobre todo, con gratitud por la generosidad de tu mirada. Coincido contigo en que la poesía no deja de ser poesía porque abandone las formas clásicas; el verso libre también puede levantar mundos, estremecer conciencias y pintar con palabras aquello que a veces ni el silencio consigue decir. Tu sabes que escribo verso libre también.
Pero también creo que la libertad no está reñida con el conocimiento. Las normas poéticas no deberían ser cadenas, sino herramientas; conocerlas nos permite romperlas con mayor conciencia y, cuando corresponde, respetarlas con mayor maestría. Tu mismo escribes con ellas, porque las conoces, verdad? Al final, sea clásica o libre, la verdadera poesía debe tener alma, música, imagen y algo de verdad que le tiemble por dentro.
No pretendo enseñar desde un pedestal —porque en poesía nadie termina de aprender—, sino compartir lo poco que el camino me ha enseñado y seguir aprendiendo de quienes, como tú, enriquecen este espacio con su sensibilidad.
Gracias por tu fraterno abrazo, que recibo con el mismo afecto y lealtad. Y que sigamos encontrándonos en ese territorio maravilloso donde las palabras dejan de ser palabras y empiezan a convertirse en poesía.
Hola querido Justo.
Gracias por el ensayo y el link.
Creo que la poesía hay que crearla y al hacerlo, ya no podremos detenerla.
Es que no se crea corriente atajando el agua, se abran canales para que fluya y eso es trabajar la poesía en todas sus expresiones.
Un fuerte abrazo.
Como no, muchas gracias por emitir tu opinión, muy valedera, es un forma de ver la poesía.
Un fuerte abrazo Elideth.
Gracias por la lucidez con que has abordado y expuesto el tema. Es valioso, productivo y nutritivo para el quehacer literario que suponemos, ejercitamos, día a día.
Buen aporte mi apreciado JUSTO ALDÚ. Gracias por tu tiempo.
Un abrazo fraterno.
Muchas gracias por emitir tu comentario Freddy, se te agradece la gentileza.
Saludos hasta El Salvador.
Amigo, de verdad que tu escrito es magistral y yo te agradezco el tiempo que te tomaste para conscientizarnos con tanto respeto sobre el tema...Confieso que me da verguenza la poca voluntad mía de aprender el oficio, eso me pasa por dos razones: la primera es que soy ansiosa y la segunda que no tengo disciplina, no son buenas excusas...La verdad es que amo la poesía y la literatura en general... leo mucho pero no estudio consciensudamente ni corrijo como debería, la escritura para mi es casi una terapia y un juego, como el ajedrez o el scrable.. por eso siempre digo que soy aficionada y "escribidora", nunca osaría pensarme poeta. Aún asi, lo que compartis hoy me motiva a ponerme "las pilas", como decimos por estos lados y tomarme el tiempo para mejorar.
Gracias de verdad. Aprecio mucho tus palabras y enseñanza!
Hola amiga, pues sí, aquí experimentamos nuestras letras. Como tu sabes yo publico hace años y leyendo a otros, modificando y puliendo algo se queda, sin perder de vista que hay que leer y preguntar.
Es un placer compartir contigo.
Saludos
Muy interesante su Ensayo, poeta!!! Aplaudo!!
..."El poeta que escribe verso libre no ha abandonado las herramientas: ha cambiado la manera de utilizarlas. Por eso conviene distinguir entre libertad poética y ausencia de conocimiento.
La primera puede producir grandes obras. La segunda suele producir simplemente textos sin terminar."
..."Pero el oficio es quien le enseña a caminar sobre la página."
Muchísimas gracias por emitir su opinión. Cada uno saca sus conclusiones.
Saludos.
Simplemente magistral.
Bueno, muchas gracias por tu apreciación, no es nada nuevo, lo que expongo está basado en aprendizaje y libros sumado a la experiencia. En esta misma página hay un enlace con un taller literario, el cual dejé en la parte inferior
Justo, coincido con algo que me parece fundamental: la inspiración puede ser el punto de partida, pero es el estudio y la disciplina sobre la palabra lo que permite transformar esa emoción en poesía.
La técnica no reemplaza la sensibilidad, pero la sensibilidad tampoco puede reemplazar el oficio. Estudiar, revisar, escuchar y volver sobre lo escrito son parte de ese aprendizaje permanente. Gracias por compartirlo.
Abrazos
Excelente comentario y opinión mi estimada, nadie nace sabiendo, todo en la vida se aprende y como bien dices el escribir poesía es multifactorial, una cosa depende de la otra y la mejora, la estiliza, le da forma y como decía una gran amiga argentina STELLA SANDOVAL: "Nace el chiquillo"
Me agrada mucho que te hayas detenido y sopesado las opciones, sobre todo la didáctica.
Un abrazo igual para ti.
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