Los libros guardan fechas y nombres,
batallas, coronas, caídas y victorias;
pero también guardan sombras
que el tiempo aprendió a callar,
verdades que nunca llegaron a escribirse
y silencios que alguien decidió conservar.
Nos enseñaron que la historia es aquello que ocurrió,
como si el pasado fuera una piedra inmóvil,
como si nadie pudiera tocarlo
después de haber sucedido.
Pero basta cambiar la voz
para cambiar el relato.
El mismo hombre puede ser llamado héroe
por quien heredó su victoria,
y tirano por quien sobrevivió a ella.
Una conquista puede convertirse en hazaña,
una invasión en epopeya,
una masacre en sacrificio,
y un hombre de carne y hueso
puede terminar convertido en una divinidad
cuando el tiempo decide olvidar
aquello que no conviene recordar.
Porque la historia no siempre la escriben
quienes estuvieron allí,
sino quienes sobrevivieron,
quienes vencieron,
quienes tuvieron tinta, poder
y una razón para contarla de determinada manera.
Y así caminamos,
creyendo ver claro el camino,
construyendo el mundo
con los fragmentos que nos entregaron.
Aprendimos nombres
antes de aprender a cuestionarlos.
Aprendimos fechas
antes de preguntar quién las escribió.
Aprendimos a admirar rostros
sin conocer todas las manos
que alguna vez hicieron temblar.
¿Quién puede asegurarnos que aquello sucedió exactamente así?
¿Quién puede decirnos
cuánto de verdad permanece
cuando el tiempo pasa
por tantas bocas?
Tal vez nuestros recuerdos
también sean una forma de ucronía:
una historia reconstruida
con lo que otros decidieron conservar,
con lo que nosotros quisimos creer
y con aquello que el tiempo
fue borrando lentamente.
Porque recordar no siempre significa recuperar el pasado.
A veces significa heredar una versión de él.
Una versión repetida tantas veces
que termina pareciendo verdad.
En esta ucronía donde el ayer se reescribe,
donde el pasado cambia
según quién lo narre,
los héroes pueden ser villanos olvidados,
los villanos pueden vestir coronas de gloria,
y las víctimas pueden desaparecer
de los libros que celebran a sus verdugos.
Una estatua puede elevar a un hombre hacia el cielo
mientras bajo sus pies
duermen los nombres de quienes padecieron sus decisiones.
Y quizá eso sea lo más inquietante:
que no necesitamos cambiar el pasado
para cambiar la historia.
Basta con cambiar la forma de contarlo.
Basta con quitar un nombre,
silenciar una muerte,
embellecer una conquista,
convertir una duda en certeza
y repetirla hasta que nadie recuerde haber dudado.
En esta ucronía no existe un único ayer.
Existen los relatos que sobrevivieron,
los que fueron destruidos,
los que fueron prohibidos,
los que nadie quiso escuchar
y aquellos que jamás tuvieron la oportunidad
de convertirse en historia.
Mil pasados conviven detrás de una sola fecha.
Mil verdades disputándose el mismo recuerdo.
Y nosotros,
parados en medio de ellas,
intentando distinguir
qué ocurrió realmente
de aquello que alguien necesitaba
que creyéramos que ocurrió.
Quizás lo que llamamos verdad sea apenas un eco.
Un eco que pasó de generación en generación,
de boca en boca,
de libro en libro,
hasta perder la voz de quien lo pronunció primero.
Quizás el tiempo no conserve los hechos,
sino las versiones que lograron sobrevivirlo.
Y quizás algún día comprendamos
que el pasado no cambia porque el tiempo retroceda,
sino porque cada generación
vuelve a mirarlo
con sus propios ojos.
Por eso dudo.
No para negar lo ocurrido,
sino para buscarlo
debajo de todas las versiones.
Pregunto.
No porque nada sea verdad,
sino porque quizá la verdad
sea mucho más grande
que el relato que heredamos.
Porque tal vez la historia
no sea una ventana hacia el ayer,
sino un espejo.
Y cada época,
al mirarse en él,
termina dibujando sobre el pasado
el rostro que necesita encontrar.
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Autor:
Crizs Matt (
Online) - Publicado: 11 de septiembre de 2026 a las 12:46
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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