Si mi lámpara se apaga antes que la tuya, hijo mío,
y debo cruzar el umbral hacia las tierras del silencio,
no dejes que el temor nuble tus ojos al llegar la noche.
No hay peligro en la sombra,
solo se ha teñido la oscuridad con mi propio ser.
Yo soy ahora el manto oscuro que arrulla tus fatigas;
en el corazón de las tinieblas, sigo encendido para ti.
Si la vida ha dispuesto que mi barca parta primero,
déjame llevar en el recuerdo el rumor de tus campos.
Cuando me envíes tus mensajes a través del viento,
haz que tus palabras huelan a tierra mojada,
a sol de la mañana y a cielo abierto.
Háblame de las flores que abren sus pétalos al amanecer;
no me hables de la densa niebla, sino de la libertad del aire.
Guarda en el rincón más puro de tu alma,
aquella promesa que tejimos,
cuando la tarde rozaba nuestras manos.
Cada vez que la alegría desborde de tu pecho y tu risa florezca como una flor,
siente el murmullo de mi propia corriente unirse a la tuya.
No ríes en soledad; mi espíritu danza en el viento de tu alegría.
Abre los ojos al milagro que late en el pecho del universo,
ese secreto que la vida susurra al oído de los humildes.
Este latido del mundo, este polvo que canta, no es un vagar sin sentido;
es el juego divino, el poema eterno del Creador,
un prodigio incomprensible nacido del amor más puro.
Si regreso a visitarte antes de que acabe tu jornada,
y me deslizo silencioso en el templo de tu quietud,
no es para sembrar espinas de tristeza en tu camino.
No vengo a buscar el tributo de tus lágrimas ni el eco de tu quebranto;
vengo solo a rozar tu frente con la brisa de la tarde,
como un suspiro de paz que bendice tu marcha.
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Autor:
Jose Barrientos (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 11 de septiembre de 2026 a las 10:22
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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