[… y, enseguida, una voz íntima pregunta: “Pero tú, Ahab, quién eres…”;
y riéndose y mofándose se aleja y desaparece…]
*
... y con el puño en alto y por delante, pregunto por qué, por qué y por qué,
pero nada cruje o chirría, no, nada ni nadie responde;
... no hay duda: cuando esto ocurre estoy bajo un silencio total, ni siquiera me oigo
el pensamiento pensar, ni siquiera;
todo calla, todo se para y me olvida porque me muero;
sí, tengo la intuición, la seguridad profunda de que me estoy muriendo;
... desde hace meses parece como si no tuviera fuerza, me entran temblores y congojas de niño,
y nadie, nadie debiera saber que de un tiempo a esta parte lloro, nadie, qué ignominia;
me despierto a cualquier hora de la noche y es como si me volviera loco:
abro en la oscuridad desmesuradamente los ojos
porque no sé quién soy ni tampoco recuerdo mi nombre, no recuerdo nada;
[¡ ... Dios mío, Dios mío, qué soledad y qué precio !]
ningún hombre, ningún perro debiera pasar por un instante así;
... más hubiera valido haberme muerto con mi madre, o antes, y de otro tiro, con mi padre.
***
Antonio Justel
https://antoniojustel.com
***
-
Autor:
Orión de Panthoseas (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 10 de septiembre de 2026 a las 14:29
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 0

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.