La orilla

ateneapain.

Siempre hay una orilla que no cruzo,

 aunque el río me invite. 

Un borde que respira 

y no me llama por mi nombre. 

 

Allí dejo lo que ya no soy

una palabra vencida, 

un amor que pesa más que el cuerpo, 

una costumbre que sangra sin herida. 

 

Y no cruzo. 

No por miedo, 

sino por respeto al abismo que también me hizo.



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