La mujer que llevaba la noche
A esa hora en que la ciudad recoge sus sombras
y las ventanas encienden pequeños soles,
ella caminaba sola,
con los zapatos cansados de atravesar la noche
y un silencio enorme debajo de la piel.
Nadie sabía su nombre.
Los hombres conocían solamente su cuerpo,
como si un cuerpo pudiera ser una patria sin historia,
como si detrás de los labios pintados
no hubiera una niña guardando todavía
el olor de la lluvia sobre los tejados.
Ella había aprendido a sonreír
cuando quería llorar.
Había aprendido a decir que sí
con el corazón lleno de puertas cerradas,
a soportar manos que no preguntaban,
palabras que pesaban como piedras
y miradas que la desnudaban
mucho antes de tocarla.
Pero alguna vez fue pequeña.
Había conocido la mañana
cuando todavía el mundo parecía limpio,
cuando las manos de su madre
le peinaban lentamente el cabello
y la lluvia golpeaba los tejados
como si alguien tocara una canción.
Entonces soñaba.
Quería conocer el mar,
tener una casa llena de geranios,
aprender los nombres de las flores,
envejecer junto a alguien
que pronunciara su nombre
sin vergüenza y sin mentira.
Después llegó la violencia
con sus zapatos oscuros.
Le arrancaron la inocencia
como se arranca una página de un libro
que todavía no hemos terminado de leer.
Y desde aquel día
llevó dentro una habitación cerrada,
un cuarto sin ventanas
donde todavía temblaba aquella niña.
La vida tampoco tuvo misericordia.
La pobreza le puso sus manos en la garganta,
la calle le negó refugio
y las puertas que buscó
se cerraron una tras otra
con el ruido frío de las monedas.
Aprendió entonces
que existen ciudades enormes
donde puede morir una persona
sin que nadie se dé cuenta.
Aprendió los nombres del hambre,
la paciencia de las madrugadas,
el idioma de los hombres ebrios,
la tristeza de regresar sola
cuando las luces comienzan a apagarse.
Y algunos la llamaron perdida.
¡Qué fácil es juzgar desde una ventana!
¡Qué sencillo señalar una sombra
cuando no hemos caminado con sus zapatos!
Nadie preguntó
quién le había robado los sueños,
quién había puesto precio a su necesidad,
quién la dejó sola
cuando más necesitaba una mano.
Yo la vi una madrugada.
No parecía una pecadora.
Parecía una mujer cansada
que había atravesado demasiados inviernos.
Se detuvo bajo un árbol,
levantó la cabeza
y miró las estrellas.
Por un instante,
la ciudad dejó de ser cruel.
Entonces comprendí
que ninguna noche consigue borrar del todo
la memoria de la luz.
Porque debajo de sus heridas
todavía respiraba la niña.
Debajo del maquillaje,
debajo del cansancio,
debajo de todos los nombres que le dieron,
seguía existiendo una mujer
que alguna vez quiso ser feliz.
Y pensé:
Tal vez no necesita nuestro desprecio;
tal vez necesita un lugar donde descansar,
un pan que no tenga precio de humillación,
una casa donde nadie la lastime,
una mano que no quiera poseerla,
una voz que le diga:
«Todavía puedes comenzar».
Ella siguió caminando.
La ciudad continuó encendiendo sus anuncios,
los automóviles continuaron pasando,
los hombres continuaron buscando cuerpos
para olvidar sus propios vacíos.
Pero aquella mujer
llevaba algo que ellos no podían comprar:
una pequeña luz.
Y mientras se alejaba,
comprendí que algunas mujeres
no caminan hacia la noche.
Caminan con la noche a cuestas,
esperando encontrar algún día
un amanecer que no las juzgue.
—Luis Barreda/LAB
Los Ángeles, California, EUA
Diciembre, 2010
Género: poesía lírica
Forma: verso libre.
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Online) - Publicado: 8 de septiembre de 2026 a las 00:00
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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