Caí,
y no fue el final del camino,
sino el lugar donde aprendí
a levantarme conmigo.
Perdí batallas,
personas, sueños,
pero jamás perdí del todo
la luz que guardaba dentro.
Hubo noches en las que el miedo
pronunció mi nombre,
y aun temblando, seguí adelante,
porque valiente no es quien no teme,
sino quien camina a pesar del miedo.
Hoy abrazo mis cicatrices:
no son señales de derrota,
son la memoria de las veces
que la vida quiso romperme
y yo elegí reconstruirme.
Ya no soy quien fui,
ni deseo volver a serlo.
Cada caída me hizo más fuerte,
cada despedida, más libre,
cada herida, más humano.
Y si mañana vuelvo a caer,
recordaré todo lo vivido:
no importa cuántas veces me pierda,
siempre habrá dentro de mí
un camino de regreso.
Porque después de tanto buscarme,
por fin comprendí
que mi mayor victoria
no fue vencer al mundo,
sino aprender
a no rendirme ante mí.
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.