Los Que Duermen Bajo La Tierra

Luis Barreda Morán

Los que duermen bajo la tierra

Cuando la tarde apaga sus ventanas
y el último pájaro recoge su canto,
entro despacio entre las piedras
donde la tierra guarda sus secretos.

No hay aquí nombres capaces de incendiar
las plazas ni retratos sobre grandes muros.
Hay solamente fechas gastadas,
una cruz inclinada,
hierbas creciendo sobre las letras
y el silencio haciendo su trabajo.

Pero yo sé que debajo de esas raíces
hubo manos.

Manos que levantaron paredes,
que sembraron maíz,
que acariciaron una frente enferma,
que cerraron una puerta al anochecer,
que alguna vez sostuvieron
el rostro de alguien amado.

Nadie escribió sus hazañas.

El mundo estaba demasiado ocupado
contando las victorias de los poderosos.

Y, sin embargo,
¿qué sabe la gloria de una madre
que espera junto al fuego,
de un hombre que vuelve cansado del campo,
de unos niños que corren hacia una voz
cuando todavía queda luz?

Aquí están los que no tuvieron estatuas.

Aquí duerme la muchacha
que quizá soñaba con conocer el mar.

Aquí el hombre que durante cuarenta años
hizo florecer una tierra difícil.

Aquí alguien cuyo nombre
ya nadie pronuncia correctamente,
pero cuya sangre todavía viaja
por las venas de sus hijos.

La muerte no pregunta
qué casa habitaste,
cuánto oro guardaste,
cuántas puertas se abrieron
cuando pronunciabas tu nombre.

Al final,
todos somos una pequeña oscuridad
debajo de una misma lluvia.

Y la tierra,
que conoce mejor que nosotros
el peso de cada cuerpo,
no hace diferencias.

Recibe al orgulloso
y al desconocido.

Recibe las manos que firmaron decretos
y las manos que nunca aprendieron a escribir.

Recibe al que tuvo lámparas de cristal
y al que regresaba a casa
con la noche pegada a los zapatos.

Después los transforma.

Les quita el apellido,
la riqueza,
la derrota,
el orgullo.

Y les devuelve solamente
lo que verdaderamente fueron.

Por eso camino lentamente.

No quiero despertar con mis pasos
a quienes quizá todavía escuchan
el rumor profundo de la lluvia.

Me detengo frente a una piedra
casi cubierta por el musgo
y pronuncio en silencio un nombre.

No sé quién fue.

Pero durante un instante
ese muerto vuelve a tener compañía.

Entonces comprendo
que recordar a los desconocidos
es también una forma de justicia.

Porque nadie debería desaparecer completamente
mientras exista una mirada capaz de detenerse
ante su pequeña tumba.

Ya cae la noche.

Las ramas dibujan sombras sobre las piedras
y una brisa mueve la hierba
como si la tierra respirara.

Me voy.

Detrás de mí queda el cementerio,
oscuro y tranquilo,
guardando bajo su corazón innumerables vidas.

Y pienso que quizá la muerte
no sea solamente dejar de estar.

Quizá sea también
convertirse lentamente en memoria:

en la voz de un hijo,
en una fotografía amarillenta,
en una canción que alguien todavía recuerda,
en el olor de la lluvia sobre los campos,
en una mano que toca una lápida
y dice:

Aquí estuvo alguien.

Y mientras alguien pueda decirlo,
nadie habrá muerto del todo.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA 
Agosto, 2024.
Género: poesía lírica 
Forma: verso libre.

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  • Autor: Luis Barreda Morán (Online Online)
  • Publicado: 7 de septiembre de 2026 a las 01:22
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


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