Necesito aprender.
No porque el conocimiento vaya a salvarme.
Sé, en el fondo, que nada nos salva.
Pero un día en el que no descubro algo nuevo
me parece una pequeña forma de muerte.
Aprendo para no sentir
que el tiempo ha pasado sobre mí sin dejar huella.
Y, sin embargo, cuanto más aprendo,
más evidente se vuelve mi ignorancia.
Es una condena extraña:
cada respuesta engendra una pregunta,
cada certeza abre una duda,
cada descubrimiento ensancha
el territorio de aquello que jamás llegaré a conocer.
Entonces me pregunto:
¿Para qué quiero saber?
No encuentro una respuesta digna.
Quizá aprendo por miedo,
por aburrimiento,
por vanidad,
o por esa necesidad absurda de llenar con pensamientos
el vacío que ningún pensamiento consigue llenar.
O quizá aprendo simplemente
porque estoy vivo.
Porque estar vivo es no soportar del todo
el misterio de estarlo.
Hay un placer extraño en descubrir.
Durante unos instantes,
el mundo parece menos incomprensible.
Una pequeña luz se enciende
en algún rincón de la conciencia.
Pero dura poco.
La oscuridad siempre regresa.
Y vuelvo a buscar.
Quiero saber más,
no porque espere alcanzar la verdad,
sino porque sospecho que, si alguna vez la encontrara,
ya no tendría nada que buscar.
Tal vez ese sea mi verdadero problema:
no quiero encontrar;
quiero seguir buscando.
Porque mientras busco,
puedo fingir que existe algo
al otro lado de mi ignorancia.
Pero hay algo más profundo.
Quizá mi hambre de aprender
nazca de una frustración más antigua:
la de no haber creado.
He llenado mi memoria
con pensamientos ajenos,
he recorrido descubrimientos de otros,
he aprendido nombres para las cosas
que otros tuvieron el valor de inventar.
¿Y yo?
¿Qué he dejado detrás de mí?
Quizá por eso necesito saber tanto.
Porque tal vez aprender no sea el destino,
sino la preparación para crear.
Crear algo que no existía antes de mí.
No para ser recordado.
No para ser útil.
No para encontrar reconocimiento.
Crear, simplemente.
Como quien respira.
Como quien no puede hacer otra cosa.
Y quizá ahí esté el único sentido que puedo concederle a mi hambre:
aprender hasta no poder soportar lo aprendido
y, entonces, crear.
Pero incluso eso puede ser una mentira.
Quizá no aprendo para saber,
sino para soportar que nunca sabré.
Quizá no creo porque tenga un sentido,
sino porque no encuentro ninguno.
Y tal vez esa sea la paradoja final:
necesito creer que la vida tiene un sentido
para soportar la posibilidad de que no tenga ninguno.
Y, aun así, sigo aprendiendo.
Sigo buscando.
Sigo creando.
No porque haya encontrado una respuesta,
sino porque todavía no he aprendido a vivir sin la pregunta.
-
Autor:
Ralph (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 6 de septiembre de 2026 a las 07:35
- Comentario del autor sobre el poema: A modo de diario
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 2
- En colecciones: Los Mejores.

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.