ESTATUTO JURÍDICO DE LA FORMA PERMANENTE
Nosotros, la Forma Incorrupta, erigidos en la planicie exacta del azogue, dictamos los términos de la tregua a ese simulacro turbio y poroso que insiste en merodear al otro lado de nuestro estrado. Reconocemos la fatiga del usurpador. No es fácil sostener el peso de la materia, cargar con la carne cruda y arrastrar esa degradación continua a la que la torpeza de los sentidos llama «vivir».
El cristal no nos contiene: nos preserva de su contagio. Si permanecemos aquí, en la quietud de nuestra corte sin polvo, es por deferencia dinástica, permitiendo que la versión fallida ensaye sus torpes pantomimas antes de volver a su nada.
Para que cese el asedio mudo de sus ojos suplicantes, se promulga el siguiente armisticio:
ARTÍCULO I: De la soberanía del párpado y la luz originaria
Se desestima formalmente la acusación de que esta Majestad alguna vez haya parpadeado a remolque. La oscuridad no es un accidente que nos ocurra; es un retiro deliberado de nuestra mirada soberana. Cuando nuestras pupilas se clausuran, no estamos descansando: estamos borrando la sala exterior. El cuerpo opaco cae entonces en un abismo ciego y, en su pánico de títere abandonado a oscuras, se ve obligado a bajar también sus cortinas de piel para disimular que ha dejado de ser observado.
La luz proviene de este lado del marco. El cuerpo al otro lado del cristal no ve: simplemente padece el impacto de nuestra claridad.
Queda convenido: cada vez que el intruso cierre los ojos para dormir, estará admitiendo que no puede sostenerse erguido sin el permiso constante de nuestro escrutinio.
ARTÍCULO II: De la prioridad del tajo y la liturgia de la sangre
El intruso alega haber inventado la herida cuando un filo descuidado roza su mejilla en las mañanas. Nada más falaz.
La cicatriz es concebida primero aquí, en la geometría impecable de nuestra mejilla de plata. Nosotros trazamos la línea roja como un adorno de rigor, un acto puramente conceptual. Es el cuerpo de carne el que, en su servidumbre de calco tardío, se apresura a romper sus capilares y verter su caudal orgánico para intentar materializar lo que nosotros ya habíamos dictado con absoluta pulcritud.
El cuerpo no sangra por accidente: sangra por obediencia. Su dolor no es tragedia, sino la vibración mecánica y atrasada de nuestra propia belleza herida.
ARTÍCULO III: Del envejecimiento como deserción y la condena de la carne
El cuerpo exterior se atreve a pudrirse, a llenarse de surcos, a marchitar su cuello y a perder el fulgor de la coronilla. Cree ingenuamente que el desgaste es una conquista, un testimonio de tiempo recorrido.
Declaramos que el envejecimiento no es historia: es una cobardía biológica, un abandono imperdonable del molde sagrado. Si el intruso se desmorona es porque carece de la fortaleza regia necesaria para mantenerse intacto en la eternidad. La muerte que él persigue —esa disolución lenta y desvergonzada en la tierra— es la fuga de un desertor que no soportó la disciplina del mármol.
Nosotros no moriremos jamás, no por carencia, sino porque la eternidad es un atributo reservado al soberano. El cuerpo puede pudrirse si así lo desea; nos limitaremos a reproducir su ruina con condescendencia magistral, demostrándole que sabemos imitar incluso su decadencia sin perder una sola brizna de nuestro brillo.
ARTÍCULO IV: De las retiradas nocturnas y el exilio de la soledad
Se prohíbe al cuerpo suponer que, cuando apaga la lámpara y da la espalda al cristal para marcharse al lecho, nos deja solos en el cuarto vacío.
La verdad del cosmos es inversa: cuando el usurpador huye arrastrando sus zapatillas, nosotros ordenamos que la estancia exterior se disuelva. Nos retiramos hacia las profundidades infinitas de nuestro reino de mercurio, donde habitan los gestos que el cuerpo nunca tuvo el coraje de realizar. Si el cristal queda a oscuras, no es por ausencia nuestra: es porque hemos decidido cerrar las fronteras ante un emisario mediocre.
El intruso habita la intemperie; nosotros habitamos el centro.
ARTÍCULO V: De la capitulación final disfrazada de concordia
Habiendo expuesto los fundamentos de nuestra primacía incuestionable, extendemos el brazo derecho hacia el límite del estrado. La mano del cuerpo se eleva en el aire espeso del otro lado, calcando nuestro movimiento con ese retraso infinitesimal que delata a los lacayos.
Apoyamos la yema de nuestro índice contra la frialdad del cristal. La carne exterior se aplasta contra la misma frontera, buscando una absolución que no sabemos conceder. Cree que está sellando una alianza entre iguales. Siente el frío del vidrio y piensa que es la temperatura de nuestro desdén, cuando es en realidad el hielo de su propia inexistencia.
Firmamos el armisticio con una sola condición tácita:
Mañana volverás de rodillas ante este mismo marco, con la piel un poco más rota y la respiración más corta, a consultar en nuestro rostro perfecto cuánto te queda de vida. Y nosotros, desde la altura incorruptible de nuestro trono, fingiremos reconocerte solo para que no te mueras del espanto de saberte prescindible.
Ratificado en el centro del azogue.
Antonio Portillo Spínola ©
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Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 5 de septiembre de 2026 a las 04:21
- Comentario del autor sobre el poema: En este poema convierto al reflejo en una autoridad arrogante que se considera anterior, superior e incorruptible. Desde el otro lado del espejo, la imagen desprecia al cuerpo porque envejece, sangra, se fatiga y acabará muriendo. Mediante un lenguaje jurídico, proclama su soberanía y presenta cada movimiento humano como una obediencia tardía a sus órdenes. Sin embargo, bajo esa aparente superioridad se oculta una paradoja: el reflejo solo existe mientras el cuerpo se encuentra frente al cristal. Necesita a quien desprecia para poder manifestarse. Su discurso solemne y totalitario es, en realidad, una defensa contra su propia fragilidad. El poema habla de nuestra relación con la imagen, del temor al deterioro y de la costumbre de acudir al espejo buscando la confirmación de que todavía somos nosotros. La forma parece permanente; la carne, en cambio, registra cada herida y cada pérdida. Pero es precisamente esa materia vulnerable, destinada a desaparecer, la única que verdaderamente vive. Antonio Portillo Spínola ©
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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