Juan, el de la mirada brava
Juan era un tipo bien macho,
de esos que infunden respeto,
entre la cintura cargaba
un fierro de los completos.
Con una mirada seria
hacía callar hasta al viento.
Era hombre de pocas palabras,
pero de muchos tragos también,
se tomaba hasta el agua
de los floreros, qué bárbaro,
y cuando agarraba botella
no la soltaba por bien.
—¡Sírvame otra, cantinero!
—¡Ya llevas más de una docena!
—No se preocupe, compadre,
mi sangre es de pura madera.
A mí no me tumba el trago,
ni aunque me den la cantina entera.
Juan levantaba la copa
como quien levanta bandera:
—¡Por los hombres de palabra,
por los amigos y las hembras!
Y entre gritos y canciones
se vació hasta la despensa.
Ay, Juan, Juan, Juan,
qué manera de tomar,
tanto presumir de macho
y no poder ni caminar.
La pistola en la cintura,
pero el juicio en otro lugar.
Cuando dieron las doce,
Juan ya hablaba con la luna,
le juraba amor eterno
a una vieja aceituna.
Después quiso montar un burro
y terminó montando una tuna.
Salió del bar muy contento,
con el sombrero de lado,
dando pasos de gigante
aunque iba todo cruzado.
Quiso demostrar su hombría
y acabó bien recostado.
El cantinero le dijo:
—Juan, mejor vete a dormir.
—A mí nadie me manda,
yo todavía puedo seguir!
Y cinco minutos después
ya no sabía ni existir.
Ay, Juan, Juan, Juan,
qué manera de beber,
si hasta el agua de los floreros
te la quieres devolver.
Tanto presumir de macho
y te venció el amanecer.
Al otro día temprano,
cuando salió el sol ardiente,
Juan despertó en una banca
con un dolor impresionante.
Tenía el sombrero en el suelo
y un gallo frente a su cara,
mirándolo fijamente.
Juan se tocó la cintura,
buscando su cinturón,
revisó botas y sombrero,
y después el pantalón.
—¡Cantinero! ¿Qué pasó anoche?
¡Cuénteme la situación!
El cantinero se ríe:
—No pasó nada, campeón.
Te bebiste media cantina,
te caíste junto al fogón.
Y dormiste como un niño
abrazado a un botellón.
Juan respiró tranquilo,
pero preguntó enseguida:
—¿Y nadie se aprovechó
de mi estado de dormida?
El cantinero responde:
—Eso no lo sé, mi vida.
Entonces Juan se levanta,
se persigna y dice así:
—Desde hoy tomo poquito,
ya no vuelvo a repetir.
Porque hay dichos que son dichos
por algo que han de decir.
Y dice un viejo refrán,
de esos que nunca se olvidan:
“Borracho que se duerme,
culo sin dueño queda.”
Juan pegó tremendo brinco,
se revisó hasta las muelas,
se acomodó el pantalón
y salió corriendo de la taberna.
Desde entonces cuando bebe,
ya no presume de más;
si siente que viene el sueño,
se va derechito a acostar.
Porque hasta el hombre más macho
debe saber cuándo parar.
Ay, Juan, Juan, Juan,
ya aprendiste la lección:
no hay pistola ni bravura
que defienda al borrachón.
Puedes ser muy macho, Juan,
pero cuida el pantalón.
Y aquí termina el corrido
del hombre de gran valor,
que cargaba una pistola
y presumía de campeón;
pero aquella noche el tequila
casi le cambia el guion.
Así que brinden, señores,
pero háganlo con prudencia:
que una cosa es ser valiente
y otra perder la conciencia.
Porque Juan perdió la suya
y casi pierde hasta la dignidad.
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Autor:
Wii (SeudĂłnimo) (
Offline) - Publicado: 5 de septiembre de 2026 a las 01:17
- CategorĂa: Humor
- Lecturas: 1
- Usuarios favoritos de este poema: Tommy Duque

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