El hambre mata

Damian Laurent

El hambre de las bestias es, para muchos, una sentencia de muerte. Cada año, el hambre de una bestia arrebata de mi pueblo las almas de jóvenes inocentes. Ya no soporto la indiferencia de aquellos que ostentan el poder. Este año me he propuesto poner fin a la masacre. Ya no se perderán más vidas para alimentar a un monstruo.

Mientras amarro el extremo del hilo que me guiará en el interior del laberinto, medito sobre el destino que me aguarda. Estoy decidido a acabar con la bestia, pero temo convertirme, al final del día, en otro bocado de su insaciable apetito.

Lentamente atravieso la entrada y recorro los intrincados pasillos soltando el hilo a cada paso. El silencio es abrumador, y el olor a muerte invade cada rincón. Detrás de cada muro hay otro pasillo, igual de lúgubre, igual de silencioso. No hallo diferencia alguna entre virar a la izquierda o a la derecha. Solo el delgado hilo dorado me refiere a aquellos rincones que ya he explorado. Cada tanto, un amplio patio con varias salidas me arranca de la monotonía de mi recorrido, pero cada patio es igual al anterior. 

A medida que me interno en lo más profundo del laberinto percibo con mayor intensidad los putrefactos olores que invaden el lugar. En algunos muros, diviso con horror las marcas de arañazos. Arañazos de desesperación de aquellos que se saben presas de su destino último. Por momentos, las sombrías paredes de esta fortaleza me devuelven el eco ahogado de sus lamentos. O tal vez solo lo imagino. Lo cierto es que solo hay silencio en la inmensidad de esta intrincada trampa. Tal silencio que aun mis cuidados pasos reverberan en los muros comprometiendo el sigilo de mi empresa.

Del monstruo aun no percibo señal alguna. Me fue dicho que habita el centro de la fortaleza y solo sale a recibir, impetuoso, el tributo anual a su sed de sangre. Yo soy su tributo, y él, el mío. En estas tinieblas confidentes reconozco que no hay hombre ni bestia. El cazador y la presa han abandonado toda cualidad definitoria y danzan al son de una misma melodía. No existe diferencia alguna entre su hambre y el mío. Aun sin conocernos, nos ansiamos.

Giro en una esquina para adentrarme en el interior de otro patio, igual a los anteriores a excepción de un horrendo detalle. Por primera vez en mi recorrido hallo los cuerpos consumidos de las inocentes víctimas. La macabra escena que se presenta ante mis ojos me arranca una lágrima de odio. Lejos de ver piezas humanas arrancadas por un apetito voraz, me encuentro ante una tétrica obra de arte digna de adornar la morada de Hades. Los cadáveres, enteros y humanos aun después de la muerte, parecen haber sido congelados en su último sueño. Esqueletos suplicantes, recostados en diversas formas, me ofrecen sus miradas vacías de alma.

No entiendo que perverso ingenio es capaz de acomodar la muerte de tal forma, y no lo soporto. Olvidando la necesidad de sigilo, corro por los pasillos intentando alejarme de tan cruel visión. Sin embargo, los cadáveres continúan apareciendo en el camino. Se arrastran por el suelo, se abrazan en la eternidad. 

Tal es mi desesperación que huyo a ciegas hasta tropezar y caer. El impacto resuena en cada rincón y sé que mi presencia ya no es un secreto. Espero inmóvil en el suelo hasta oír pisadas, rugidos. Nada. Me incorporo lentamente y busco con la mirada el objeto que frenó mi huida. 

Una gruesa cadena de hierro atraviesa los pasillos hasta perderse en una curva a pocos pasos. La sigo con precaución, sosteniendo fuertemente el ovillo con una mano, y la empuñadura de mi espada con la otra. Al doblar, el camino se abre hacia un gran patio circular, esta vez diferente a los otros. La cadena se proyecta hasta la pared opuesta, donde la mayor de las revelaciones me quita el aliento. Dos cuencas vacías me miran inocentes, víctimas, mientras me acerco incrédulo a examinar los vestigios de piel seca adheridos a los huesos.

Confundido, desorientado, vuelvo sobre mis pasos enrollando el hilo sin pensar, en trance. Al alcanzar la salida, la joven que me esperaba corrió a mi encuentro, pero se detuvo a pocos pasos. La miré a los ojos, y en ellos vi reflejada la palidez de mi rostro.

-¿Qué ocurrió? –preguntó asustada.

-El hambre mata, Ariadna. Incluso a las bestias. 

 

 

 

  • Autor: Damian Laurent (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 2 de septiembre de 2026 a las 06:38
  • Categoría: Cuento
  • Lecturas: 1
  • En colecciones: Relatos.


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