El cristal de la pantalla ya no enfrió la yema de mis dedos: se volvió un espejo de carne y condensación, un altar sucio donde te venero con el pulgar cansado. Qué puta elegancia la de tu obscenidad a ciegas, qué manera de desgarrarme el juicio con un verbo exacto que desciende por la columna como un hilo de mercurio hasta encharcarme la pelvis de pura anticipación.
Te metes debajo de mis uñas sin tocarme, me abres la carne con la sintaxis de un gemido pixelado y me dejas temblando sobre la sábana revuelta, con la ingle latiendo como un motor a punto de gripársele el alma. Es la tiranía de este deseo hiperbólico: un lenguaje de saliva teórica, un orgasmo suspendido en la nube que huele a azufre y a humedad, mientras tu voz en el altavoz me dicta, milimétrica, la forma precisa en que vas a devorarme la cordura.
Pero la abstinencia tiene un límite de voltaje. El procesador quema, la batería cede al 1% y el pantallazo negro por fin nos devuelve al abismo. Silencio brutal. El brillo se apaga y el reflejo del display me devuelve mi propio rostro: los ojos desorbitados, la boca entreabierta, la piel sudada.
Y entonces ocurre el cortocircuito final.
No hubo aviso de notificación. No hubo tono de llegada ni mensaje de texto. La puerta de mi habitación cede con un chasquido seco. En la penumbra eléctrica, la sombra que cruza el umbral no es una proyección digital: huele a sudor, a viaje, a tu piel real atravesando la distancia. El teléfono rueda por el suelo, inútil, mientras tu mano física, caliente y despiadada, se me hinca en la garganta para silenciarme el último gemido.
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Autor:
CENIZAS DE UN SUSURRO. (
Offline) - Publicado: 31 de agosto de 2026 a las 10:54
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2
- En colecciones: Anti poesia.

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