Eros en los ojos

Damian Laurent

Cuán hondo cala una mirada que arrastra el silencio del deseo contenido en el fulgor de sus pupilas. Una mirada cuya sensualidad confiesa a gritos la pasión que los tímidos labios prefieren callar. Una mirada que penetra en lo más hondo del alma y la desborda de lujuriosos anhelos. Esa mirada, prohibida, pecaminosa, insolente, lasciva y secreta, era la que vestía el joven rostro de Eva cada vez que lo veía entrar.

Daniel salía del ascensor todos los días a la misma hora. Caminaba sin prisa, con la frente en alto y una sonrisa en los labios, como si se supiera dueño del suelo que pisaba. Aunque era el miembro más joven en ocupar un lugar en la mesa directiva, poco importaba su puesto cuando se dirigía a las demás personas en el piso. Era elegante y cordial, atributos que complementaban el atractivo aspecto que lucía.

La muchacha lo observaba al pasar, y devolvía su saludo con una amigable sonrisa. Se habían conocido mucho antes de trabajar juntos. La secundaria los había acercado, y en ese entonces ella se había enamorado profundamente. Los años los llevaron por caminos diferentes, pero el destino caprichoso los había vuelto a unir aquel fortuito día en que fue contratada. El reencuentro fue animoso, pero ya eran dos desconocidos. Aun así, la chispa latente en el corazón de Eva volvió a encenderse con más vigor ante el joven hombre en el que se había convertido su viejo amigo.

   También para él, el recuerdo de los años vividos regresó con una nueva mirada hacía esa mujer que tiempo atrás le inspiraba un sentimiento demasiado fuerte, pero entonces incomprensible. Ahora si lo comprendía, pero las circunstancias representaban un límite infranqueable. Era su jefe, y toda forma de atracción estaba prohibida. 

Cada día se veían y compartían la misma rutina del saludo. Sus miradas, sin embargo, se confesaban en silencio las más profundas fantasías en las que se involucraban mutuamente. Sus ojos revelaban el secreto de sus pasiones prohibidas, pero el fantasma de la moral los cegaba y condenaba a repetir la misma actitud fingida en cada encuentro. Habitaban el infierno de lo imposible, pero en su interior habían construido el paraíso de su deseo. 

Los primeros días de invierno trajeron consigo implacables vientos helados. Para Eva, el camino al trabajo constituía una lucha en desventaja contra el clima impetuoso. Ni todo el abrigo que pudiera usar lograba protegerla del frio, que persistía en su piel aun en la calidez de la oficina. Solo una pequeña estufa le daba un alivio luego de unos minutos.

Luego de calentarse y prepararse un café, comenzó su trabajo sin ninguna distracción más que los breves vistazos que dirigía a la puerta del ascensor. En ocasiones se sentía ridícula, infantil, y trataba de evitarlo, pero cada vez que la puerta se abría levantaba la cabeza por instinto y lo buscaba entre las personas que habían llegado. Aquel día, sin embargo, no llegó.

Eran pocas las ocasiones en las que Daniel faltaba a su saludo diario. Esos días transcurrían con inusual calma para Eva, como si aquel breve contacto que ambos mantenían fuera el único suceso cuya intensidad lograba acelerar sus latidos. 

Al terminar la jornada, la joven decidió beber un último café antes de enfrentarse nuevamente a las afiladas garras del frio. Las calles estaban casi desiertas a esas horas de la tarde. Solo aquellos que regresaban del trabajo se veían obligados a caminar dificultosamente en contra del viento. Las chimeneas de las casas arrojaban espesas nubes de humo que provocaban en los desafortunados transeúntes el deseo de calor. 

Eva se esforzaba por ignorarlo. Caminaba con la cabeza inclinada hacia abajo y los hombros en alto, en un inútil esfuerzo por resistir el helado vendaval. Como cada día, maldecía susurrando que no hubiera un solo taxi en su pequeña ciudad. Las doce cuadras que la separaban del calor de su hogar parecían volverse cada vez más largas. El esfuerzo la agotaba, y estaba a punto de buscar un breve resguardo en algún comercio cuando oyó su nombre surcando el viento.

La joven se volteó y sus ojos se encontraron con los de Daniel, que la miraba con preocupación desde el interior de su vehículo mientras le indicaba con señas que subiera. La sorpresa pretendió inmovilizarla, pero la motivación de resguardarse del frio fue lo suficientemente fuerte para decidirla de inmediato. Rodeó el auto, saludando al muchacho al pasar, y se acomodó rápidamente en el asiento del acompañante. 

Dentro, la calefacción había generado un clima que contrastaba notablemente con el exterior. El cambio de temperatura le provocó un escalofrío que recorrió todo su cuerpo y la obligó a soltar un ligero gemido. Al percatarse, sintió un calor diferente subiendo por sus mejillas y miró a Daniel esperando que no lo hubiera notado.

El joven continuaba mirándola con expresión preocupada. Podía percibir el frio que emanaba aun de su ropa. Temiendo sonar fuera de lugar, le aconsejó que se lo quitara, asegurándole que allí dentro bastaba con un abrigo ligero. Eva obedeció y en poco tiempo se deshizo de la pesada carga que vestía, quedándose tan solo con el traje de oficina, que consistía en una camisa blanca y un saco que usualmente llevaba desprendido.

—No puedo creer que camines a diario con este frio –dijo Daniel cuando la joven acabó de acomodarse. Ella lo miró y sonrió con timidez.

—No tengo alternativa –respondió–. Aún no he podido comprarme un auto.

—Pudiste decirme, Lala. No me molestaría en absoluto llevarte a casa.

Oír nuevamente aquel apodo inundó a la joven de viejos recuerdos. No la llamaban así desde la secundaria, y mucho menos lo había oído de él en el tiempo que llevaban trabajando juntos. Creyó que lo había olvidado, pero ahí estaba, brotando de sus labios el sonido de cada letra cargada de una historia que parecía lejana y a la vez nueva. 

—Es la primera vez que me llaman así en mucho tiempo –dijo, ignorando intencionalmente el reproche de su viejo amigo.

Daniel notó la evasión y decidió no insistir. La observó un instante más y luego sonrió. La mujer junto a él ya no era aquella tímida muchachita que conoció en la escuela. Los años la habían madurado y convertido en una mujer fuerte y segura. Su voz, delicada pero firme, vibraba en el aire como una imponente melodía. 

Los ojos del joven, incansables guardianes de un secreto deseo, olvidaron toda muestra de decoro y la recorrieron entera por su propia voluntad. La mirada, fugaz pero certera, acarició el terso rostro de Eva y se detuvo un breve instante en sus carnosos labios, que aun denotaban los vestigios de su sonrisa. Bajó, luego, lentamente, por su delgado cuello, y lo llenó de fantasías de besos irrealizables hasta alcanzar la línea de su clavícula. Siguió el recorrido con ardua prisa, pero sin descuidar detalle, hasta alcanzar la curva de sus pechos, donde la silueta de sus pezones endurecidos por el frio devolvió la cordura a Daniel, que apartó la vista totalmente avergonzado de sí mismo. 

Eva no fue consiente de la inspección de la que acababa de ser objeto. Sus ojos se dirigían al exterior, evitando cualquier contacto con el muchacho que revelara la inquietud que le causaba estar tan cerca de él. La joven se sentía acorralada por sus propios impulsos, desubicada ante un hombre que jamás le había ofrecido otro trato que no fuera una educada cordialidad. Su deseo nacía del recuerdo y del ideal que le inspiraba el muchacho en su actitud y su porte. 

Cuando él volvió a hablarle, preguntando su dirección, la voz se atoró en su garganta, enredándose con sus pensamientos, y tuvo que esforzarse por liberarla para indicar el camino. Volvía a sentirse infantil, como si su razón cediera cobardemente ante una pueril ilusión. Jamás un hombre la había hecho sentir así, y mucho menos sin tener la intención de lograrlo.

Luchando contra los sentimientos que se removían inquietos en su interior, se obligó a centrarse al menos el poco tiempo que duraría el viaje. Evitando la incomodidad del silencio, soltó el primer recuerdo que le vino a la mente para iniciar una conversación que no tardó en volverse nostálgica. Para ambos, el pasado cargaba un significado que iba más allá de la amistad que compartían, y cuyo eco resonaba intensamente hasta ese momento.

El vehículo se detuvo más pronto de lo que cualquiera de los dos hubiera querido. Daniel había reducido la marcha tanto como podía con intención de perpetuar aquel momento, pero la cercanía del lugar le impidió lograr una mayor demora. Maldijo para sus adentros mientras esperaba pacientemente que la muchacha se colocara nuevamente su abrigo antes de salir nuevamente al frio exterior del coche. 

La miraba embelesado y sorprendido de descubrir, en su breve charla, que más allá de la madura apariencia aun ardía en ella aquella chispa que causó sus sentimientos de antaño. Aun reía con vigor de niña. Aun sus ojos expresaban cada emoción que la embargaba en un lenguaje mudo y universal que solo aquellos atentos podían percibir. A pesar de los años, aun la conocía, y esa revelación fue a la vez alivio y tormento. Tan cerca y a la vez tan lejos.

Luego de agradecer y saludarlo, Eva descendió del auto sintiéndose ansiosa. Tampoco ella quería que acabara el encuentro. Acababa de descubrir un mundo de sensaciones dormidas que deseaba perpetuar, pero la sombra de lo prohibido amenazaba con destruir sus ilusiones. Con cada paso que daba en dirección a su casa meditaba sus opciones. No estaba segura de tener otra oportunidad de revivir los momentos pasados. Un impulso la sacudía a tomar una decisión que su razón evitaba.

El muchacho continuaba en el mismo lugar, esperando que entrara. La siguió con la vista un momento, hasta que sus pensamientos lo absorbieron. Buscaba razones para volver a pasar tiempo con ella. La traería a casa cada día, la invitaría a almorzar en el trabajo. Opciones inocentes pero de apariencias peligrosas ante cualquier observador malintencionado. No debía olvidar que era su jefe, y poco importaba el pasado en tales circunstancias. 

Un tímido golpeteo en la ventanilla lo sacó de su abstracción. Miró hacia afuera y vio a Eva inclinada junto al vehículo, abrazándose con fuerza para resistir el viento helado. Un brote de esperanza lo invadió mientras bajaba el cristal. Antes de que pudiera preguntar algo, la joven pronunció las palabras que representarían en su secreto Edén la prohibida tentación. 

 —¿Quieres pasar a tomar algo?

Se habría negado. Habría hallado alguna excusa educada para evitarlo. Lo habría hecho si tan solo su voluntad le hubiera pertenecido. Pero en el momento en que tomó consciencia de estar nuevamente a solas con ella, ya había decidido. Una fuerza poderosa los gobernaba. Una fuerza que brotaba de aquellos sentimientos que no solo se habían resistido a morir con el paso de los años, sino que habían aflorado con mayor intensidad en el momento en que volvieron a encontrarse.

Allí estaban, sentados en el sofá de la sala con una taza de café en la mano. Solo un frágil metro de distancia los separaba mientras charlaban del tiempo que estuvieron separados. Ella alababa el logro de su puesto directivo a tan corta edad. Para él no era más que una anécdota sin importancia que en ese momento no representaba más que una privación. Aun así, respondía a cada pregunta de la joven con animosa elocuencia.

Eva lo escuchaba atentamente, y su mirada alternaba incesantemente entre sus ojos y sus labios. Con frecuencia se esforzaba por alejar los insolentes pensamientos que la asaltaban. Su cordura empleaba cualquier recurso que le permitiera evadir el deseo que latía en su interior. Jugueteaba con un hilo suelto en su camisa, giraba nerviosamente la pulsera en su muñeca o golpeaba la taza suavemente con las uñas. Daniel parecía no notarlo. Aunque se mostraba impasible, vivía su propia lucha en su interior

Cuando la charla llegó a su desenlace, un silencio eterno se instaló entre los dos. En vano intentaron evadirse mutuamente mientras buscaban un nuevo tema de conversación. Todas las ideas se habían esfumado, reemplazadas por un único pensamiento que ambos compartían y a la vez ocultaban el uno del otro. 

Finalmente, guiados por una voluntad extraña, alzaron la vista y sus ojos se encontraron como cada mañana en la rutina de su saludo. Esta vez, sin embargo, la confesión de sus miradas gozó de la privacidad y la cercanía. Se deseaban, y ese deseo, que moría irreproducible en sus labios, brotaba con furia apasionada de sus pupilas. No había palabras que explicaran sus sentimientos con tanto acierto como aquel contacto silencioso y profundo de dos iris que irradiaban el mismo anhelo lujurioso. Ninguna razón justificaba el ardiente amor que se profesaban en silencio más que el destino que los había reunido. Amor y deseo. Carne y espíritu.

Arrastrados por un instinto irrefrenable se movieron al unísono, el uno hacia el otro, anhelantes, pero sin prisa, como pidiéndose permiso para seguir adelante. La poca distancia que los separaba se redujo a una palma. Sus alientos se mezclaban en ritmo sincrónico mientras sus miradas continuaban en contacto, deseosas y a la vez desafiantes. Lo decían todo con los ojos, se alentaban a seguir, lo pedían. La tensión en el aire que los rodeaba era tan densa que los oprimía. No podían alejarse nuevamente. Habían entrado en un punto sin retorno donde todo desenlace posible era la consumación de sus insaciables deseos.

Cuando al fin rozaron sus labios, la tensión se disipo en una liberadora sensación de éxtasis. Poco a poco se exploraron en el beso. Sus bocas se descubrían tímidamente al principio, se saboreaban lentamente. Más el hambre que los invadía fue cobrando vigor con cada violento latido de sus corazones. Se entregaron al desenfreno de la pasión por tanto tiempo guardadas, y olvidaron los tabúes que los habían limitado. Nada que los hiciera sentir de aquel modo podía considerarse un pecado. Las fronteras de lo prohibido eran atravesadas con celeridad mientras se aferraban boca a boca, cuerpo a cuerpo.    

Las manos de Daniel abandonaron su actitud pasiva y comenzaron a ascender con delicada calma por el cuerpo de Eva. Suavemente acariciaron a su paso las piernas de la joven, imaginando la piel bajo la tela del pantalón. El ligero cosquilleo que aquel roce le produjo la estremeció, aumentando sus ansías. Apretó con fuerza el saco del muchacho entre sus manos y lo arrastró aún más cerca de su pecho, como si deseara fundirse en él.

El joven continuó su recorrido sin prisa, bordeando lentamente su figura. La excitación crecía en cada toque, en cada caricia de sus labios, en cada ronco suspiro de pasión que brotaba sin control de sus gargantas. Daniel tomó entre sus dedos la camisa que la muchacha llevaba metida y la levantó con respetuoso cuidado hasta liberar el deseado acceso a su piel. Introdujo su mano y la aferró a la cintura de la muchacha, que no pudo evitar un gemido al sentir el tacto ligeramente frio en su cuerpo encendido.

Eva se separó de él un momento y lo miró a los ojos, que irradiaban el mismo fuego abrasador que los suyos. Ya no necesitaban decir nada, pues sus miradas hablaban por sí solas y se entendían a la perfección. Sus impulsos carnales se correspondían y la febril lujuria que los dominaba se purificaba en el intenso sentimiento del que procedía. El ambiente rebosaba del erotismo y la sensualidad que sus ojos desprendían.

La joven se levantó del sofá, sujetando firmemente la mano de Daniel que aun descansaba en su cintura, y sin dejar de mirarlo comenzó a caminar arrastrándolo con ella. El muchacho se dejó guiar en silencio, mientras Eva avanzaba con paso decidido hacia la habitación. Al entrar, se volteó hacia él y lo atrajo con fuerza para reanudar el beso con mayor intensidad. Caminaron lentamente a ciegas, inmersos en su devorador arrebato, hasta tropezar y caer sobre la cama. 

El mullido colchón cedió ante su peso, arrugando por completo las sábanas blancas prolijamente tendidas. La caída no los detuvo. Eran incapaces de percibir algo más que el creciente calor de sus cuerpos y la humedad de sus labios. Se hallaban perdidos en el vicio del placer. El deseo que sentía el uno por otro aun no lograba saciarse y los envolvía con creciente intensidad.

Daniel enderezó su cuerpo y se quitó presuroso el saco, mientras las impacientes manos de Eva le desprendían con desesperación cada botón de la camisa. Ya con el torso descubierto, se abalanzó nuevamente hacia ella devorando su cuello con apasionados besos. La joven se retorcía de placer y arrastraba las uñas por la espalda del muchacho sin llegar a arañar. La boca buscó nuevamente a la boca mientras la excitación alcanzaba un límite ya insoportable.

Con una fuerza que no le era propia, Eva empujó a Daniel a un lado y se subió a horcajadas de él. Con la mirada clavada en sus ojos, nublada de intenso deseo, comenzó a desvestirse lentamente. El muchacho contuvo su ansiedad y la observó paciente mientras ella continuaba su labor con grácil sensualidad. La breve interrupción de su furioso arrebato no hizo más que acrecentar el anhelo de consumación de su pasión liberada.

El sostén, recién desprendido, se deslizó suavemente por los brazos de la joven descubriendo sus pechos, y fue el último segundo que Daniel pudo soportar la necesidad del tacto de su cuerpo. Se enderezó rápidamente y le rodeó con sus brazos la cintura, apretándola hacia él, mientras sus labios, sedientos de placer, buscaban embriagarse del sabor de su piel. Ella se dejaba explorar por aquellos besos que descendían de su cuello y escalaban con delicadeza la cumbre de sus senos, para regresar, luego, por el mismo camino en busca de su boca. A tal grado de entrega mutua se habían elevado, que toda forma de dilación del acto que anhelaban quedó relegada en forma presurosa.

El muchacho se puso en pie, cargándola en sus brazos, y la recostó luego en la cama con la delicadeza de una pluma que cae sobre el agua. La ferocidad del impulso que lo consumía cedió momentáneamente ante el parsimonioso acto de desprenderla de sus zapatos y calcetines. Acarició sus pies, aun ligeramente fríos, y subió, rozando con la yema de sus dedos la cara interna de los muslos de la joven, hasta alcanzar y quitar el broche de su pantalón. Eva levantó las caderas para facilitarle la tarea de desnudarla, y en tan solo un momento, aun la fina tanga de encaje blanco acabó en el suelo con el resto de la ropa.

Daniel observó la figura tendida de la joven y se sintió Adán ante la Eva desnuda del Edén de sus fantasías al fin realizadas. Besó con devoción sus muslos blancos y ascendió hasta alcanzar el punto donde nace la Venus del placer. La muchacha se removía inquieta, anhelante, sintiendo la humedad del deseo brotar de su interior. Cerró los ojos para saciarse tan solo con las sensaciones que le causaban las atenciones del joven, que la recorría con labios y lengua evadiendo intencionalmente el lugar que la liberaría de su tensión acumulada. 

Cuando al fin el tibio y húmedo toque alcanzó el sensible punto donde estalla el placer, un ronco gemido brotó de la garganta de Eva, apretó involuntariamente las piernas mientras su espalda se arqueaba y sus dedos se enredaban con desesperación en los cabellos del muchacho. La suave caricia de la lengua zigzagueaba, rodeaba, los labios apretaban y succionaban con sensual maestría, variando el ritmo en la medida que se acercaba la cima del éxtasis.

La joven apenas soportaba las vibrantes sensaciones que desbordaban su cuerpo. Ardía de goce y se agitaba convulsa sintiendo su inminente explosión. Su cuerpo se tensó violentamente y su mano se aferró con furia a las sabanas en el instante previo a soltar el intenso gemido que acompañó al liberador orgasmo. Su corazón latía desbocado y su respiración entrecortada apenas lograba llenar sus pulmones.

Daniel se apartó un momento, sonriendo con lasciva satisfacción mientras esperaba que la muchacha se repusiera de su agitación. Ella lo miró, respirando aun con dificultad, y soltó una ligera risa ante el deleite dibujado en su rostro. Bajó los ojos con picardía hasta encontrar la silueta que buscaba marcada en el pantalón del excitado joven. Estiró la mano hacia el cajón de su mesa de noche y extrajo de allí un preservativo. El muchacho la miró con curiosidad y ella solo se encogió de hombros mientras se mordía el labio inferior y desprendía con rapidez la hebilla del cinturón.

El miembro, endurecido de deseo, quedó expuesto y a merced de las voraces atenciones de la joven, que disfrutaba de ser dueña de cada gruñido de goce que sus labios y lengua provocaban. Sin detenerse demasiado en sus atenciones, acostó a Daniel tras colocarle el condón y lo montó, dominante, ubicando con su mano el punto exacto de la penetración.

Lentamente se llenó de él, sintiéndolo entrar, hinchado de lujuria, y comenzó a moverse con calma, saboreando el placer intenso de la unión de sus sexos. Daniel descansaba una mano en su cintura, presionándola por momentos, mientras la otra se ocupaba en caricias que alternaban entre sus senos y su clítoris. El ritmo se aceleraba aún más mientras se quemaban en el ardiente fuego del deseo. Se besaban con pasión y se movían a la vez en una danza sincrónica de sensualidad y erotismo. 

Eva alcanzó su cumbre una vez más y se dejó caer sobre él, agotada e invadida por espasmos incontrolables. El muchacho besó su cuello con ternura antes de voltearse para quedar ahora sobre ella. Con un ritmo lento pero constante comenzó a entrar y salir, manteniendo sus ojos fijos en ella, en cada expresión de disfrute reflejada en su rostro. La joven se aferraba a sus brazos que la cercaban a cada lado. Ya no se sentía dueña de sí misma, de su cuerpo. Estaba poseída por el frenético sentimiento de éxtasis que vibraba en su interior. Ambos se habían perdido, el uno en el otro, presas de su hambre, predadores de sus cuerpos.

El vaivén incesante de caderas aumentaba su velocidad conforme los dos se acercaban al clímax de su apasionado encuentro. Gemidos guturales se escapaban de sus labios que bebían sedientos el sudor de sus pieles en cada beso. Mordidas y arañazos de placer acompañaban cada salvaje embestida en el tramo final de su erótico delirio. Llegaron a la vez a la encumbrada cima de sus emociones y se liberaron, rendidos de sensual dicha, llenándose de la vitalidad de su sexo.

Permanecieron en silencio, abrazados, recuperándose de su agitación. Todas sus fantasías reunidas no alcanzaban a rendir el merecido tributo al acto que acababan de realizar. Se habían saciado más de lo que hubieran podido imaginar. El fantasma de lo prohibido se había desvanecido ante la imponente muestra de amor y entrega que se habían ofrecido. La confesión de sus ojos había culminado finalmente en la consumación del deseo de sus cuerpos.

Al día siguiente, la puerta del ascensor se abrió y Daniel salió a la misma hora de siempre. Como cada día, saludó amablemente a cada persona que cruzó en el camino a su oficina. Eva lo observaba en silencio, concentrada en no morderse el labio cuando pasara a su lado. Sus miradas se encontraron como cada día, y como cada día compartieron un secreto. Pero ahora era diferente. Era un secreto que ambos conocían. Un secreto que habían acordado disimular ante los demás, pero jamás volver a privarse entre ellos. Un secreto que desbordaba de pasión, de lujuria, y de amor. Un secreto mudo para el mundo, que solo podían decirse al mirarse a los ojos.

 

 

  • Autor: Damian Laurent (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 31 de agosto de 2026 a las 08:11
  • Comentario del autor sobre el poema: Lo sé, no es un poema. Aun así quería compartirlo.
  • Categoría: Amor
  • Lecturas: 1
  • En colecciones: Relatos.


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