SOLILOQUIO DEL ESPEJO

Juan Vallejo

Metafísica del otro lado
(relato corto)

Abrí los ojos como un neonato: por mera inconsciencia del impulso muscular, seguida del dolor de la luz primigenia chocando contra mis ventanales. La luz recorrió el espacio sideral que hay entre mis pupilas y mi consciencia a la misma velocidad de los valses de Shostakovich, y entonces me estiró desde el parietal hasta el filo de las uñas de mis pies como un resorte oxidado de un carro demasiado viejo. Recuerdo que escuché mis propios huesos crujir en una suerte de lamento cotidiano, era el halo de un arrepentimiento por despertarse.

Al principio fue la luz, y esta era cegadora, y sólo después me di cuenta de que era buena y no simplemente infinita. Entonces delineé con mi mirada sus límites espaciales y nació ante mí el contorno de las otras figuras. La existencia misma era una multitud inorgánica de cosas cuyo espacio la luz no invadía. Del reconocer la luz y su bondad pasé al reconocimiento del mundo, que era un otro más próximo a mí mismo y que hacía que la luz fuese, más bien, un aquel tan lejano e insondable que en instantes se me hizo extraño aquello único que había concebido propiamente hablando.

Fue ahí cuando las figuras se volvieron nítidas y descubrí la profundidad de su existencia, más allá de la yuxtaposición con la luz primigenia que me había dado la consciencia de mí mismo. ¡Qué texturas tan extrañas me presentan mis inentrenados ojos! Al compás ruso bailaba una sucesión irrefrenable de geometrías contenidas en sí mismas sobre otras tantas que se superponían en sucesiones fractálicas ad infinitum. Me enteré de que el cuadrado y el triángulo no existían sino en el interior de los armarios y los nocheros. Que el cilindro sólo es tal cuando respira en eso que algunos llaman calcetines. Que entre el piso y las plantas de nuestros pies median cientos de paralelepípedos de cuero.

Y quise moverme y no pude. Y dejé de ser mero ojos conectados a un cuerpo que sentía mediatamente en la lejanía de mi propia existencia y comencé a ser un nudo de hebras fibrosas de hierro y calcio que palpitaban sangre y hedían oxígeno. Me había convertido en una maraña inentendible, sufrida por un dolor cuyo origen era ignoto y que arrancó de mi aliento un grito desaforado de pánico y angustia al saberme dicha maraña y no mero espíritu.

Sentí el calor en las coordenadas de mi geografía, era otra geometría compuesta que luego aprendí que se asemejaba a la de los pulpos. Recorrió lo llamado pecho y en un viaje osado llegó a la cuenca clavicular donde comienza la mente a percibirse a sí misma como reina del autómata que gobierna. Hubo otra de esas que se parecía, más bien, a una araña. Era lenta, solemne, caía con el ritmo del vetusto polvo arremolinándose en los rincones. Estaba más lejana que el pulpo y pasó de mi coraza a la blandura interior en un paseo de cosquillas.

Supe, entonces, que tenía enganchado entre la mente y el culo una grúa que se retorcía millones de veces rompiéndome y reconectándose conmigo en el afán de querer hacer algo. Me enteré de la existencia del sonido por el grito de guerra de aquella grúa, que golpeaba mis espaldas con afanosa reconstrucción cíclica hasta que me obligó a verme sentado ante el espejo en una maroma que me hizo ver mi conjunto de tripas derramadas en el suelo al ser eyectadas del centro de mi existencia.

Supe que era una masa humanoide, con extremidades y un torso, que tenía que meterme aire en mis adentros para no padecer del color morado y perderme. Y que luego ese mismo aire tenía que sacarlo para no padecer del color rojo y estallar. Sentí también un tamborileo de lo más extraño en mi interior, como el de los relojes, milimétrico, inequívoco, que iba y venía desde adentro hacia afuera. Nunca supe por qué padecía de ese ruido en mis entrañas, pero luego me di cuenta de que si me desconcentraba lo suficiente en lo que me rodeaba en el exterior el tamborileo desaparecía de mi mente.

También supe que mi existencia padecía de finitud: pude ver el final de mi cuerpo y me dolió el saber la incapacidad de ir más allá de sus confines. Padecí de composición, pues no era mera substancia incorpórea, libre como el viento que supe que me rodeaba, sino que me hallaba en una cárcel corporal cuya tortura era el mismo padecimiento y dolor de saberme en tan bajo nivel de existencia. Concluí entonces que la existencia era dolor, era padecer la metafísica más insufriblemente baja para quien es consciente de sí mismo.

Lloré tanto como pude y luego lloré más al darme cuenta de que la finitud de mi ser me impedía incluso seguir llorando. La paradoja de ser insignificante y aún así experimentar tanto dolor sólo confirmó mi hipótesis todavía más. Intuí que quizá me abrí a la consciencia del mundo como un acto de mero castigo de algún pecado que cometí más allá de todo pretérito mundo y cuyo recuerdo se había borrado para siempre. Cuando la infinitud del padecimiento me obligó a padecer más por no poder padecer más, entonces tuve algo que luego supe que se llama sosiego.

Respiré lento y quise recomponerme. Me reconocí, cada centímetro de mi desnudo cuerpo se me reveló cubierto de un manto carnívoro y de vellosidades traslúcidas cual rocío sobre la hierba. La araña y el pulpo cedieron a la amalgamada figura simétrica de la punta de mi finitud. Alcé la mirada y me hallé a mí mismo duplicado en el vórtice del universo desde el cual volvía a expandirse la existencia en reversa.

Me reconocí idéntico al poco conocimiento que tenía de mí. Las mismas llagas, las mismas angustias, los mismos padecimientos y dolores y las mismas cicatrices provocadas por el llanto. Vi, entonces, que el movimiento tenía origen en aquel otro vórtice, que el movimiento de mi cuerpo no era sino un reflejo títere de aquel que provenía allende.

Me revolqué mil veces y me levanté y senté hasta el hartazgo y cada movimiento afianzaba la experiencia de descontrol del cuerpo controlado en el parsimonioso despertar de mi (in)consciencia. También me enteré que las figuras de amalgamas complejas de geometría aparecían y desaparecían en el abismo ennegrecido que contorneaba la estancia según mirase o no el reflejo, según fuesen perceptibles por aquel yo del cual yo era gólem.

Y en un giro inesperado del destino, el maestro del yo dio un último giro sobre sí mismo y se marchó hacia donde nadie más lo veía. Y desapareció entonces la totalidad del mundo. Y me di cuenta, pues, que el reflejo era yo, que existía en la negrura de la inexistencia y sólo brotaba al mundo según la presencia del otro levitase frente al otro lado del espejo. Me di cuenta que mi ser miserable se hizo uno sólo con la nada y sólo sería despojado de tal estado con una incipiente mirada. ¿Cuántos infinitos siquiera pasarán para volver a contornear esta lúgubre y triste estancia del espejo de lo inexistente cuando ya nadie lo ve...?

  • Autor: Juan Vallejo (Online Online)
  • Publicado: 31 de agosto de 2026 a las 07:32
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 2


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