EL COLOR DE TU LOCURA

Brian Carmona

Hay personas que llegan pintando el camino,
sin pedirle permiso siquiera a la aurora,
y tú llegas con fuego cambiando el destino,
como cambia la noche cuando el día enamora.

 

Tienes algo de incendio que nunca se apaga,
de secreto guardado detrás de una sonrisa,
una forma de andar que al silencio lo embriaga,
y una manera de hablar que lo vuelve ceniza.

 

No sé de qué planeta trajiste esa calma,
ni quién te enseñó a caminar entre llamas,
pero tienes un modo de desnudar el alma
sin quitarte el vestido, sin quemarte las ganas.

 

Tu locura no pide permiso ni espera,
se acomoda en la mesa, se sirve el café,
y después, descarada, se queda a su manera,
como quien ya conoce perfectamente el porqué.

 

Hay fuego en tus ojos, pero no es solamente
ese fuego que arde y consume despacio,
es un fuego maduro, tranquilo, consciente,
de esos que hacen del riesgo su propio palacio.

 

Tienes esa sensualidad que no necesita
ni demasiados gestos ni frases de ocasión,
porque basta mirarte cuando el mundo se agita
para entender que llevas tormentas en la voz.

 

Y yo miro de lejos, con cierta sorpresa,
cómo haces de la vida una extraña aventura,
porque llevas contigo una rara belleza
que no busca ser bella: simplemente perdura.

 

Hay mujeres que lucen bonitas un rato,
como flores que esperan la luz de la mañana,
pero tú tienes algo más hondo y sensato:
una belleza que piensa, que ríe y que emana.

 

Tu madurez no tiene la forma de un muro,
ni se viste de orgullo, ni presume experiencia,
es más bien ese modo de caminar seguro
cuando ya no hace falta demostrar inteligencia.

 

Has aprendido, supongo, a perder sin perderte,
a soltar ciertas cosas sin hacer demasiado,
a mirar los fracasos de frente y entenderte,
y a seguir caminando con el paso cambiado.

 

Eso también es fuego, aunque nadie lo advierta,
esa forma de estar cuando todo se enfría,
de encontrar una llave donde parece cerrada
la puerta que otros llaman simplemente agonía.

 

Tú no tienes colores que puedan medirse,
ni cabes en un cuadro de marco convencional,
eres de esas pinturas que prefieren salirse
y llenar las paredes con un tono personal.

 

Por eso me pregunto qué nombre tendría
ese extraño color que se escapa de ti,
si será rojo incendio, naranja de alegría,
o ese azul insolente que dice: “estoy aquí”.

 

Quizá sea morado, quizá sea dorado,
quizá sea una mezcla de todos los colores,
porque nunca has sabido quedarte de un lado
y conviertes las dudas en nuevos resplandores.

 

Tu locura es exquisita cuando pierde la cuenta,
cuando ríe sin miedo, cuando cambia el guion,
cuando manda al carajo la opinión de la gente
y se pone a bailar con absoluta razón.

 

Hay algo fascinante en tu manera de ser,
una mezcla de fuerza, paciencia y descaro,
porque sabes cuándo hablar, cuándo desaparecer,
y cuándo hacer del mundo un lugar menos raro.

 

Tienes fuego en las manos, aunque estén descansando,
tienes fuego en la risa, aunque guardes silencio,
y parece que el tiempo te fuera acompañando
porque llevas los años convertidos en criterio.

 

No eres de esas almas que buscan aprobación,
ni de las que se esconden detrás de una apariencia,
tú aprendiste hace tiempo la vieja lección
de que vale más ser libre que tener audiencia.

 

Y eso, sinceramente, me parece admirable,
porque en tiempos de máscaras resulta extraordinario
encontrarse con alguien tan inevitable,
tan dueño de sí mismo, tan poco necesario.

 

No necesitas permiso para ser desbordante,
ni disculpa por tener semejante energía,
tu presencia se vuelve de pronto importante
aunque llegues diciendo cualquier tontería.

 

Porque tienes esa magia de lo inesperado,
esa chispa traviesa que nunca se controla,
como un viento de agosto que llega despeinado
y deja las ventanas abiertas de una sola.

 

Hay algo en tu silencio que también dice cosas,
como dicen las tardes cuando empieza a llover,
y hasta tus pausas parecen peligrosas,
porque tienen la calma de quien sabe qué hacer.

 

Tu sensualidad no grita, simplemente camina,
se acomoda en tus hombros, descansa en tu mirada,
y deja en el ambiente una pequeña neblina
de esas que nadie entiende pero no quiere que nada.

 

Quizá por eso admiro tu manera de andar,
esa mezcla de elegancia, locura y firmeza,
porque puedes ser tormenta y también puedes parar,
sin perder en ninguna de las dos tu belleza.

 

Has hecho de tus años una especie de escuela,
sin títulos ni honores, sin diplomas de ocasión,
y aprendiste que a veces la vida no consuela,
pero siempre nos deja alguna buena lección.

 

No sé cuántas batallas llevas en la memoria,
ni cuántas madrugadas te enseñaron a crecer,
pero hay algo en tus ojos que parece contar historia
sin necesitar palabras para hacerse entender.

 

Y si alguna vez dudas de todo lo que vales,
si el mundo se empeña en ponerte condición,
recuerda que los mares no preguntan por sus males
antes de romperse enteros contra cualquier paredón.

 

Recuerda que la luna no consulta a la noche
si debe ser brillante, si debe aparecer,
simplemente se asoma, sin pedir ningún reproche,
y deja que los ojos decidan qué quieren ver.

 

Así eres tú: un poco de noche encendida,
un poco de desastre, un poco de perfección,
una mujer que lleva la experiencia de la vida
y todavía conserva intacta la rebelión.

 

Porque ser madura no significa estar cansada,
ni tener las respuestas guardadas en un cajón,
significa saber cuándo dejar una puerta cerrada
y cuándo abrir de golpe todas las ventanas del corazón.

 

Y tú sabes hacerlo con una elegancia extraña,
sin grandes discursos, sin buscar explicación,
como quien ya comprende que la vida también engaña
pero aun así decide bailar otra canción.

 

Tu fuego no destruye: transforma lo que toca,
le cambia los matices, le modifica el color,
y cuando tu locura se te escapa por la boca
hasta el día más gris parece tener resplandor.

 

Por eso si algún día preguntan quién eres,
no digas solamente tu nombre y profesión,
diles que eres incendio cuando quieres,
y que también sabes ser calma en plena confusión.

 

Diles que tienes noches guardadas en los ojos,
que coleccionas risas y alguna cicatriz,
que aprendiste a convertir los antiguos despojos
en motivos suficientes para volver a ser feliz.

 

Diles que eres fuego, pero fuego inteligente,
de ese que no presume la fuerza que posee,
que puede ser ardiente sin dejar de ser consciente
y puede ser madura sin olvidar que también juega.

 

Porque ahí está tu encanto, precisamente,
en no parecerte nunca a lo que esperan de ti,
en caminar con esa seguridad insolente
de quien ya se ha encontrado después de sobrevivir.

 

Hay algo muy hermoso en tu forma de existir,
en esa independencia que llevas por bandera,
en saber que la vida se hizo para vivir
y que nadie merece vivir de cualquier manera.

 

Y quizá ese sea el color de tu locura,
una mezcla imposible de fuego y claridad,
la extraña combinación de fuerza y ternura
que hace de tu presencia una pequeña eternidad.

 

No sé si tenga nombre ese color que llevas,
ni si algún pintor podría copiar su matiz,
porque algunas personas no caben en las pruebas
que inventamos los otros para intentar definir.

 

Tú eres de esas pocas que rompen el molde,
que llegan y cambian el aire sin explicación,
que tienen una risa que al silencio lo desborda
y una mirada capaz de detener la conversación.

 

Así que sigue siendo esa mujer encendida,
con tus ganas, tus dudas, tu fuerza y tu locura,
que nadie te convenza de vivir una vida reducida
cuando naciste para andar con semejante altura.

 

Sigue llevando el fuego donde quiera que vayas,
sigue haciendo del caos una forma de canción,
sigue dejando abiertas tus propias murallas
y que nadie te quite el color de tu razón.

 

Porque el mundo necesita personas diferentes,
de esas que no se quiebran por cambiar de dirección,
que saben que los años pueden volvernos más fuertes
sin quitarnos las ganas de jugar con la imaginación.

 

Y si alguna vez la vida se vuelve demasiado seria,
si el cansancio pretende apagar tu resplandor,
recuerda que hasta el fuego necesita una tregua
para volver mañana con un poco más de ardor.

 

Entonces ríe, camina, provoca la mañana,
hazle un guiño al espejo, desordena la rutina,
que la vida es demasiado breve y demasiado humana
para esconder esa locura que tan bien te ilumina.

 

Y cuando alguien pregunte cuál es tu secreto,
quizá puedas responder sin ninguna explicación:
“no tengo ningún secreto, solamente me respeto
y aprendí que ser yo misma es mi mejor revolución”.

 

Ese es tu verdadero color, aunque nadie lo vea,
esa mezcla de experiencia, de fuego y libertad,
la certeza de saber que, pase lo que pase,
tu locura seguirá teniendo dignidad.

 

Por eso te admiro, y lo digo sin adornos,
sin convertir la frase en ninguna confesión,
porque hay personas que merecen todos los honores
simplemente por hacer más grande la habitación.

 

Y tú haces eso: llegas y cambia el paisaje,
se acomoda la tarde, se despierta la ciudad,
como si tu presencia trajera otro lenguaje
para decirle al mundo que aún existe intensidad.

 

Qué suerte la de aquellos que pueden conocerte,
qué suerte compartir contigo alguna estación,
porque no cualquiera tiene el privilegio de verte
convertir una simple tarde en una celebración.

 

Así que guarda tu fuego, pero nunca lo escondas,
guarda tus cicatrices, pero nunca tu alegría,
que las almas más fuertes no siempre son redondas:
a veces tienen esquinas, tormentas y poesía.

 

Y si algún día preguntas qué color tiene tu locura,
yo diría que ninguno que pueda explicar,
porque hay colores que solamente existen cuando
una persona como tú decide comenzar a brillar.

 

Quizá sea el color de una noche encendida,
quizá el de una tarde que se niega a terminar,
quizá sea simplemente el color de tu vida,
ese tono irrepetible que no se puede copiar.

 

Y mientras sigas siendo esa mujer indomable,
con la risa despierta y el incendio en la mirada,
habrá algo en tu presencia profundamente admirable:
esa forma tan tuya de no deberle nada a nada.

 

Ese es, finalmente, el color de tu locura:
un fuego con experiencia, una risa sin edad,
una mujer que hizo de su propia aventura
la más bella manera de ejercer su libertad.

 

  • Autor: Brian Carmona (Online Online)
  • Publicado: 31 de agosto de 2026 a las 01:06
  • Categoría: Amistad
  • Lecturas: 1
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