Los Que Expulsan y Los Que Huyen

Luis Barreda Morán

LOS QUE EXPULSAN Y LOS QUE HUYEN

No nacieron migrantes.

Nacieron campesinos,
obreros,
vendedores de fruta,
madres,
niños,
hombres con las manos llenas de tierra
y mujeres que conocían
el nombre de cada montaña.

Nacieron queriendo quedarse.

Pero hubo un día
en que quedarse
comenzó a parecerse demasiado
a morir.

Entonces hicieron una maleta.

No llevaban oro.

No llevaban empresas.

No llevaban bancos.

Llevaban fotografías,
un poco de ropa,
el miedo pegado a la espalda
y la esperanza
como una última moneda.

Y alguien,
desde una oficina con aire acondicionado,
los llamó:

ilegales.

Qué palabra tan pequeña
para esconder una historia tan grande.

Ilegal el hombre que huye
del hambre.

Ilegal la mujer
que busca trabajo.

Ilegal el niño
que cruza una frontera
sin comprender
por qué el mundo tiene fronteras
para unos
y privilegios para otros.

Pero nadie pregunta
quién hizo pobre a la tierra.

Nadie pregunta
quién compró sus cosechas
por monedas
y vendió el producto
por fortunas.

Nadie pregunta
quién convirtió
la riqueza de los pueblos
en cuentas privadas.

Nadie pregunta
quién se llevó
el oro de las montañas,
la madera de los bosques,
los minerales,
los frutos,
la fuerza de los trabajadores.

Y cuando el pueblo empobrecido
camina hacia las ciudades ricas,
entonces aparecen
los defensores de la patria
a levantar muros.

Muros.

Como si el ladrillo
pudiera borrar la historia.

Como si una alambrada
pudiera detener
la desesperación.

Como si un ejército
pudiera fusilar
el hambre.

Pero el hambre
no tiene pasaporte.

La pobreza
no necesita visa.

La violencia
no solicita permiso
antes de entrar en una casa.

Y la desigualdad
no se queda quieta
dentro de las fronteras.

América Latina
ha sido durante siglos
una tierra rica
con pueblos pobres.

Y esa contradicción
no cayó del cielo.

La historia dejó sus manos
sobre nuestras tierras.

Primero llegaron
las carabelas.

Después llegaron
las compañías.

Después los bancos.

Después los tratados.

Después los expertos
que explicaban
por qué debíamos producir barato
y comprar caro.

Y después llegaron
los discursos
sobre libertad de mercado.

Libertad.

Qué palabra tan hermosa
cuando la pronuncia
quien tiene capital.

Qué palabra tan cruel
cuando la escucha
quien no tiene ni pan.

Porque para el pobre
la libertad muchas veces
consiste en escoger
entre quedarse sin trabajo
o marcharse.

Entre aceptar un salario
que no alcanza
o abandonar a sus hijos.

Entre vivir con miedo
o caminar hacia otro miedo.

Y mientras tanto,
en las capitales,
los hombres de traje
hablan de crecimiento.

Hablan de inversiones.

Hablan de competitividad.

Hablan de mercados.

Hablan de seguridad fronteriza.

Pero rara vez hablan
del salario que no alcanza.

Del hospital sin medicinas.

De la escuela sin maestros.

Del campo abandonado.

Del joven sin empleo.

Del niño que aprende
demasiado temprano
que la pobreza
también puede heredarse.

Y hay otra verdad
que debemos decir
sin bajar la voz:

no toda la culpa viene de afuera.

También están
los ladrones de adentro.

Los gobernantes
que llegan prometiendo patria
y salen millonarios.

Los funcionarios
que convierten el Estado
en una caja registradora.

Los empresarios corruptos
que compran favores.

Los políticos
que venden leyes
como mercancía.

Las élites
que privatizan las ganancias
y socializan las pérdidas.

Y entonces el pueblo
paga dos veces:

paga cuando le roban
y paga nuevamente
cuando debe marcharse
porque le robaron el futuro.

Después,
cuando cruza la frontera,
lo detienen.

Le revisan los bolsillos.

Le preguntan de dónde viene.

Le preguntan qué busca.

Pero deberían preguntarle
algo diferente:

¿Quién te obligó a venir?

Entonces quizá
la historia comenzaría
a hablar.

Respondería la tierra seca.

Respondería el salario miserable.

Respondería la violencia.

Respondería la corrupción.

Respondería el abandono.

Responderían los gobiernos
que olvidaron a su pueblo.

Responderían las estructuras
que concentran la riqueza
mientras millones
sobreviven con las migajas.

Y respondería también
el viejo orden mundial,
ese enorme edificio
donde algunos países
han acumulado capital
durante siglos
mientras otros
siguen vendiendo
su trabajo,
sus materias primas
y sus recursos
para poder sobrevivir.

No digo que cada migración
tenga una sola causa.

La historia nunca es tan sencilla.

Pero sí digo esto:

cuando una persona abandona su casa
porque no puede vivir dignamente,
la frontera es el último capítulo,
no el primero.

Por eso perseguir al migrante
sin transformar las condiciones
que lo expulsan
es como romper el termómetro
para curar la fiebre.

Puedes deportar
a cien.

A mil.

A un millón.

Pero mientras permanezcan
la pobreza,
la violencia,
la desigualdad,
la corrupción
y la falta de oportunidades,

la frontera volverá a llenarse.

Porque el ser humano
puede soportar muchas cosas,

pero llega un momento
en que la esperanza
se convierte en camino.

Y entonces camina.

Camina el campesino.

Camina la madre.

Camina el joven.

Camina el niño.

Camina el pueblo entero
detrás de una palabra
que parece pequeña
pero contiene
la historia de la humanidad:

mañana.

No quieren conquistar
tu país.

Quieren conquistar
el derecho
a vivir.

No quieren quitarte
el trabajo.

Quieren encontrar
uno.

No quieren destruir
tu patria.

Quieren tener
una propia
donde sus hijos
no tengan que huir.

Y quizá algún día
entendamos la paradoja:

los países ricos
levantan muros
para detener
a los pobres,

pero rara vez levantan
los mismos muros
contra el capital
que cruza fronteras
en segundos.

El dinero puede viajar.

Las empresas pueden viajar.

Las mercancías pueden viajar.

Los capitales pueden viajar.

Pero cuando viaja un pobre,

de pronto,

el mundo descubre
que existen fronteras.

Y ahí está
la herida.

No es solamente
la frontera entre países.

Es la frontera
entre los que pueden elegir
dónde vivir

y los que deben huir
para poder vivir.

Por eso no me pidan
que mire al migrante
como enemigo.

Yo quiero mirar
más arriba.

Quiero mirar
detrás del muro.

Quiero mirar
quién se beneficia
de la pobreza.

Quién acumula
cuando otros pierden.

Quién roba
cuando otros emigran.

Quién convierte
la necesidad humana
en mano de obra barata.

Porque quizá el verdadero
problema migratorio
no sea que los pobres
crucen las fronteras.

Quizá el problema
sea que durante demasiado tiempo
hemos construido un mundo
en el que unos pocos
pueden acumular
lo que pertenece
a la esperanza de muchos.

Y entonces,
cuando los pobres
comienzan a caminar,

los llamamos ilegales.

Pero yo prefiero
otra palabra:

sobrevivientes.

Porque detrás de cada migrante
hay una historia
que alguien quiso olvidar.

Y detrás de cada muro
hay una pregunta
que ningún ejército
podrá detener:

**si el mundo tiene riqueza suficiente
para que unos pocos vivan
en abundancia,
¿por qué tantos seres humanos
tienen que abandonar su tierra
para encontrar el derecho
más sencillo de todos:

vivir con dignidad?**

Ese es el verdadero escándalo.

No que los pobres crucen fronteras.

Sino que hayamos construido
un mundo
donde para escapar de la pobreza
primero tengan que escapar
de su propia patria.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA 
Septiembre, 2022.
Género: poesía lírica 
Forma: verso libre

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  • Autor: Luis Barreda Morán (Online Online)
  • Publicado: 31 de agosto de 2026 a las 01:00
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


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