Si alguna vez los siglos pudieran hablar, estoy seguro de que pronunciarían tu nombre con la misma reverencia con la que el océano besa la orilla después de una larga travesía. Porque hay presencias que no nacen cuando dos personas se conocen; nacen mucho antes, en ese misterio donde el universo comienza a soñar los destinos que un día habrán de encontrarse.
Yo no creo que el amor sea un accidente. Creo que es una antigua promesa escrita en la primera luz que acarició el mundo, una alianza silenciosa entre dos almas que, aun separadas por continentes, por inviernos y por incontables amaneceres, jamás dejaron de caminar la una hacia la otra.
Por eso no temo a la distancia. Ella es apenas una sombra pasajera frente a la inmensidad de lo que sentimos. ¿Qué pueden significar unos cuantos kilómetros para un amor que ha aprendido a cruzar noches enteras sostenido únicamente por la esperanza? ¿Qué poder tiene el tiempo sobre dos corazones que laten con la certeza de que pertenecen al mismo destino?
Te imagino, y el horizonte deja de ser una línea lejana para convertirse en el camino que inevitablemente me conduce hacia ti. Pienso en tus ojos, y las estrellas parecen humildes aprendices de la luz que habita en ellos. Pronuncio tu nombre en silencio, y hasta el viento parece detenerse para escuchar cómo una sola palabra puede contener el universo entero.
Llegará el día en que ya no existan mapas entre nosotros. El destino, cansado de probarnos, abrirá por fin sus manos y nos devolverá todo aquello que la espera nos pidió sacrificar. Entonces caminaré hacia ti con el corazón desnudo, llevando en cada latido la memoria de todas las noches en que solo pude abrazarte con el pensamiento.
Y cuando al fin te tenga frente a mí, no buscaré palabras grandiosas, porque ninguna lengua humana ha sido capaz de nombrar un amor como este. Bastará mirarte para comprender que toda mi vida fue el largo aprendizaje de ese instante. Bastará tomar tu mano para sentir que el universo, después de incontables giros, encontró al fin su centro.
Quiero recorrer contigo los días luminosos y también las noches más difíciles. Quiero ser la voz que te recuerde quién eres cuando el miedo quiera hacerte olvidar tu propia luz. Quiero celebrar tus victorias como si fueran mías y cargar contigo los inviernos hasta que vuelva la primavera. Porque amar no es solamente contemplar la belleza; es permanecer cuando el viento sopla con más fuerza y el mundo parece perder el rumbo.
Si alguna vez el tiempo intentara arrebatarnos lo vivido, volvería a elegirte una y mil veces. Si el destino decidiera comenzar de nuevo la historia del universo, volvería a caminar todos los caminos, soportaría todas las ausencias y esperaría todas las estaciones con tal de llegar otra vez hasta ti.
Y si un día las estrellas dejaran de brillar, si el mar olvidara sus mareas y el cielo cerrara para siempre sus puertas de luz, todavía existiría algo que no conocería el final: este amor que llevo por ti. Porque no fue hecho con la materia frágil de los instantes, sino con la sustancia invisible de aquello que desafía al tiempo, vence al olvido y permanece cuando todo lo demás ha desaparecido.
Así te amo: con la paciencia de las montañas, con la profundidad de los océanos, con la fidelidad de los astros y con la fuerza de un juramento que ninguna distancia puede quebrantar.
Y si al final de los tiempos el universo pronunciara una última palabra antes de extinguir su último destello, quisiera que esa palabra fuera tu nombre. Porque en él comenzó mi esperanza, en él encontró descanso mi alma y en él descubrió mi corazón que la eternidad no es un lugar lejano: la eternidad eres tú, cuando tu mano descansa en la mía y el amor vence, una vez más, al tiempo, al destino y a la muerte.
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Autor:
RONALD TADEO RAMIREZ ELIZALDE (SeudΓ³nimo) (
Offline) - Publicado: 30 de agosto de 2026 a las 02:42
- CategorΓa: Carta
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