ANTES DE QUE AMANECIERA

José Antonio Artés

Se levantaban temprano.
Tan temprano
que algunas mañanas
la casa todavía era noche.

 

Encendían la cocina.
Ponían la leche,
recogían la ropa de los niños
y empezaban el día
sin haber terminado el anterior.

 

Así recuerdo a muchas.
El pelo recogido a prisa,
la bata gastada,
las manos húmedas,
y aquella forma de andar por la casa
como si pararse
fuera un lujo de otros.

 

La comida a su hora.
Las camas hechas.
Las monedas contadas en la mesa
para que rindieran hasta fin de mes.
Y siempre alguien preguntando:
—¿Qué hay para cenar?

 

Casi nunca:
—¿Qué te pasa?

 

Porque hubo mañanas
en que despertaron
con un vacío sin nombre.
Pero había que levantarse.
Eso era todo.

 

Fueron jóvenes.
A veces se olvida.


Tuvieron veinte años,
una canción favorita,
ganas de bailar,
de estudiar, quizá,
de conocer ciudades,
y de equivocarse.

 

Pero la vida tenía entonces
pocas puertas
y muchas cerraduras.
Hasta su propio dinero
podía necesitar otra firma.
Hasta su voluntad
tropezaba con papeles
donde faltaba un nombre:
el de él.

 

Y aprendieron pronto
que ser buena mujer
era, muchas veces,
ocupar poco sitio:
no preguntar,
no desear demasiado.

 

Y ellas siguieron.
Porque había niños durmiendo
al otro lado de la pared.
Porque el dinero no llegaba.
Porque alguien les dijo:
—Aguanta.

 

Incluso así hubo felicidad.
Una tarde en la playa,
los hijos corriendo al agua,
una radio en la cocina,
un domingo con todos alrededor de la mesa.
La vida nunca es una sola cosa.

 

Por eso ahora,
cuando alguna dice:
—Si yo hubiera nacido en tu tiempo...
sonríe
y mira por la ventana.
Quizá piensa en una carrera,
en un viaje,
en aquel muchacho que no volvió,
o simplemente
en tener una tarde para ella.
Una tarde entera.
Sin hijos.
Sin marido.
Sin reloj.

 

Ahora tienen setenta,
ochenta,
o la edad que tienen los años
cuando ya no se cuentan.
Y algunas empiezan a decir
lo que antes callaban:
que estuvieron cansadas,
que tuvieron miedo.
Que hubo noches
en que miraron al hombre dormido
y se preguntaron
qué fue de aquellas muchachas
que un día fueron.

 

Dicen también
que volverían a tener a sus hijos.
A todos.
Eso no lo cambiarían.
Pero una cosa es amar la vida vivida
y otra muy distinta
no haber podido elegirla.

 

Esta tarde pienso en ellas,
en aquellas mujeres
que sostenían a un niño con un brazo
y con el otro
seguían barriendo.
Nadie las fotografió.
Era solo una mujer
haciendo lo que debía.

 

Quizá por eso deseo
que alguna tarde,
una de ellas
se siente frente a una ventana,
deje las manos quietas sobre el regazo
y no tenga que hacer nada.
Absolutamente nada.
Que mire caer la tarde.
Y que, por una vez,
nadie la necesite.
Solo ella.
A ella misma.

 

José Antonio Artés Sánchez

 

  • Autor: José Antonio Artés (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 29 de agosto de 2026 a las 12:49
  • Categoría: familia
  • Lecturas: 1


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