No sé hasta qué punto amo el lugar donde nací,
mi pueblo, mi Tarazona señorial y pobre,
tierra aragonesa ruda y noble
como el hombre que la puebla.
Vieja, cargada de historia, cimentada
entre luchas y guerras, se levanta erguida,
sobre el río que, como una vena, la recorre.
Moros, cristianos y judíos,
vivieron en sus casas,
y los siglos fueron escribiendo
la historia guerrera en las pacíficas piedras,
que, como papiros pétreos, relatan ahora
en voz leve sus recuerdos.
Me gusta pasear por ella.
Entre las callejuelas que me trasladan
a su parte más alta, parecen cruzarse conmigo,
en las alboradas frías, las cansinas sombras
de antiguos sarracenos camino del destierro
vencidos por las cruces y los emblemas cristianos.
Me hablan sin detenerse, abatidos por la derrota,
y yo los sigo con la mirada hasta que se pierden
en el horizonte brumoso donde el sol aún se despereza.
En lo más alto, donde las casas lindan con el campo,
otra ciudad, mucho más solitaria y triste,
duerme silenciosa: el cementerio.
Siempre he tenido miedo en este lugar,
en él los antepasados, los moradores de esta tierra,
descansan, encerrando en ataúdes ruinosos
los secretos de sus vidas. Lo miro asustado,
como sintiendo toda la gelidez del amanecer prohibido
en su dominio. Me voy, recorro las calles
como un vagabundo solitario
yendo a refugiarme entre la vida.
¡Qué bella me pareces así, sin nadie, para mí solo ¡
Recogido en un rincón, con el rumor del agua saltando
en una fuente, el sol me descubre lanzando
sobre mi sus rayos.
Uno de ellos juguetea con las campanas
de la Iglesia de la Magdalena,
y viene junto a mí, con el sonido
que les ha robado.
Con ese tañido llenando mis oídos,
descubro el Obispado. Solemne y estilizado,
como si Dios hubiese querido elevarlo
a sus dominios, otea la ciudad apoyado en sus firmes rocas,
y allí abajo, tembloroso, como no deseando despertarte,
el Queiles milenario se acerca a mí abatido,
recordando su altanería de otros siglos
y ruborizándose ahora, por el tenue hilillo
de agua que me ofrece.
Tus gentes duermen, sus almas reposan seguras
bajo tu atenta mirada, y allí, en una de tus casas,
una hermosa niña descansa complacida.
Al sol le pido que le lleve mi amor profundo,
mi alma hecha ternura, a su ventana,
para que, cuando despierte, penetre en su refugio
como un tibio calor en su alborada.
Camino sumergiendo mi pensamiento
en la escasísima agua donde los romanos
templaron espadas invencibles,
cuando encuentro la Catedral. Se eleva majestuosa,
encerrando plegarias y sentimientos
y sé que, al cruzar su puerta,
su intangible belleza me trasladará
a la antesala del Paraíso,
allí donde los hombres esperaremos turno
para hablar con Dios.
Pero ya el sol se ha levantado y me contempla complacido.
Yo te quiero para mí solo.
Mañana, cuando solamente yo pise
tu pasado y tu presente,
te veré umbrosa aún pero virginal,
donde únicamente la luz de mis ojos
rompa el encanto solitario que te llena.
JOSE ANTONIO GARCIA CALVO
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Autor:
jagc (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 26 de agosto de 2026 a las 23:38
- Categoría: Sin clasificar
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