El baile de la vida empieza con el llanto,
la risa y los abrazos acompañan su cántico.
Avanzan las mañanas y un árbol, casi erguido,
preside el horizonte de un valle eterno y verde.
El llano del letargo domina el mediodía,
cuando los años pasan, y un ánade cualquiera
se torna cisne blanco: acaso amor se llama…
Poco a poco aparecen las hojas en otoño,
cuando apenas se amasa la rutina del día...
Los mañanas son breves y más largas las tardes,
los niños, pronto hombres, se curten en el tiempo,
y los hombres, pasando, van haciéndose viejos...
Las hojas vespertinas dejan paso a la calma
y el cielo poco a poco comienza a oscurecerse:
lo que antaño eran risas hoy son sonrisas mímicas.
La noche se ha cernido, cuando no se esperaba,
y otros niños asoman a otras puertas distintas,
la del tiempo que avanza, la del hombre que pasa…,
dejando un rastro opaco de alegría y tristeza.
Finalmente, acaba el bosque: sin árboles, extáticos,
los vientos de la noche, oscuros y nubosos,
ocultan a los muertos y barren los recuerdos.
Y al tiempo, en lontananza, se adivina otro día,
otra luz, otros llantos, otros niños nacidos,
otros hombres posibles que avanzarán de nuevo,
otras vidas ajenas que mantendrán la llama:
la existencia perpetua, devenir sin retorno...
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Autor:
HARWIN STRONG (
Online) - Publicado: 26 de agosto de 2026 a las 12:04
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2
- Usuarios favoritos de este poema: Daniel Omar Cignacco

Online)
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