Pájaros de tiza

Jesús de los Ángeles Valdivieso Alarcón

Salón vacío, sílaba de polvo,

pequeño país de la siesta y los pupitres.

 

Aquí, un acuario de miradas líquidas,

un silencio de mapas con venas de alfiler,

y al fondo, Nelba, tú,

girasol de tinta negra sobre el pupitre pálido,

yo, un signo de interrogación,

una armazón que el guardapolvo disfraza de muchacho.

 

Tu belleza era un ruido de fruta prohibida,

la mía un alambre triste que el viento del pasillo silbaba.

Teníamos miedo, amapola del recreo,

miedo al coro de lenguas como avispas:

«La rosa con el clavo», «la diosa y el mendigo»,

y el qué dirán mordía nuestros codos

cuando casi rozábamos los huesos de febrero.

 

Nunca mordí tu nombre en la escalera,

nunca mi mano de tiza

tocó tu mano de nácar transparente,

solo el frío del brazo en el examen de álgebra,

solo el imán del miedo uniendo dos metales

que no se atrevían a ser imán.

 

Nelba, ancla de mi pecho de pájaro,

¿en qué rincón de la campana te perdiste

como un borrador que aún retiene la nieve de un perfil?

¿Quién te llevó del fondo de la clase

mientras el timbre nos cortaba el verso?

 

Salón vacío, sílaba de polvo,

donde también ella escondió su papel de la risa.

 

Hoy regreso,

profesor de la misma tarima,

con este mismo cuerpo vertical y oscuro,

y en el polvo del mapa que cuelga en la pared

veo la geografía de tus párpados,

veo el país que nunca inauguramos.

 

Todo ha sido un cuaderno que el tiempo borronea,

pero en el fondo, Nelba,

en el mismo pupitre donde tu falda era un pétalo de sombra,

alguien grabó con lápiz una N que sangra,

y yo la leo ahora como un náufrago lee

la orilla que no tuvo,

como se lee en el polvo la ecuación de una ausencia.

 

La hora a terminado, la clase es un naufragio,

los pupitres vacíos miran hacia la nada

y en la pizarra escribo con el dedo tembloroso:

Aquí amé a Nelba, la flor que el viento no merecía.

 

Pero el timbre solo anuncia la pérdida,

y en el eco del aula repite tu nombre

como un coro de pájaros de tiza,

donde el muchacho de alambre y la bella

todavía se miran

sin atreverse a ser

un solo hueso, un solo fuego.

 

Poemario: Amor y dolor en versos 

 



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