Aquí estoy,
sentado en la orilla de esta playa,
al lado de la casa de la que tantas veces te hablé,
la casa de mi papá,
esa casa donde tantas veces
te imaginé conmigo en nuestra vejez.
Te imaginé caminando despacio por estos mismos lugares,
con el cabello teñido de los años,
riéndonos de las mismas historias
que alguna vez nos parecieron tan importantes.
Te imaginé despertando a mi lado
cuando ya no tuviéramos prisa,
preparándonos un café mientras amanecía,
discutiendo por cosas pequeñas
y reconciliándonos como solo nosotros sabíamos hacerlo.
Te imaginé viendo el mar conmigo
cuando nuestros cuerpos ya no fueran los mismos,
cuando nuestras manos estuvieran llenas de arrugas
y nuestros recuerdos fueran más grandes
que todo lo que todavía nos quedara por vivir.
Te imaginé sentada a mi lado
hablándome de todo y de nada,
mientras yo pensaba que había tenido suerte
de haber encontrado a la mujer
con la que quería llegar hasta el último capítulo.
No imaginaba una vida perfecta.
Imaginaba una vida nuestra.
Una vida suficientemente larga
como para que algún día
pudiéramos mirar hacia atrás
y decir:
lo logramos.
Qué ironía volver aquí
y descubrir que alguien que no eres tú
es quien hoy me acompaña,
en el mismo lugar
donde tantas veces imaginé
que serías tú a mi lado.
Hoy estamos tan lejos el uno del otro
que ya ni siquiera reconocemos
los gestos del otro.
Ya no sé leer tus silencios,
ya no sé distinguir tu tristeza de tu distancia,
ya no sé quién eres,
y quizás tú tampoco reconoces
al hombre que soy
debajo de todo lo que pasó.
Hoy no escuché tu voz,
pero me recordaron nuevamente
que pertenezco a tus pesadillas.
Que soy el monstruo
que se peleaba con la idea de dejarte ir,
el hombre que convirtió su miedo a perderte
en una presencia que terminó dándote miedo.
Y quizás esa sea
la parte más dolorosa de toda esta historia:
yo nunca quise ser tu miedo.
Pero querer no siempre alcanza.
A veces uno ama tan desesperadamente
que termina haciendo daño
precisamente intentando evitarlo.
De todos los discursos que tenía en mi cabeza,
de todas las explicaciones,
de todas las palabras que había preparado
para que entendieras quién soy,
cuando finalmente tuve la oportunidad de hablar
no me salió ninguna.
Solo pude decir:
lo siento.
Y después:
gracias.
Nada más.
Mientras quien hoy es tu novio
se encargaba de cuidarte de mí,
yo entendía, quizás por primera vez,
hasta dónde nos había llevado nuestra historia.
Qué extraño es este mundo
en el que el hombre que hace unos meses
habría dado todo por ti
ahora es alguien de quien necesitan protegerte.
Y aun así,
hay una verdad dentro de mí
que no sé cómo arrancar:
si algún día la vida te pusiera en peligro,
si alguna vez necesitaras que alguien
se interpusiera entre tú y el mundo,
quizás todavía daría la mía por la tuya.
No para que lo sepas.
No para que regreses.
No para que cambies la forma en que me ves.
Simplemente porque hay amores
que sobreviven incluso cuando ya no tienen derecho
a formar parte de la vida del otro.
Y quizás ese sea
mi último acto de amor hacia ti:
no demostrarte que no soy un monstruo,
no pedirte que vuelvas a confiar,
no obligarte a reconocer
al hombre que yo todavía intento encontrar.
Sino aceptar que tienes miedo.
Aceptar que necesitas distancia.
Aceptar que quizás la versión de mí
que vive en tu memoria
ya no puede ser corregida por mis palabras.
Porque yo puedo saber quién soy,
pero no puedo obligarte a verlo.
Y tal vez ya no me corresponde
que me entiendas.
Tal vez me corresponde entenderme yo.
Volver a encontrar al hombre
que existía antes de perderse en nosotros.
Al hombre que olvidó su propio nombre
mientras intentaba salvar una historia
que ya no podía salvar.
Aquí, sentado frente al mar,
junto a la casa donde tantas veces
te imaginé envejeciendo conmigo,
me toca aceptar que aquella vida
solo existió en mis sueños.
Y duele.
Duele porque alguna vez
la imaginé con tanta claridad
que parecía un recuerdo del futuro.
Pero hoy no voy a perseguirla.
No voy a buscar respuestas
entre líneas.
No voy a intentar convencerte
de que no soy aquello que temes.
Voy a dejar que el silencio
diga lo que mis palabras nunca pudieron.
Y me voy a quedar aquí,
frente al mar,
con mis errores,
con mis recuerdos,
con el hombre que fui
y con el hombre que todavía estoy intentando ser.
Quizás algún día
pueda mirar esta casa
sin imaginarte dentro.
Quizás algún día
pueda escuchar tu nombre
sin sentir que una parte de mí
se queda sin aire.
Quizás algún día
pueda recordar nuestro amor
sin querer recuperarlo.
Pero esta noche,
en esta orilla,
solo tengo dos palabras.
Las mismas que sobrevivieron
cuando todos mis discursos murieron:
lo siento.
Gracias.
-
Autor:
Mr. W (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 25 de agosto de 2026 a las 19:35
- Comentario del autor sobre el poema: Muchas veces peleamos batallas en guerras ya terminadas y cuando nos damos cuenta de que el silencio era nuestra mejor arma, ya es muy tarde para regresar. Con este poema me despido por un rato, amigos poetas, buena vibra y nos leemos pronto.
- Categoría: Triste
- Lecturas: 1

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