Ausencias intermitentes como el Guadiana
Varias cuerdas de tender cruzan uno de los callejones de la villa 31 de Buenos Aires. El padre Arrieta, el cura de la parroquia, dobla la esquina de la avenida principal bajo una lluvia persistente y fría, que se precipita desde los tejados de chapa hasta el barro de la calle. Entra en el callejón; la imagen de esas viviendas, de puertas multicolores unidas en la miseria y la precariedad, es la razón de que se encuentre tan lejos de su Vizcaya natal.
Entra en la casa de Bernardo. Agustina, su madre, ha dispuesto sobre la mesa del comedor una botella de anís y varios vasos para los hombres, la mayoría compañeros del sindicato. En el piso, un cubo recoge el agua de una gotera. La figura de la Virgen de Luján destaca sobre un televisor; el cable de la antena sube hasta el techo y se cuela por un agujero. En el extremo de una repisa, un viejo juego de ajedrez. Sus partidas son célebres en todo el barrio, no por su juego, sino por las charlas que surgen paralelas a la partida. Un toma y daca filosófico muy parecido al juego del ajedrez.
En el otro extremo, sus preciados libros: El capital de Karl Marx y varios ensayos de teólogos de izquierdas que el padre le ha ido regalando; esas lecturas sumadas a la lógica aplastante de Bernardo, lo convierten en un contertulio ideal para el padre Arrieta.
Agustina reza el rosario en la habitación junto a otras mujeres. El padre Arrieta besa una estola morada, se la coloca alrededor del cuello y se sienta al lado de Bernardo.
—Hola, padre, gracias por acudir, me irá bien hablar con usted.
—Hola, Bernardo, ¿te encuentras con ánimos? ¿Qué tal si reanudamos nuestra partida de ajedrez? Echo de menos tus charlas.
—No disimule, padre, veo que lleva la estola de salvar almas. ¿Acaso viene a salvar la mía? ¿Qué ha sido del Ecclessiam nulla salus (no hay salvación fuera de la iglesia)?
—Siempre tan perspicaz… Los tiempos están cambiando, querido Bernardo, ahora la iglesia reconoce que el ateísmo puede vivirse de buena fe.
—Esmérese, padre, quizá esta sea la última oportunidad de convencerme.
—No me veas como contrincante; el Dios al que sirvo también fue un revolucionario.
—Conozco esa doctrina, exige humildad y resignación a quienes pasan su vida en el trabajo y en la miseria, y a quienes viven del trabajo ajeno con que practiquen la beneficencia les basta.
El padre tarda en contestar. Uno de los compañeros de Bernardo, de aspecto rudo y desaliñado, alza la voz desde el comedor:
—Jaque, padre.
El padre sonríe. Aunque Bernardo respira con dificultad, sus palabras mantienen el filo intacto. No siempre puede responder a su argumentación y al padre Arrieta, jesuita y teólogo, le asombra. Hoy, además de asombrarle, le conmueve.
—La fe en Cristo es compatible con el compromiso con la comunidad.
—¿Comunidad? La religión fortalece el individualismo; ¿no es el individuo quien busca la salvación en la vida eterna?
—Dios nunca le habló al pueblo de Israel como individuo, sino como comunidad. ¿No es eso una forma de socialismo?
—No se engañe, padre, el Dios que predican los púlpitos, salvo raras excepciones (quizá la suya), es el Dios de mi madre Agustina; un Dios que hace milagros y que castiga. El hombre actual es realista y toda la realidad se explica sin la necesidad de la existencia de ese Dios.
—Por desgracia, el mundo moderno va dejando sin sentido las manifestaciones de lo sagrado.
—Porque es una jerga ininteligible para el hombre de hoy. ¿Qué puede pensar el hombre moderno de esa legión de demonios que, al conjuro de Cristo, salen del endemoniado, se introducen en una piara de cerdos y se precipitan al lago, como contó san Lucas?
Desde el comedor se oye de nuevo al compañero de Bernardo:
—Jaque de nuevo, padre.
Bernardo aprovecha para cerrar los ojos cada vez que el padre Arrieta o piensa o tiene la palabra, pero demuestra agudeza y deseos de seguir la conversación. El padre Arrieta responde:
—Ese es el gran desafío que deben asumir los teólogos, enlazar la religión con el pensamiento moderno.
—No se haga ilusiones, padre. En los círculos oficiales seguirán discutiendo sobre la píldora o el matrimonio de los curas. La historia es otra y está por encima del confesionario. No son los ateos los que están matando a Dios.
—No los consideres tan importantes como para ser los causantes de su muerte. Dios murió a manos de quienes colocaron el éxito de la humanidad en la economía y no en la justicia ni en el amor al prójimo.
Bernardo observa al Padre Arrieta con orgullo; ya no es aquel cura joven e inocente, lleno de entusiasmo evangélico; se ha ido curtiendo en las duras realidades del barrio y por fin se posiciona claramente en contra del capital.
El padre Arrieta se queda callado. La lluvia sigue golpeando el tejado de chapa y la gotera suena cada vez más rápido. Agustina se levanta y va hacia el comedor, cambia el cubo y se lleva el otro a la cocina. Coloca otra botella de anís sobre la mesa y vuelve a la habitación.
El padre Arrieta observa a Agustina y a las mujeres rezando el rosario a ese Dios del que hablaba Bernardo, ajenas a la conversación.
—Quizá me excedo obligándote a razonar sobre estos temas cuando debería centrarme en hablarte del alma —dice el padre Arrieta.
[…]
—Y del alma estamos hablando, padre —dice Bernardo con un hilo de voz—. Dejaremos esta última partida en tablas, ya que yo no tendré más remedio que aceptar la existencia de una vida eterna. La ciencia, mi ciencia, la de todos los hombres, no me ofrece más que regresar al polvo, no tiene en cuenta el alma y yo la noto conmigo. Ha sido el motor de todas mis luchas.
—Me parece bien dejarlo en tablas, Bernardo, porque a mí no me quedará más remedio que abrazar la revolución si quiero ser fiel a mi mandato. Antes de hablar de Dios al hombre sin techo, hay que darle un techo. Esta cita es de uno de los míos y también de los tuyos, el abate Pierre.
[…]
Bernardo no responde, se ha quedado inmóvil mirando al techo. El padre Arrieta se pone en pie para administrarle los últimos sacramentos. Agustina se levanta, se acerca al cabecero de la cama y coloca bien las sábanas. Mientras la vida de Bernardo se desvanece en la religiosidad del latín de la liturgia, en el callejón no para de llover.
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Autor:
crisantemo (
Offline) - Publicado: 25 de agosto de 2026 a las 05:04
- Comentario del autor sobre el poema: Un relato que podría leerse como una lucha interna en los instantes anteriores a la muerte.
- Categoría: Religioso
- Lecturas: 2
- Usuarios favoritos de este poema: Tommy Duque
- En colecciones: Relato corto.

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