A MIS AÑOS
A mis años
ya no negocio con la prisa,
ni hago inventarios de ausencias
para saber cuánto me quieres.
He dejado los celos
en alguna estación de tren,
junto a aquella mujer que fui,
la que necesitaba respuestas,
la que confundía amor
con tener siempre la certeza
de que alguien iba a quedarse.
Ahora me basta
una conversación que no pese,
una copa que no prometa nada,
la noche abierta
como una ventana
y tu risa entrando
sin pedir permiso.
No quiero juramentos.
Los juramentos envejecen
peor que nosotras.
Prefiero la verdad sencilla
de dos cuerpos que se encuentran
sin convertir el deseo
en una deuda,
sin hacer del placer
una promesa para mañana.
A mis años
sé que el amor no es una jaula,
aunque tenga flores en los barrotes;
y que a veces querer a alguien
consiste precisamente
en no pedirle que se quede.
He aprendido a marcharme
antes de convertirme en mendiga,
a cerrar la puerta
sin arrojarla contra nadie,
a recoger mis heridas
como quien recoge sus libros
después de una larga lectura.
Y sí,
he llorado.
Pero ya no me avergüenza.
Hay lágrimas que no son derrota;
son simplemente
la manera que tiene el cuerpo
de dejar salir
lo que el orgullo no pudo decir.
Ya no me seducen
las grandes palabras.
Desconfío de los discursos
que prometen convertir la tristeza
en una lección luminosa,
como si cada herida
tuviera que dejarnos
una enseñanza.
Hay dolores
que no necesitan moraleja.
Déjame vivirlos.
Déjame tener días malos,
extrañarte algunas noches,
recordarte sin querer,
beber una copa mirando la ventana
y aceptar que todavía
hay cosas que me duelen.
A mis años
una mesa para una mujer sola
puede ser una fiesta.
Un café silencioso,
una conversación conmigo misma,
un libro abierto,
una canción vieja
y la tranquilidad de no tener
que explicarle mi felicidad a nadie.
He comprendido que la vida
no se hizo para acumular personas,
sino para reconocer
cuáles de ellas
nos permiten ser más nosotras.
Por eso, si vienes,
ven sin equipaje de promesas.
Ven con las manos libres,
con la verdad en los ojos
y sin intención de salvarme.
Yo no necesito que nadie me salve.
Y si te vas,
no te llevarás mi dignidad contigo.
Yo ya sé reconstruirme.
Ya no persigo corazones
que corren en dirección contraria.
A mis años
quiero la ternura sin cadenas,
la compañía sin vigilancia,
el deseo sin propiedad,
la intimidad sin interrogatorios,
la libertad de querernos
sin convertirnos en enemigas
cuando llegue el momento de partir.
Y si alguna noche
te quedas dormido junto a mí,
no voy a preguntarte
cuánto durará la madrugada.
No voy a contar tus respiraciones
ni mirar el reloj
para calcular cuánto falta
para que vuelvas a irte.
Me bastará saber
que por unas horas
el mundo dejó de doler.
A mis años
ya no le pido al amor
que me complete.
Ni que me rescate.
Ni que me prometa eternidad.
Me alcanza con que no me destruya.
Y si algún día
vuelve a tocar mi puerta,
que entre como entra la primavera:
sin explicaciones,
sin contratos,
sin discursos,
sin prometer eternidad.
Que me encuentre así,
con mis canas si llegan,
con mis cicatrices,
con mis ganas intactas,
con la piel todavía capaz
de recordar una caricia
y el corazón suficientemente libre
para decir que sí
o para decir que no.
Porque a estas alturas
he aprendido algo sencillo:
no todo lo que termina
es una derrota,
y no todo lo que se queda
es amor.
A mis años
mi corazón ya no mendiga.
Si ama,
es porque quiere.
Si desea,
lo dice.
Si se entrega,
lo hace sin arrodillarse.
Y si algún día
se queda solo,
también sabe algo que antes ignoraba:
una mujer puede vivir sola
sin estar incompleta.
Puede dormir abrazada a su almohada
y despertar en paz.
Puede poner dos copas sobre la mesa
y luego guardar una
sin sentir que ha perdido.
Puede caminar de noche
con sus propios pensamientos
y descubrir que la soledad
no siempre es ausencia.
A veces
es libertad.
A mis años
ya no quiero que alguien
me prometa quedarse.
Quiero que, pudiendo irse,
elija quedarse.
Y si un día decide partir,
abriré la puerta.
Sin perseguirlo.
Sin odiarlo.
Sin rogar.
Porque he aprendido
que amar también es saber soltar
sin soltarse una misma.
Y después cerraré la puerta,
me quitaré los zapatos,
serviré una copa de vino,
pondré música
y volveré a mi vida.
A mi vida.
Esa que tardé tantos años
en aprender a querer.
Porque a mis años
ya no necesito
que alguien me elija
para sentirme valiosa.
Ya me elegí yo.
Y quizá esa sea
la forma más adulta
y más hermosa
que he encontrado
de amar.
—Luis Barreda/LAB
Burbank, California, EUA
Noviembre, 2015.
-
Autor:
Luis Barreda Morán (
Online) - Publicado: 24 de agosto de 2026 a las 01:47
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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