El agua fluye en el asfalto a través de sus grietas,
como si fueran pequeños riachuelos
rodeados por árboles caducifolios, ya sin hojas,
y paredes que pierden su color
como si estuviesen hechas de rosas.
Luces intermitentes alumbran autos abandonados,
perros abandonados en el piso y gatos libres en los techos.
También gente viendo por las ventanas el asfalto,
esperando encontrar algo interesante sobre él.
Sin embargo, solo observan basura.
Pero ya están acostumbrados;
hasta la encuentran interesante,
ya hasta saben cómo diferenciarla:
basura en descomposición, basura en composición.
Basura estorbando el paso del viento,
el cual avanza con rebeldía en todas direcciones,
sin propósito ni destino,
al igual que las basuras con patas sobre el asfalto.
O, mejor dicho, pies.
Gente gris apoyada en paredes grises,
fumando un cigarrillo blanco que se deshace en ceniza gris.
Y no es lo único que se deshace sobre este asfalto:
hay gente en mal estado sobre y fuera de él.
Gente en mal estado dentro y fuera de hospitales,
gente muerta dentro y fuera de ataúdes.
Gente con una vida de mierda,
aceptando que es lo mejor a lo que pueden aspirar.
O en bares oscuros,
llenando puestos vacíos con vidas cada día más vacías y grises.
Sin embargo, la mayor parte del paisaje son calles,
acompañadas por más calles,
y en sus orillas, algunas casas.
Casas con grietas, obviamente.
Y seres vivos, o en teoría vivos, viviendo dentro.
Muriendo dentro y pudriéndose lentamente:
primero dentro de las casas y después fuera de ellas.
Así, calle tras calle,
luego la siguiente calle,
y calles por todas partes.
Todas son iguales,
todas son grises, sucias y con grietas.
También,
todas las caras que caminan sobre ellas son iguales:
todas son grises, sucias y con grietas.

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