La biblioteca de las culpas

david valencia tobon

—Hola —dijo con voz suave como de aire caluroso—. ¿Cómo puedo nombrarlo?

 —Ah, Diablos. Maldita luz de baño, otra vez —dijo con voz ronca como de piedra al ver titilar la luz—. ¡Ah! ¿Cómo dice?

—Me gusta coleccionar nombres, quisiera saber el suyo.

—Disculpe, —expresó con cara arrugada y alzando la voz—, en una situación como esta pretende… ¿Qué?

—Esto pronto terminará se lo aseguro. Digamos que mi esposa y yo solemos coleccionar nombres extraños, como Sísifo.

—¿En serio? —preguntó con una explayada risa y viendo el baño social de la biblioteca con luz intensa—. Haber, mi buen señor. ¿No considera esto extraño?, usted viene, se acerca al orinal, miró y pensó… ¡Qué se yo!, ¡ah, con este puedo conversar!... Hubiera preferido: qué calor hace en el día del museo; entonces, asentimos, sonreímos y hasta ahí.

—Que formalidad la suya —asintió y volvió a lo suyo—. Déjese de amurallarse y permítase esto. Pronto verá que es un juego de ring, fácil.

—Esto jamás me habría pasado —continuó con la risa—. Se suele conocer extraños en la barra de un bar, en la fila a la espera de pagar impuestos, en el autobús o en el Metro a la hora de mayor gente y apeñuscados adentro. Pero esto, ¡por favor!, mi buen señor. Está invadiendo mi privacidad.

—¡Vaya! No esperaba que se expresara también. En una situación como esta tan del orinal, asunto tan íntimo. Por lo general lo miran a uno y se van. Como los ladrones ¿No?, yo los llamo estado cero: miran y miran, luego se marchan. No dispersemos. Solo quiero saber su nombre.

—Antes que siga con su formalidad que noto extraña. —dijo irritado y empuñando las manos—. Déjeme decirle, no soy un hombre de juegos y no pretendo hacerlo ahora. Y si esto es una seducción, se equivocó.

—Oh, no, no, no. —expresó al acercarse al orinal del otro—. Por ahora me interesa saber su nombre. Verá que es rápido como esto... Tan rápido como un ladrón que parece mago y con manos de seda se lleva lo deseado, sin que nadie se dé cuenta.

—Sabe, —dijo al apartarse y rascarse la nariz por el olor y se quedó frente al espejo—, ahora que caigo en cuenta, ¿por qué dijo que no lo esperaba?, ¿A caso me conoce?

—Si fuera así, ¿no cree que sabría su nombre?, además en tiempos digitales se sabe mucho. Digamos que lo he visto de forma peculiar y me falta su nombre.

—¿Peculiar?, —volvió a empuñar las manos—. O sea que me ha visto en otro lugar.

—¡Qué!... Mmm… En los carteles de los más buscado como Vincenzo Peruggia —se río hasta llenar el espejo con su aliento con sabor a tabaco, como lo hizo al entrar y dejar el lugar lleno de un perfume intenso como de azufre—. Que ridiculez su postura de box ¿Cierto?, ¡vamos, hombre, esto es fácil!

—Mi buen señor, —dijo enojado, exhaló al bajar las manos y se apartó de él—. En primer lugar, no lo conozco; en segundo, no sé de qué va esto; en tercero, no sé qué pretende con saber mi nombre.

—Ah, ¿dónde están mis modales? Soy el detective Amoedo y de pasatiempo colecciono nombres como almas. Digamos como Bonifacio, Ricaurte y el mejor Sigifredo ¿No le parece considerables nombres?

—¿En serio? —preguntó mientras lo miraba por el rabillo del ojo y lavándose las manos en el lavabo—. Creo que se equivocó de persona, mi buen señor.

—Verá, digamos que mi esposa es una amante de la intuición. Ella lo miró, mientras íbamos con el guía que nos mostró los libros incunables. Luego me señaló que lo siguiera. Si ella dice que es usted, pues lo será en su totalidad. ¿Comprende?

—Mi buen señor, está pretendiendo algo que no soy. Soy un curador de arte y quizá mi cara la ha visto en los museos.

—Sí, en la exhibición de los mejores ladrones. Algún día se hará un museo así para ustedes.

—Esto terminará mal, uno de los dos caerá ¿Comprende, también?

—Del baño jamás saldrá ni de la biblioteca de los incunables —se puso firme, categórico y obstaculizó el paso—. Aquí hay un anillo de seguridad. Además, la detective tiene pruebas y una orden de aprehensión. Para ser usted tan genial como la banda que le nombré, señores de alta alcurnia que por divertimento roban. Entonces, extraño que haya cometido un error ahora.

—No. Si he de cometer un error, será calculado. Además, tengo las manos limpias.

—Eso es de seguro, se lavó varias veces las manos con bastante jabón. Vamos, dígame su nombre ¿O elijo?... Mmm… —proyectó la voz y lo hizo retroceder—. Digamos Cancerbero, Mefistófeles, Dante y el mejor Diosdado. Interesantes alias.

—Usted es el Diablo y no me tentará —lo imitó en la expresión— se lo juro por esta cruz —la marcó en el vaho del espejo.

—No, aun así, no saldrá de este círculo que le hemos puesto.

Se miraron de cerca y se apartaron. Cada uno se frotó la nariz y hubo postura de boxeo. Las luces se apagaron y volvieron a titilar hasta ser intenso.

—Hoy me tendrá. Mañana sabré que tan corrupto es usted, mi buen señor. Entonces, caerá en uno de los círculos.

—Estamos en la ciudad más calurosa y nos rodea el desierto ¿A dónde saldremos? Esto es un Sísifo. Digamos que forcejeamos y usted huye. Si acaso nos batimos a bala y cae al lado de la biblia de Gutenberg, robada. Como no pudo tenerla se culpa y lo representa con sus manos lavadas con insistencia. Usted es un libro leído por si mismo y en alguna página me dará su nombre.

—¿Muerto? —preguntó al rascarse la nariz por el olor amarillento de las axilas—... Mmm… Será de risa.

  • Autor: D. Valencia (Seudónimo) (Online Online)
  • Publicado: 23 de agosto de 2026 a las 16:13
  • Comentario del autor sobre el poema: Este es uno de los cuentos publicados en el Mundial de escritura de este año. La consigna para aquel día era la de un lugar inusual para una historia. Cada año se hace el mundial de escritura y es para quienes amamos escribir y leer.
  • Categoría: Cuento
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