—Hola —expresó con voz suave dejando un vaho caliente en el espacio—. ¿Cómo puedo nombrarlo?
—Ah, Diablos. Maldita luz de baño, otra vez —dijo con voz ronca y tronando los dientes al ver titilar la luz—. ¡Ah! ¿Cómo dice?
—Me gusta coleccionar nombres, quisiera saber el suyo.
—Disculpe, —expresó con cara arrugada y alzando la voz—, en una situación como esta pretende… ¿Qué?
—Esto pronto terminará se lo aseguro. Digamos que mi esposa y yo solemos coleccionar nombres extraños, como Sísifo.
—¿En serio? —preguntó con una explayada risa y viendo el baño social de la biblioteca con luz intensa—. Haber, mi buen señor. ¿No considera esto extraño?, usted viene, se acerca al orinal, miró y pensó… ¡Qué sé yo!, ¡ah, con este puedo conversar!... Hubiera preferido: qué calor hace en el día del museo; entonces, asentimos, sonreímos y hasta ahí.
—Que formalidad la suya —asintió y volvió a lo suyo—. Déjese de amurallarse y permítase esto. Pronto verá que es un juego de ring, fácil.
—Esto jamás me habría pasado —continuó con la risa—. Soy social con quienes conozco y están referenciados por mi círculo íntimo. Así haya acercamientos en un bar por un mesero que tarda en llegar o haciendo una larga fila en un banco, en ambos casos: se asienta o se sonríe por amabilidad. —enfático—. Comprenda, no lo conozco. Le recuerdo, está invadiendo mi privacidad.
—¡Vaya! No esperaba que alargara la conversación. En una situación como esta tan del orinal, asunto tan íntimo. Estamos de acuerdo, usted se habría ido. Si habla conmigo es que le intriga esto.
—Acabo de decírselo, es mi primera vez. Tanta amabilidad es extraña, ¿no le parece?
El detective Amoedo de guayabera blanca y pantalón caqui, sacó el pañuelo y desinfectante y se limpió dedo a dedo. Miró el juego de bléiser y pantalón blanco, quedándose viendo el botón en la solapa, a lo que escribió en el chat a su compañera y esposa. Beatriz volvió a confirmárselo. El hombre empuñó las manos y lo miró a través del espejo.
—Déjeme decirle —expresó al tensionar la mandíbula y respiró hondo—, no soy un hombre de juegos y no pretendo hacerlo ahora. Y si esto es una seducción, se equivocó.
—Oh, no, no, no. —expresó al acercarse detrás de él—. Por ahora me interesa saber su nombre. Verá que es rápido como esto —señaló el orinal y volvió a el—. Tan rápido como un ladrón que parece mago y con manos de seda se lleva lo deseado, sin que nadie se dé cuenta.
El hombre siguió mirándolo, con una mano empuñada y la otra peinándose el cabello corto y el bigote. El detective Amoedo le ofreció el pañuelo y se lo rechazó, prefiriéndose limpiarse con las servilletas blancas. El hombre al ver que no hacía nada Amoedo, prosiguió en lo suyo. Beatriz escribía diciéndole que procediera con cautela y lo entretuviera, mientras acordonaba el área. El detective se aireaba con el pañuelo y escuchaba.
—Sabe, —dijo al rascarse la nariz por el olor y se quedó frente al espejo—, ahora que caigo en cuenta, ¿por qué dijo que no lo esperaba?, ¿A caso me conoce?
—Si fuera así, ¿no cree que sabría su nombre?, además en tiempos digitales se sabe mucho. Digamos que lo he visto de forma peculiar y me falta su nombre.
—¿Peculiar?, —volvió a empuñar las manos—. O sea que me ha visto en otro lugar.
—¡Qué!... Mmm… En los carteles de los más buscado como Vincenzo Peruggia —se río hasta llenar el espejo con su aliento con sabor a tabaco, como lo hizo al entrar y dejar el lugar lleno de un perfume intenso como de azufre—. Que ridiculez su postura de box ¿Cierto?, ¡vamos, hombre, esto es fácil!
—Mi buen señor, —dijo enojado, exhaló al bajar las manos y se apartó de él—. En primer lugar, no lo conozco; en segundo, no sé de qué va esto; en tercero, no sé qué pretende con saber mi nombre.
El detective Amoedo se guardó el pañuelo y el desinfectante en el pantalón, y caminó al quicio de la puerta. El hombre siguió lavándose las manos, por momentos las empuñaba y en otras vacilaba. Sin saber aun si preguntar quién era, el interés por el nombre. Pensó quitarse o no el bléiser por el calor, sintiendo que lo había hecho varias veces y no recordó cuándo. Vio en el hombre un meneo de la cabeza, un abrir y cerrar de boca, a lo que ofreció confianza.
—Ah, ¿dónde están mis modales? Soy el detective Amoedo y de pasatiempo colecciono nombres como almas. Digamos como Bonifacio, Ricaurte y el mejor Sigifredo ¿No le parece considerables nombres?
—¿En serio? —preguntó mientras lo miraba por el rabillo del ojo—. Creo que se equivocó de persona, mi buen señor.
—Verá, digamos que mi esposa es una amante de la intuición. Ella lo miró, mientras íbamos con el guía que nos mostró los libros incunables. Luego me señaló que lo siguiera. Si ella dice que es usted, pues lo será en su totalidad. ¿Comprende?
—Mi buen señor, está pretendiendo algo que no soy. Soy un curador de arte y quizá mi cara la ha visto en los museos.
—Sí, también en la exhibición de los mejores ladrones. Algún día se hará un museo así para ustedes.
—Esto terminará mal, uno de los dos caerá ¿Comprende, también?
—Del baño jamás saldrá ni de la biblioteca de los incunables —se puso firme, categórico estando en el quicio de la puerta del baño—. Aquí hay un anillo de seguridad. Además, la detective tiene pruebas y una orden de aprehensión. Para ser usted tan genial como la banda que le nombré, señores de alta alcurnia que llevan el mismo botón y roban por divertimento. Entonces, extraño que haya cometido un error ahora.
—No. Si he de cometer un error, será calculado. Además, tengo las manos limpias.
—Eso es de seguro, se lavó varias veces las manos con bastante jabón. Vamos, dígame su nombre ¿O elijo?... Mmm… —proyectó la voz y lo hizo retroceder—. Digamos Cancerbero, Mefistófeles, Dante y el mejor Diosdado. Interesantes alias. Nada que ver con el botón que lleva un pez blanco. La sociedad de los samaritanos, ¡vaya ironía!
—Usted es el Diablo de la conciencia y no me tentará —lo imitó en la expresión— se lo juro por esta cruz —la marcó en el vaho del espejo.
—No, aun así, no saldrá de este círculo que le hemos puesto.
Se miraron de cerca y se apartaron. Cada uno se frotó la nariz y hubo postura de boxeo. Las luces se apagaron y volvieron a titilar hasta ser intenso.
—Hoy me tendrá. Mañana sabré que tan corrupto es usted, mi buen señor. Entonces, caerá en uno de los círculos.
—Estamos en la ciudad más calurosa y nos rodea el desierto ¿A dónde saldremos? Esto es un Sísifo. Digamos que forcejeamos y usted huye. Si acaso nos batimos a bala y cae al lado de la biblia de Gutenberg, robada. Como no pudo tenerla se culpa y lo representa con sus manos lavadas con insistencia. Usted es un libro leído por sí mismo y en alguna página me dará su nombre.
—¿Muerto? —preguntó al rascarse la nariz por el olor amarillento de las axilas—... Mmm… Será de risa.
D´ValenciaTo
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Autor:
D. Valencia (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 23 de agosto de 2026 a las 16:13
- Comentario del autor sobre el poema: Este es uno de los cuentos publicados en el Mundial de escritura de este año. La consigna para aquel día era la de un lugar inusual para una historia. Cada año se hace el mundial de escritura y es para quienes amamos escribir y leer.
- Categoría: Cuento
- Lecturas: 9
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais

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