El rostro que te elogia.
En la habitación había un gato brillando
sentado sobre una pirámide de hielo.
Me llamó por mi nombre
con una voz idéntica a la mía.
Miraba las cicatrices en mis venas
y comenzó a elogiar mis heridas.
Dijo que eran hermosas.
Durante un instante: silencio.
Sus dientes estaban hechos de espejos.
Cada palabra que pronunciaba le arrancaba un rostro.
Primero apareció un faraón,
después un gorila cubierto de polvo,
luego una hidra con los ojos cosidos
por un telar de acero.
Todos me sonreían,
como si conocieran mis virtudes.
¿Qué estaban viendo en mí?
Ninguno tenía lengua.
Bajo la mesa
crecía una estalactita negra
alimentada por sus alabanzas.
La toqué.
Estaba tibia.
Desde el asfalto subieron
aguas negras con forma de manos
y comenzaron a escribir mi nombre
sobre una reja eléctrica.
El letrero con grandes letras decía:
AQUÍ SE ADORA A QUIEN TODAVÍA CONSERVA UN ROSTRO.
Quise marcharme.
La puerta se convirtió en una esfera.
Se abrió…
Dentro había un hipopótamo moro,
sentado sobre un peñasco,
masticando unas estrellas.
Me miró con un temple imposible
y dijo:
—Eres extraordinario.
Entonces vomitó algo negro.
Supe demasiado tarde:
aquella criatura no me admiraba.
Se alimentaba de mi imagen.
Cada elogio le daba carne.
Toda aprobación le entregaba una huella.
Cualquier sonrisa fabricaba otra boca.
Al fondo, un huracán levantó las pirámides
y las arrojó contra el falso cielo.
Una estaca atravesó la noche.
Un alacrán trepó por ella llevando mi rostro entre las pinzas.
Por fin vi el horror:
el monstruo no había venido a halagarme…
Había venido a aprender
qué aspecto debía usar
para que yo jamás descubriera
que debajo de todos ellos no había nadie.
Escuché tres golpes
desde el interior de la pared.
No respondí…
Volvieron a golpear.
Esta vez desde el suelo.
Después desde el techo.
Después desde mi pecho.
Una hilera de uñas comenzó a emerger
entre mis costillas,
lentamente,
como raíces buscando una tumba.
No sentí dolor.
Sentí vergüenza.
Alguien estaba utilizando mi cuerpo
para aprender a ser humano.
Corrí hacia la ventana.
Al otro lado no había calle.
Se erigía un quirófano inmenso
donde cientos de figuras sin párpados
observaban mi vida escrita sobre mesas metálicas.
Una enfermera levantó una bandeja.
Sobre ella descansaba mi infancia todavía intacta.
Otro ser anotaba mis recuerdos con una pluma fabricada de hueso.
No hablaban…
Esperaban.
A lo lejos sonó un timbre
en algún lugar debajo de la tierra.
Las figuras se pusieron de pie.
Todas comenzaron a pronunciar
las mismas palabras:
—Estamos orgullosos de ti.
La frase atravesó los muros.
Las ventanas.
La carne.
Y algo dentro de mí respondió.
No fui yo.
Mi boca se abrió
sin que pudiera detenerla.
Sonreí.
Por primera vez comprendí
por qué nunca encontraba
un rostro propio en aquella criatura.
No necesitaba uno.
Había estado fabricándolo
con la apariencia de los demás.
Ahora había terminado el mío.
Me miré las manos.
Ya no eran mias.
Tenían uñas largas,
palmas húmedas
y una pequeña boca
oculta en cada dedo.
La primera comenzó a hablar.
—Mereces admiración.
La segunda:
—Eres único.
La tercera:
—Eres perfecto.
Quise arrancármelas.
Pero las manos aplaudieron.
Detrás de mí algo enorme comenzó a respirar.
No me volví.
Porque presentí que,
si miraba,
descubriría que aquella cosa grotesca
usaba mi cara.
Y que llevaba mucho tiempo
esperando que yo terminara
de convertirme en ella.
xElthan.
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Autor:
Elthan (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 19 de agosto de 2026 a las 01:28
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 24
- Usuarios favoritos de este poema: Tommy Duque, Mª Pilar Luna Calvo, alicia perez hernandez, Llaneza, Mauro Enrique Lopez Z., Daniel Omar Cignacco, Éusoj Nidlaj, Sheilo Sanz, El desalmado, Pedro Novoa Pavon Novoa, El Hombre de la Rosa, Emilia🦋, LuJITar, José López Moreno.

Offline)
Comentarios1
Preciado y bello tu genial versar estimado poeta y amigo Elthan
Saludos españoles de Críspulo
El Hombre de la Rosa
Es grato y agradezco te tomes el tiempo para asimilar mi escrito El Hombre de la Rosa.
Saludos a ti.
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