La geometría del juicio.
Trompetas violetas amanecieron
clavadas en los campanarios,
vomitando mariposas de metal
sobre una ciudad cubierta de neblina.
Los sauces crecían hacia el subsuelo,
con sus raíces en crisálida verde,
mientras un vigilante con rostro de porcelana
arrancaba los ojos a los durmientes,
luego contaba las hojas caídas
y las devolvía una por una,
al lugar exacto donde debían morir.
La mañana tenía sabor a sal.
Sobre las cúpulas
dígitos luminosos atravesaban las nubes con sus bombas
como insectos recién nacidos,
buscando una cifra para cada pájaro,
una dirección para cada viento,
un nombre para cada forma de respirar.
Entonces las flores cerraron sus párpados.
Una rosa sin espinas fue acusada de exceso de rojo.
Un lirio abandonó el jardín para ir a copular
y durante siete noches caminó sobre sus propios pétalos.
Los relojes comenzaron a perder minutos por las ventanas,
y cada minuto llevaba un pequeño comodín cosido a la espalda.
¡Qué extraño reino aquel donde hasta las horas debían justificar su conducta!
Desde el foso subía una música líquida.
Rugir de raíces y el crujido de huesos.
Campanas bajo el agua.
El mármol transpirando.
Una meretriz coronada de abalorios exhibía los pechos
bailando sobre las agujas de un reloj,
mientras un cortesano sin párpados
bebía neblina de una copa negra.
A su alrededor,
la moral tenía alas de murciélago
y escribía con cincel sobre las paredes
figuras que inmediatamente
se deshacían.
Desaliñar.
Desfigurar.
Volver a tallar.
La piedra jamás alcanzaba
la forma que buscaban sus manos.
Por las avenidas avanzaba la podredumbre
montada sobre caballos de cromo transparentes.
Cada casco dejaba un número.
El siguiente número abría una puerta.
La puerta conducía a una habitación idéntica a la anterior,
salvo por una pequeña diferencia:
en una faltaba el techo,
en otra sobraba el cielo,
en la siguiente las paredes crecían
como órganos enfermos.
La claustrofobia comenzó a florecer
en los jardines.
Los pétalos eran corredores.
Sus tallos, escaleras.
Las raíces descendían hasta un salón
donde miles de máscaras
discutían con las bocas cerradas.
Una de ellas lloraba mercurio.
Otra tenía dientes de porcelana.
La última llevaba sobre la frente
un diminuto mapa del universo
y señalaba con solemnidad
una estrella equivocada.
Alucina la noche.
Despierta el mármol.
Vibran las venas de los árboles
cuando una corriente azul
atraviesa la tierra
y hace germinar campanas.
Las campanas abren flores.
Las flores engendran ojos.
Los ojos contemplan el cielo.
El cielo, avergonzado de sí mismo,
se vuelve negro.
Y desde las nubes desciende un impostor
con mil manos de humo,
cada una sosteniendo un pequeño juicio
contra aquello que se atreve
a tener otra forma.
Entonces el viento pierde sus caminos.
Los peces abandonan el océano
para nadar entre las constelaciones.
Las montañas cambian de lugar
mientras duermen.
Un río aprende a subir hacia las estrellas.
Los pájaros olvidan sus alas
y comienzan a caminar
por las paredes de la lluvia.
¿Quién ha decidido que el cielo debe permanecer arriba?
La pregunta atraviesa las torres.
Las torres sangran sal.
La sal se convierte en nieve.
La nieve en ceniza.
La ceniza en abalorios.
Estos abalorios, uno por uno,
caen dentro de la boca de un foso
que acaba de descubrir
que también puede tener hambre.
Escarnio mudo
sobre los vitrales.
Arpegio de náuseas
en los jardines mutilados.
Vergüenza ajena
en las manos que cincelan
la misma figura durante siglos
sin advertir que la piedra
ya está soñando otra cosa.
Entonces comienza el incendio.
No arde el bosque.
Se incinera su forma.
No arden los árboles.
Arde la medida que los mantenía erguidos.
El humo asciende en espirales verdes,
entra en los relojes,
despierta a los dígitos,
les arranca sus pequeñas vestiduras
y los deja correr desnudos
por los corredores del cielo.
Las trompetas callan.
El cortesano pierde su corona.
La meretriz abandona sus abalorios.
El vigilante contempla sus manos
y encuentra en ellas
raíces de sauce.
Ya no recuerda
que debía custodiar.
El foso se abre.
De su interior emerge una corriente
sin rostro, sin destino, sin nombre.
Atraviesa las plazas.
Desordena las piedras.
Arrastra los números.
Destruye las puertas.
Allí donde sus aguas pasan,
la hierba crece torcida,
los árboles inclinan sus ramas
hacia direcciones imposibles,
las flores nacen con colores
que jamás fueron autorizados por la mañana.
El cielo se agrieta.
Una lluvia de sal
cae sobre las ruinas.
Entre los restos,
verde,
verde,
verde,
una pequeña flor carmesí y azul abre sus pétalos
hacia todos los puntos del universo…
Sin escoger ninguno.
xElthan.
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Autor:
Elthan (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 17 de agosto de 2026 a las 02:04
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2

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