La claridad de tu sueño
Te amo
como la última flor de una rama
que todavía resiste
al sol de mi existencia otoñal.
Me lleno del crepúsculo
y te respiro
en la niebla del tiempo,
allí donde las horas dejan de pasar
y comienzan a permanecer.
Camino contigo
entre la humedad de las hojas,
bajo el fuego lento del follaje,
siguiendo la caligrafía de la uva,
esa escritura de la tierra
que madura en silencio.
Entro por tu risa
y me desgrano en tu alegría.
Entonces comprendo
que amarte es perderme
en aquello que de ti se abre:
la boca,
el cabello,
las pestañas,
los pequeños lugares
donde tu presencia se demora
antes de hacerse palabra.
Me lleno de ti
y escribo tus secretos
como quien escribe sobre la tierra
sin querer poseerla.
Mi amor habita
un territorio de sombras de coral.
Allí caigo,
lentamente,
en la marea de tus manos.
Te contemplo
como quien aprende a escuchar
una fragancia.
Deletreo el silencio reunido
en la curva de tu cuerpo,
en la tibieza de tu pecho,
y algo en mí recuerda
que la cercanía también puede ser
una forma de estar en el mundo.
De pronto,
la ola nace de tu beso
como un manantial de rosas.
Y tu nombre,
nube suspendida sobre mi memoria,
se abre en el cielo.
Entonces junio nos encuentra
bajo una claridad que no sabemos nombrar.
El árbol nace allí
donde la tierra araña el destino,
donde la raíz todavía busca
su lugar en lo oscuro.
También nosotros nacemos allí:
en esa tierra secreta
donde el amor no pregunta
hacia dónde va,
sino dónde puede permanecer.
Una gota de agua
queda en la memoria.
Una caricia
en el corazón nocturno.
Y a mi lado duermes.
Mientras duermes,
me tiño de tus manos,
me vuelvo gota deslumbrante
de tu corazón latiente,
gota profunda
que cae hacia dentro
y, al caer,
encuentra su lugar.
Te busco después
en la mitad de mis sueños.
Siempre estás allí.
Con tus manos,
con tu boca,
con ese silencio que precede a la caricia.
Me acerco a ti
y despierto.
Pero no desapareces.
Caes dentro de mi alma
como la lluvia sobre la tierra abierta.
Y estás entera en mí:
tu viento,
tu cabellera,
la respiración de tu cuerpo,
la luz que permanece
cuando el día todavía no comienza.
Toda tú
en las horas desmañanadas,
cuando el mundo aún no sabe su nombre
y yo,
antes de volver a la vigilia,
te encuentro habitando
el lugar más íntimo de mi existencia.
-
Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Online) - Publicado: 16 de agosto de 2026 a las 12:16
- Categoría: Amor
- Lecturas: 2
- En colecciones: Poemas de amor.

Online)
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