"Hay quiebres que desarman el espíritu. Pero, la vida tiene un cajón repleto de secretos ."
La lluvia ametrallaba a Henry. Pero esto estaba lejos de importarle. Todo el mundo corría buscando refugio, mas él, iba por aquella vereda como si fuera una tarde de sol.
Su rostro parecía el de un soldado rumbo a las trincheras. Duro, inexpresivo, rígido, inmutable...
Y en su mente, una imagen. Abril. La mujer que amaba, pero... también, la mujer que decidió dejarle.
No podía superarlo. Se había llevado su mundo. Aquel que habían construido mano a mano, por largo tiempo.
Todo, por un tipo que no olvidó unos golpes. Este, en su afán de venganza, benefició económicamente muy bien a una amiga para que le abrazara. Él, se encargaría de la captura fotográfica. Qué más concluyente que un apasionado abrazo en horas de la noche.
La imagen de Abril tirándole la fotografía al cuerpo, y marchándose sin esperar nada, estaba viva.
El hombre de la lluvia salía desde entonces a las calles con la esperanza de encontrarla. Preguntaba aquí, allá, pero nadie le había visto. Ni siquiera sus más cercanos amigos.
Cuánta felicidad le fue arrancada. La herida dolía cada vez más. Sentía las fauces de la locura respirando en su rostro.
—¡HENRY!
La voz sonó a su espalda. Sintió el impacto de un rayo, paralizándole hasta el alma. Pensó en una cruel jugada de la imaginación, pero una sobrehumana razón le hizo voltear.
Era Abril. Estaba ahí. Su cabello y sus ropas ya no podían absorber más del celestial elemento, y su rostro compungido sólo necesitaba el más leve soplo para romper en llanto.
—¡LO SUPE TODO! — logró decir.
Henry escuchó muy bien, pero no movió un músculo. Su corazón estaba en la delgada línea que separa la inconmensurable felicidad, de la poderosa tristeza. Sólo esperaba aquello que le hiciera entender que todo estaba bien, que Abril era real.
Ella acortó la distancia. Lo suficiente para identificar mutuamente en los ojos, el ruego de amor.
Los brazos del hombre se abrieron, ambos avanzaron hasta eliminar todo espacio. Tal, era la fuerza del abrazo, que no habría permitido intromisión alguna.
Volvía el mundo, la vida, las fuerzas...
Bajo aquella descomunal lluvia, volvía toda la riqueza de la que habían sido dueños. La felicidad. La inefable felicidad.
Iván
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Autor:
Iván (
Offline) - Publicado: 16 de agosto de 2026 a las 01:15
- Categoría: Sin clasificar
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