Hay una habitación
que todos llevamos dentro.
Nadie conoce su dirección.
No aparece en los planos
de ninguna casa.
No tiene ventanas hacia afuera,
pero conserva una luz
que no sabemos de dónde viene.
Allí guardamos
lo que no pudimos decir.
Una despedida
que llegó demasiado pronto.
Un nombre
que todavía pronunciamos
sin mover los labios.
La risa de alguien
que el tiempo quiso borrar
y no pudo.
Una fotografía
que ya no existe,
pero que permanece intacta
en algún rincón de la memoria.
Entramos allí
cuando la noche se vuelve demasiado grande.
Y cerramos la puerta.
No porque queramos escondernos,
sino porque hay dolores
que solamente saben hablar
cuando nadie los escucha.
En esa habitación
también guardamos
nuestros errores:
las oportunidades que perdimos,
las palabras que dijimos
cuando debimos callar,
las palabras que callamos
cuando alguien necesitaba oírlas,
el abrazo que dejamos para mañana,
el perdón que tardamos demasiado
en ofrecer.
Hay cosas que el tiempo
no consigue reparar.
Solo aprende a cubrirlas
con una capa más fina de silencio.
Y, sin embargo,
en medio de todo aquello
hay algo que me sorprende:
la habitación no está vacía.
Nunca lo estuvo.
Porque cada vez que entramos
esperando encontrarnos
solamente con nuestras heridas,
descubrimos también
las pequeñas luces
que alguien dejó allí.
La voz de una madre:
«No tengas miedo».
La mano de un padre
sobre nuestra cabeza.
La mirada de un amigo
que creyó en nosotros
cuando nosotros mismos
habíamos dejado de hacerlo.
Una palabra pronunciada
en el momento exacto.
Una oración
que alguien hizo por nosotros
sin que jamás llegáramos a saberlo.
Y entonces comprendemos
que quizá no somos
solamente aquello que recordamos.
También somos
aquello que otros sembraron
en nosotros.
Por eso hay personas
que continúan acompañándonos
mucho después de haberse ido.
No porque permanezcan
en fotografías,
sino porque habitan
en nuestra manera de mirar,
en la paciencia que aprendimos,
en la ternura que heredamos,
en la forma en que sostenemos
a quien ahora necesita
lo que un día nosotros recibimos.
Quizá el amor
sea una de las pocas cosas
que puede atravesar una ausencia
sin romperse.
Alguien se marcha,
y el amor
se queda buscando
otra forma de existir.
Se convierte en recuerdo.
Después, en gratitud.
Después, en silencio.
Después, en una manera
de vivir.
Y así,
sin darnos cuenta,
aquello que creíamos perdido
comienza a caminar nuevamente
a través de nosotros.
Por eso,
no tengas miedo
de entrar en esa habitación.
Abre la puerta.
Mira lo que guardaste.
No todo lo que duele
vino para destruirte.
Algunas heridas
son puertas que todavía
no hemos aprendido a abrir.
Algunas lágrimas
son cartas que el alma
no supo enviar.
Algunos silencios
son oraciones
que todavía no encontraron palabras.
Y quizá,
cuando te sientas completamente solo,
cuando creas
que nadie conoce
la historia secreta de tu corazón,
cuando pienses
que todo aquello que viviste
ha quedado enterrado
en una habitación
a la que nadie puede entrar,
descubras algo
que cambiará para siempre
la manera de mirar tu vida:
nunca estuviste solo.
Había una presencia
que no necesitaba ser vista
para permanecer.
Una mirada
que no juzgaba tus ruinas.
Una memoria
que no había perdido ninguno
de tus días.
Alguien había estado allí
cuando lloraste
sin testigos,
cuando perdonaste
sin reconocimiento,
cuando elegiste el bien
aunque nadie lo supiera.
Alguien había visto
lo que tú creías invisible.
Y quizá por eso
esa habitación
nunca estuvo vacía.
Solo estaba esperando
que algún día
aprendiéramos a reconocer
la luz.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
-
Autor:
Rosa Maria Reeder (
Offline) - Publicado: 13 de agosto de 2026 a las 20:28
- Comentario del autor sobre el poema: 5/7 Poemas de mi Obra Maestra EL LUGAR DONDE DIOS GUARDA LO QUE NADIE VE
- Categoría: Espiritual
- Lecturas: 1

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