Fuego y Raíz

jtaltuve

 

I. El Origen Mis manos conocen el peso desnudo del barro y la siembra, la tierra sedienta que aguarda el milagro de un nuevo fulgor. Fui polvo en el viento que el tiempo implacable y tenaz desmiembra, un surco en la sombra buscando el abrazo del sol redentor. Jamás corto el lazo que me ancla profundo a mi vieja semilla, pues el árbol más alto es aquel que ante su origen se humilla.

 

II. La Fragilidad y el Fuego La vida no fue una llanura, fue campo de fuego y trinchera, fui llama que arde en la noche sirviendo de escudo y bastión. Crucé los umbrales del fuego, domando la furia más fiera, entregando el aliento en la ruina por pura y leal vocación. El yunque del mundo golpeó hasta quebrar mi antigua armadura, dejando al desnudo un acero forjado en la noche más dura.

 

III. La Paradoja de la Fuerza He aquí la gran paradoja que inscribe el dolor en el pecho: que el hombre más fuerte se funde en la fragua de su propio llanto. Que a veces la espada más noble es aquella que guarda el derecho, de sanar a los rotos y alzar al caído cubriéndolo en manto. Para ser inmortal es preciso sangrar el orgullo primero, y saber que la paz exige más valor que el propio guerrero.

 

IV. El Rigor y el Ascenso Subí la pendiente escarpada sangrando en cada peldaño, haciendo del cuerpo y la mente un templo de estricto rigor. El miedo no fue mi condena, ni el tiempo fue un vil desengaño, fueron los cinceles divinos tallando un espíritu mayor. Crecí de la nada, negando el cansancio, venciendo al abismo, pues la cumbre del hombre es poder conquistarse al fin a sí mismo.

 

V. El Propósito y la Enseñanza Hoy miro el destino con ojos de aquel que ha cruzado el averno, conozco la ruta, la brújula dicta la luz del deber. Mi meta no es un pedestal, ni un falso destello moderno, es ser faro firme de un alma inocente que empieza a crecer. De nada me sirve el ascenso si al fin no me vuelvo camino, si no siembro en otros la fuerza que un día torció mi destino.

 

VI. La Redención Lloré en el silencio hasta ahogar el temor y el cruel egoísmo, y de esa agua amarga brotaron las flores de mi redención. No soy un trofeo de mármol, soy carne que vuelve del sismo, soy barro, soy fuego sagrado, soy padre de mi evolución. Y si estas palabras te tocan el alma, no temas cruzar:

JTA.

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  • Autor: jtaltuve (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 12 de agosto de 2026 a las 13:17
  • Comentario del autor sobre el poema: Les plasmo estas letras, de hermano a hermano, de alma a alma, porque este poema no nació de la comodidad ni de la imaginación vacía: nació de la vida real. Cuando comencé a trazar los primeros versos de lo que originalmente titulé La forja del acero, buscaba plasmar la fuerza bruta, la disciplina de resistir y la capacidad de soportar los golpes del destino. Sin embargo, conforme la tinta avanzaba, me di cuenta de que el acero, por muy brillante e inquebrantable que parezca, es solo el resultado final. Lo que verdaderamente le da sentido a la existencia de un hombre son los dos elementos que lo sostienen antes y después de la batalla: el fuego que lo moldea y la raíz que lo mantiene firme. Por eso decidí llamarlo Fuego y Raíz. Mi inspiración fue la vida misma vivida con rigor. Me inspiró el recuerdo imborrable de haber empezado desde cero, con las manos hundidas en la tierra, sin más escudo que la humanidad ni más brújula que la fe. Me inspiraron las noches largas donde el dolor y el cansancio parecían ganar la partida, y la certeza de que el sufrimiento no es un verdugo, sino el maestro más severo que esculpe nuestro carácter. Me inspiró comprender que no se puede enseñar lo que no se ha sufrido, que no se puede ser luz para otros si uno no ha aprendido primero a cruzar la oscuridad con valentía, y que la verdadera grandeza jamás consiste en aplastar a nadie, sino en usar la fuerza para proteger, guiar y servir. No quiero que admiren mis palabras; quiero que se reconozcan en ellas. Quiero que, cuando sientan que las fuerzas se les agotan y que el camino se vuelve una pendiente escarpada, lean estos versos y sientan un fuego en el pecho que les recuerde de qué están hechos. Quiero provocarles un nudo en la garganta al recordar sus propias batallas, pero inmediatamente después, una certeza inamovible en el espíritu. Quiero que entiendan que sus cicatrices no son motivos de vergüenza, sino galones de honor; que jamás deben olvidar de dónde vienen, porque la raíz es lo que evita que la tormenta nos derribe; y que, sin importar cuán profundo haya sido el abismo, siempre es posible resurgir, evolucionar y conquistar la cima por pura disciplina y convicción. Si al terminar la última línea uno solo de ustedes seca sus lágrimas, se pone de pie, abraza su origen y decide no rendirse jamás... entonces este poema habrá cumplido su propósito. Porque quien comprende su raíz y domina su fuego, jamás vuelve a ser el mismo. JTA.
  • Categoría: Sin clasificar
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