Te conocí una tarde cualquiera, de esas en las que habría escrito sobre la prisa de la gente, el café que se enfría en la mesa o la quietud que uno encuentra si sabe buscarla
Estabas ahí, desafiando el gris de la rutina, y de pronto el azar se convirtió en una cita exacta. No hacían falta grandes escenarios ni decorados de fiesta; entendí de inmediato que la felicidad es un asunto de minorías, una complicidad que se construye de a dos.
Estábamos sentados a la vera del camino, con el viento suave dándonos en la cara y el silencio enorme de la montaña abrazándolo todo. Ahí, frente a la inmensidad verde, el azar se convirtió en una cita exacta, mientras se contempla el horizonte
Nos descubrimos como dos de la misma pena o del mismo andén, compartiendo ese refugio invisible que solo los náufragos de la rutina logran divisar.
Fuimos dos que alcancen el tope de la subasta, no por vender el alma al mejor postor, sino por apostarlo todo a la misma mirada, a la misma recuperación.
Desde ese día, somos dos que bailan sin casa en el mismo tren, girando al ritmo de un vagón en movimiento, sabiendo que el verdadero hogar no tiene paredes, sino abrazos.
Es la certeza de saberse dos que resulten ser de la misma casta, la de los que insisten en la ternura a pesar de los naufragios
A veces el mundo es un ruido ensordecedor, pero nos basta con ser dos que entre tantos ecos se digan ¿quién?, reconociendo la voz propia en medio del tumulto.
Nos acomodamos en los días, como dos que se parecen en la canasta de las cosas simples, de los panes compartidos y los secretos guardados.
Llevamos el peso del tiempo como dos que tienen el alma como de cien, con la fuerza acumulada de un siglo entero para defender este rincón.
Al final, cuando la noche aprieta y la ciudad se apaga nos queda la verdad más limpia, esa que no necesita discursos ni teoremas.
Saber que con dos que se amen, basta.
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Autor:
Jose Barrientos (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 12 de agosto de 2026 a las 10:39
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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