El tiempo
parece tener manos de gigante.
Toca una casa
y la vuelve ruina.
Toca un rostro
y le dibuja caminos
que antes no estaban.
Toca una fotografía
y lentamente
le roba la nitidez de los ojos.
Toca una voz
y la convierte en recuerdo.
Nada parece resistirse.
Las ciudades cambian de nombre.
Los árboles que conocieron nuestra infancia
un día ya no están.
Las puertas que alguna vez abrimos
terminan cerrándose.
Y nosotros,
que durante tantos años
creímos poseer el tiempo,
descubrimos demasiado tarde
que apenas éramos huéspedes
de una habitación
que nunca fue nuestra.
Pero hay algo extraño.
El tiempo puede borrar
la forma de una mano,
pero no siempre consigue borrar
lo que esa mano hizo.
Puede llevarse una voz,
pero no necesariamente
lo que esa voz despertó.
Puede cerrar una casa,
pero no aquello que allí aprendimos
sobre el amor.
Puede llevarse a una persona,
pero no siempre consigue
llevarse su presencia.
Porque hay ausencias
que siguen iluminando.
Hay quienes ya no caminan
por nuestros caminos
y, sin embargo,
aparecen en cada decisión
que tomamos con el corazón.
Quizá amar sea eso:
permitir que alguien
continúe viviendo
en nosotros
cuando ya no puede hacerlo
en el mundo.
Por eso algunas despedidas
no son finales.
Son semillas.
El tiempo las cubre,
las entierra,
las hace parecer olvidadas,
pero un día,
sin que sepamos por qué,
algo florece dentro de nosotros
y comprendemos
que aquella persona
todavía estaba allí.
Esperando.
El tiempo puede destruir
una carta,
pero no la verdad
que alguien escribió en ella.
Puede borrar
una inscripción de piedra,
pero no el bien
que dejó una vida.
Puede convertir
una casa en polvo,
pero no el abrazo
que alguna vez ocurrió
entre sus paredes.
Tal vez el tiempo
no sea un ladrón
tan poderoso como creemos.
Tal vez solamente
cambie las cosas de lugar.
Nos quita lo visible
para obligarnos a descubrir
lo invisible.
Nos arranca las flores
y nos deja el perfume.
Nos quita los rostros
y nos deja las enseñanzas.
Nos quita los años
y nos deja aquello
que verdaderamente hicimos
con ellos.
Por eso,
cuando llegue mi último día,
no quisiera que alguien dijera:
«Vivió muchos años».
Preferiría que pudiera decir:
«Dejó algo encendido».
Porque una vida
no se mide por su duración,
sino por la oscuridad
que consiguió vencer.
Quizá todos pasamos
por este mundo
dejando pequeñas señales
que no sabemos leer:
una sonrisa,
un perdón,
una puerta abierta,
una mano,
una palabra,
un silencio oportuno,
una oración.
Y seguimos caminando,
sin sospechar
que esas pequeñas cosas
pueden sobrevivirnos.
Tal vez la eternidad
no comience después de la muerte.
Tal vez empiece mucho antes,
cada vez que hacemos algo
que el tiempo
no puede deshacer.
Cada vez que amamos
sin pedir recompensa.
Cada vez que perdonamos
sin ser comprendidos.
Cada vez que hacemos el bien
cuando nadie está mirando.
Porque entonces ocurre
algo que el tiempo no comprende:
una pequeña parte de nosotros
abandona el reloj
y comienza a vivir
en otro corazón.
Y si eso es cierto,
entonces quizá
no tengamos que temer tanto
al paso de los años.
Quizá el tiempo
pueda llevarse nuestro rostro,
nuestra voz,
nuestras manos,
nuestro nombre.
Pero hay algo
que no podrá llevarse jamás:
aquello que,
sin saberlo,
entregamos al amor.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
-
Autor:
Rosa Maria Reeder (
Offline) - Publicado: 11 de agosto de 2026 a las 23:58
- Comentario del autor sobre el poema: 4/7 poemas de mi Obra Maestra EL LUGAR DONDE DIOS GUARDA LO QUE NADIE VE
- Categoría: Espiritual
- Lecturas: 1

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