Cali amaneció como cualquier otro lunes.
El calor comenzó a abrazar la ciudad desde muy temprano.
El sol se asomaba sobre los techos, las calles empezaban a llenarse y, poco a poco, la vida retomaba su acostumbrado movimiento.
Las familias despertaban.
Algunos preparaban el café, otros alistaban a sus hijos para estudiar, mientras miles de personas se vestían para comenzar una nueva jornada de trabajo.
Era un lunes cualquiera.
O eso creíamos.
Porque nadie sabía que aquella mañana la vida nos tenía preparado uno de esos instantes que dividen la existencia en un antes y un después.
Eran aproximadamente las 7:30 de la mañana cuando la tierra comenzó a estremecerse.
Primero fue un movimiento extraño.
Después, un rugido.
Y finalmente, el mundo entero pareció perder su equilibrio.
La tierra se movía debajo de nuestros pies como un océano embravecido.
Las calles parecían convertirse en olas.
Las casas se balanceaban de un lado a otro.
Los edificios crujían como si fueran gigantes cansados a punto de caer.
Y entonces llegó el miedo.
Ese miedo que no pide permiso.
Ese miedo que entra por los ojos, se mete en el pecho y hace que el corazón golpee con fuerza contra las costillas.
Los gritos rompieron la mañana.
Los llantos llenaron las calles.
Las puertas se abrieron de golpe y las personas comenzaron a salir de sus casas en pijamas, en ropa interior, descalzas, sin importarles cómo estaban vestidos.
Porque cuando la vida tiembla…
la dignidad, las apariencias y las cosas materiales dejan de importar.
En ese instante todos éramos iguales.
Todos éramos solamente seres humanos intentando aferrarnos a la vida.
Algunos corrían buscando a sus hijos.
Otros llamaban desesperadamente a sus padres.
Algunos buscaban a sus hermanos.
Y muchos, con las manos juntas y las lágrimas recorriendo sus rostros, solamente podían mirar al cielo y decir:
“Dios mío, protégenos.”
Las oraciones se mezclaban con los gritos.
Los ruegos se confundían con el sonido de la tierra.
Y por un momento sentí que Cali entera estaba de rodillas frente a una fuerza que nadie podía detener.
Miré a los ancianos.
Y en sus rostros pude ver algo que jamás olvidaré.
El miedo.
La incertidumbre.
La desesperanza.
Algunos apenas podían caminar mientras el suelo parecía empeñarse en quitarles el poco equilibrio que les quedaba.
Y entonces comprendí que hay momentos en la vida en los que el ser humano descubre lo frágil que realmente es.
Después vinieron los estruendos.
Los edificios comenzaron a derrumbarse.
El polvo cubrió el aire.
Los escombros sepultaron historias, recuerdos, hogares enteros.
Había personas heridas.
Vecinos atrapados.
Familias buscando desesperadamente entre los restos de lo que alguna vez había sido su hogar.
Y nosotros estábamos allí…
Con miedo.
Con lágrimas.
Con el corazón paralizado.
Queríamos ayudar, pero no sabíamos cómo.
Queríamos correr hacia quienes nos necesitaban, pero nuestras piernas parecían no responder.
Porque frente a semejante tragedia, hasta el más valiente puede sentirse pequeño.
Por unos instantes sentimos que el mundo se estaba acabando.
Que el cielo se había quedado sin palabras.
Que aquella mañana podía ser la última.
Hasta que, poco a poco, la tierra comenzó a guardar silencio.
Y después del rugido llegó algo todavía más estremecedor:
el silencio.
Ese silencio que deja el miedo cuando todavía no sabemos quién está vivo.
Entonces comenzaron las preguntas.
—¿Dónde está mi mamá?
—¿Alguien ha visto a mi hijo?
—¿Mi hermano está bien?
—¿Alguien sabe algo de mi familia?
Y en medio de aquel caos, entre lágrimas, polvo, escombros y miedo, llegó la noticia que más necesitábamos escuchar:
estaban vivos.
Mi familia estaba bien.
Mis amigos estaban bien.
Y en ese instante entendí que, aunque habíamos perdido cosas materiales, habíamos conservado aquello que ninguna tragedia debería arrebatarnos:
la vida de quienes amamos.
Porque una casa puede volver a levantarse.
Un edificio puede reconstruirse.
Un objeto puede reemplazarse.
El dinero puede recuperarse.
Pero una vida…
una vida jamás vuelve.
Por eso hoy, cuando recuerdo aquel lunes, no solamente recuerdo el miedo.
Recuerdo también la fragilidad.
Recuerdo las manos temblando.
Las lágrimas.
Las oraciones.
Los abrazos.
Recuerdo a una ciudad entera descubriendo, durante unos minutos, que detrás de nuestras diferencias todos somos iguales cuando la tierra decide rugir.
Aquel día Cali tembló.
Pero también nos recordó algo que muchas veces olvidamos mientras corremos detrás de las preocupaciones de la vida:
que despertar ya es un milagro.
Que poder abrazar a nuestros padres es un privilegio.
Que escuchar la voz de nuestros hijos es una bendición.
Que tener un amigo al cual llamar es una fortuna.
Y que regresar a casa y encontrar a quienes amamos con vida…
es una riqueza que ningún terremoto puede destruir.
Aquel lunes la tierra nos sacudió hasta el alma.
Pero entre las ruinas también nos dejó una enseñanza:
no esperemos a que la tierra tiemble para abrazar a quienes amamos.
Porque quizás mañana no tiemble la tierra.
Quizás tiemble la vida.
Y cuando eso ocurra, lo único que verdaderamente importará será saber que amamos mientras tuvimos tiempo para hacerlo.
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Autor:
El escriba de la penumbra (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 11 de agosto de 2026 a las 09:37
- Comentario del autor sobre el poema: Este poema no es solamente el relato de un terremoto. Para mí representa mucho más: representa esos momentos de la vida en los que, de un instante a otro, todo puede cambiar y nos recuerda lo frágiles que somos. Mientras escribía estas palabras, no pensaba únicamente en la tierra moviéndose. Pensaba en todas esas veces en las que mi propia vida también ha temblado, en los momentos en los que he sentido que todo se derrumba a mi alrededor y que no tengo control sobre lo que está sucediendo. El terremoto representa esos golpes inesperados que nos sacuden, que nos llenan de miedo y que nos obligan a detenernos para entender qué es realmente importante. Porque cuando todo tiembla, dejamos de preocuparnos por las cosas materiales, por las apariencias, por aquello que muchas veces creemos indispensable. Solo queremos saber que las personas que amamos están bien. Para mí, este poema también habla de gratitud. De aprender a agradecer por estar vivo, por poder abrazar a quienes amo, por tener la oportunidad de comenzar nuevamente después de cada caída. Quizás por eso esta historia tiene un significado tan profundo para mí: porque me recuerda que la vida puede cambiar en segundos, pero mientras sigamos aquí, siempre existe una oportunidad para reconstruir. Las casas pueden volver a levantarse. Las heridas pueden comenzar a sanar. Las pérdidas materiales pueden recuperarse. Pero la vida de quienes amamos es irremplazable. Y si algo quiero conservar de aquella historia, no es solamente el recuerdo del miedo. Quiero conservar la enseñanza: No esperar a que la vida tiemble para decir “te amo”, para abrazar, para agradecer, para perdonar y para valorar a quienes todavía caminan a nuestro lado. Porque al final, quizás la verdadera riqueza no sea todo lo que tenemos… sino todas aquellas personas por las que todavía tenemos motivos para seguir adelante.
- Categoría: Triste
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