Donde La Vida Deja Sus Huellas

Luis Barreda Morán

Donde la vida deja sus huellas

He caminado tanto
que mis pies conocen
la paciencia de la piedra
y el secreto de los caminos
que no llevan a ninguna parte.

He visto amanecer sobre ruinas,
he visto al día recoger
los restos de la noche
como quien recoge del suelo
las cartas que nunca se atrevió a enviar.

Y comprendí entonces
que vivir no consiste
en llegar intacto,
sino en aprender
a caminar con las heridas
sin convertirlas en cadenas.

La lluvia me enseñó
que también el cielo necesita llorar.
El árbol,
que ninguna rama alcanza el horizonte
sin haber conocido primero
la violencia del viento.

Y el río,
ese viejo viajero sin equipaje,
me habló de la libertad:
seguir avanzando
sin preguntarle al agua
por qué dejó atrás
las piedras que amaba.

Yo también dejé cosas.

Nombres.
Puertas.
Abrazos.
Una parte de mí
en ciertos lugares
a los que nunca volveré.

Pero no todo lo perdido
desaparece.

Hay personas que se marchan
y permanecen en la sangre.
Hay besos que terminan
y siguen encendiendo
una habitación de la memoria.

Hay amores que no fueron eternos,
pero nos enseñaron
la medida exacta
de nuestra capacidad de amar.

Por eso ya no le pido
a la vida que sea justa.

Le pido que sea verdadera.

Que me encuentre despierto
cuando llegue la mañana,
con las manos abiertas,
sin miedo a recibir
lo que todavía no conozco.

Porque he aprendido
que la felicidad no siempre llega
vestida de fiesta.

A veces se sienta silenciosa
junto a nuestra mesa.
A veces tiene la forma
de una taza caliente,
de una voz querida,
de una mano que permanece
cuando todos los demás se han ido.

Y entonces sabemos
que la riqueza no está
en aquello que podemos guardar,
sino en aquello que,
al compartirlo,
se vuelve más grande.

He aprendido también
que perdonar no significa
decir que nada ocurrió.

Significa dejar de cargar
una piedra que ya no necesita
viajar con nosotros.

Que soltar
no es abandonar el amor,
sino devolverle sus alas.

Que nadie pertenece a nadie,
porque incluso el corazón
necesita espacio
para respirar.

La vida pasa.

Pasa como pasa la sombra
sobre los tejados,
como pasa una nube
sobre el rostro de la montaña,
como pasa nuestra propia juventud
sin pedir permiso.

Por eso ahora miro despacio.

Miro la hoja que tiembla.
El pájaro que cruza la tarde.
El rostro de quien amo.
La luz pequeña
que se queda en una ventana
cuando la ciudad ya duerme.

Todo me parece un milagro
precisamente porque termina.

Y quizá esa sea
la lección más profunda:

no vinimos a poseer el tiempo,
sino a habitarlo.

No vinimos a vencer la muerte,
sino a llenar de vida
el espacio que ella todavía no ocupa.

Por eso, caminante,
si alguna vez te encuentras perdido,
no maldigas la oscuridad.

Tal vez el camino
esté aprendiendo tu nombre.

Sigue.

Aunque tiemblen tus piernas.
Aunque no conozcas la siguiente curva.
Aunque el corazón lleve consigo
un invierno que nadie pueda ver.

Sigue.

Porque debajo de cada ceniza
hay una posibilidad de fuego,
debajo de cada despedida
un territorio desconocido,
y dentro de cada ser humano
una primavera que todavía
no ha dicho su última palabra.

Y si mañana
el mundo vuelve a preguntarnos
qué hicimos con nuestra vida,

que podamos responder
sin grandes discursos:

amé cuando pude,
perdoné cuando comprendí,
ayudé cuando tuve fuerzas,
lloré cuando fue necesario,

y mientras tuve camino,

caminé.

Con el asombro intacto.
Con las manos abiertas.
Con el corazón dispuesto.

Porque al final,
cuando todo lo demás se desprenda de nosotros,

quizá solo permanezca
esa humilde certeza:

haber estado aquí,

haber sentido la lluvia,

haber amado la luz,

y haber dejado,
aunque fuera por un instante,

un poco de nosotros
encendido en el mundo.

—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA
Diciembre, 2015.

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  • Autor: Luis Barreda Morán (Online Online)
  • Publicado: 11 de agosto de 2026 a las 00:54
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 1


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