El aire irreparable
En la mañana soy feliz.
No porque la mañana llegue,
sino porque tu presencia
abre un lugar en mí
donde el mundo comienza a respirar.
En alguna parte del naufragio
el verano permanece como agua innumerable,
como un horizonte que todavía no termina,
como el pájaro que toca la arena
y deja en ella
la señal de su paso.
Me adentro en el calosfrío
de tu regazo inmanente.
Allí la noche tiene otra profundidad
y mi cuerpo encuentra una morada
antes de saber que la buscaba.
Tu boca es aire sobre mi piel,
es el canto que se demora
en la rodilla del silencio,
es una guitarra
que despierta en la pradera de mis cuerdas.
Entonces comprendo
que respirar no es solamente vivir:
es abrir una puerta
hacia aquello que todavía no tiene nombre.
Desde mi corazón
alerto los fusiles sobre tu mirada
y me nutro de tu memoria.
No sé si te recuerdo
o si es tu memoria la que me habita.
Acarreo tu voz
con el murmullo fatigado
de quien lleva consigo
una palabra que no quiere perderse.
Mi pecho se llena de palabras
y las palabras se llenan de ti.
Suavemente busco en el mar
el aire irreparable,
ese lugar donde el amor
todavía no se ha separado del mundo.
Y cruje.
Cruje el amor en nuestras vidas
como una rama bajo la lluvia,
como una puerta que se abre
en mitad del silencio.
La memoria es tibieza
para respirar.
Y este amor que no se aleja
permanece en la piel,
en la respiración de la tarde,
en los gestos de tus mejillas,
que son ramas movidas por un viento
que no vemos.
Tus ojos se abren
como signos de corderos
y en ellos algo se revela
sin necesidad de decirse.
Tal vez por eso te miro:
porque hay cosas
que solamente existen
cuando alguien las contempla.
El viento hincha la felicidad
y la levanta sobre el mar.
En alguna parte del naufragio
seguimos siendo verano,
agua innumerable,
dos cuerpos respirando
el mismo aire irreparable.
Bajo el cielo de la luna
saludo el anhelo del mar.
El mar baraja la ternura
y devuelve a la orilla
lo que el destino arrastra.
Te veo entre los parajes de las palomas,
saludando la noche
con esa manera tuya
de hacer presente lo que está lejos.
Saludo tu risa.
Saludo tus manos
cuando buscan la oscuridad
y encuentran mi pecho.
Estás apegada a mi corazón.
Tus manos son flores
junto a mi respiración.
Y cuando gimes
en la orilla de mis aguas,
entre las algas de mis sueños,
el cuerpo deja de ser solamente cuerpo:
se vuelve lugar.
Se vuelve casa.
Se vuelve la manera
en que el mundo permanece.
He aquí el amor.
No llega desde ninguna parte.
Nace como la estrella
cuando la noche todavía no sabe
que habrá luz.
Pesca en la orilla
con su tarraya de sueños
y recoge del agua
lo que nuestras manos
no pudieron nombrar.
Cada rayo lo ilumina.
Es la explosión de tu regazo,
la barca que moja la ola,
el mar que late en mis venas,
la forma secreta
y el ritmo del pétalo.
He ahí el amor:
lo que lleva esa mujer
en el tiempo y en la vida,
lo que nace de su mismo pecho
y llega hasta mí
como llega el viento
a una casa abierta.
De tu labio a mi rostro
flota el agua del amor.
Y en esa agua
aparecen la forma,
el mundo,
la vida.
No como cosas separadas,
sino como una sola presencia
que por un instante
se deja contemplar.
La noche se aleja.
Entre el agua y los dedos
lloro aquello que no sé decir.
Soy el aire.
Soy la raíz del poema.
Busco en ti
la estructura del misterio:
tus labios,
tu corazón,
el aire,
la palabra.
Porque la palabra no viene después de las cosas.
La palabra es el lugar
donde las cosas empiezan a mostrarse.
Cuando respiro tu noche,
me exprimo la luz de tus confines
y descubro que también la oscuridad
puede ser una forma de presencia.
Hiervo en la esencia
con recuerdos y frutos.
Te busco
guiado por la luz de tus días,
clavado con mis ojos
en tu dulce destino como miel.
Te recuerdo, mi amada.
Pero recordarte
no significa traerte desde el pasado.
Es dejar que regreses
a la habitación de mi respiración.
En mis brazos perduras
con los frutos de la estatua del amor.
Vivo en tu mirada
con el aire enloquecido.
Vivo en la raíz de los poemas.
Estoy detenido en tu alma
como una palabra
que todavía espera ser pronunciada.
Estoy junto al clavel
de tu sonrisa.
Y entonces comprendo
que quizá amar
sea esto:
permanecer junto a lo que se revela
sin querer poseerlo.
Respirar.
Habitar el instante
en que tu presencia
abre el mundo.
Porque el amor no se aleja.
Permanece.
Como el agua después de la lluvia,
como la memoria en el cuerpo,
como la luz detrás de los párpados,
como el viento que todavía mueve
las ramas de tus mejillas.
Permanece
en la palabra que te nombra
y en el silencio que la sostiene.
Permanece
en la respiración.
Y mientras respiramos
el mundo vuelve a comenzar.
En alguna parte del naufragio
el verano sigue siendo agua innumerable.
Tú y yo
seguimos frente al horizonte.
Dos cuerpos.
Una misma respiración.
Y entre nosotros,
abriéndose lentamente,
el aire irreparable.
Como si el silencio
hubiera aprendido
nuestros nombre
y los pronunciara
sin voz.
-
Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Online) - Publicado: 11 de agosto de 2026 a las 00:06
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1
- En colecciones: Poemas de amor.

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.