Sobre Este Asunto de Vivir

dalamon



 

Al final ya casi, de todo Esto, creo que bien me merezco

lo que todo ser humano, y esto haya hecho lo que haya hecho

 

Me refiero a la Paz, a lo mayor que existe como regalo

que la vida nos reserva. 

A veces esto sacando las cuentas y otras tantas simplemente soltando

 

No reniego de lo andado ni en un trecho ni en ningún paso.

Y a pesar de tener claro que deambulé y tantas veces,

al final estoy convencido que fue ese, el trayecto que no previsto,

pero que me ha traído a ser quien soy: y a cumplir con lo propio mío.

 

Como todos, he andando en libertad, en soledad y a veces hasta perdido.

He acompañado y también a veces me he ido; y tuvo un sentido cada vez que pasó algo de ello.

 

No me absuelvo de mis yerros, ni me condeno en mis humanas culpas:

porque son consciente, lo tengo claro a ello que he venido para crecer.

Para aprender constantemente y sin manual, sino con tan solo las ganas de ser mejor, cada vez.

 

Ni hay un total ni lo vengo sumando; y no hay cosas que restar: a todo, es cuestión de valorarlo como siendo una oportunidad; una a veces clara, y otras muchas escondidas: las que nos brinda Doña Vida para ser y para estar. 

Para ser y para estar, y no para pasar por: como si nada tuviera un sentido.

 

Mi me comparo ni me mido, ni me obligo ni me exijo; solo ando mi camino sin un otro objetivo que,

que nutrirme del presente que disfrazado de tiempo ido, a veces, como tanto de futuro aún anhelado.

Ellos son mis nortes; y es por ello que sin que importe los matices ni las formas que mi andar adopte hoy,

yo voy rumbo a lo que todavía es desconocido: asombrándome de todo lo bendecido que me siento, siendo Aquí y Hoy.

 

Hay hoy, e igual que los hubo siempre, desafíos a montones; y posibilidades para afrontarlos que son por lo menos de a miles.

La libertad nos des circunscribe y nos hace ver desde muy lejos a lo que cerca o que adentro tenemos, y que tenemos que ver. 

Ello tanto, como a lo que nos rodea y que rodea y tiñe este gran ensueño que es, este asunto de existir.

 

No me inquieta tanto la muerte –una suerte inevitable– como sí lo hace el día a día: y ello me pasa porque él me motiva a un algo nuevo siempre buscar.

Lo que pasa y que pasará, mientras que permanezca vivo: no en sentido biológico consabido sino que por siendo consciente de lo que es el Hoy y el Aquí y el hecho de ahí Estar.

 

Y es por ello que es la Paz, el valor más grande conocido, la que enmarca este tramo de mi camino.

Siendo ella no su meta final sino un acompañante, el preferido; uno que de tiempo completo, aún cuando el entorno se perturbe: como le pasa a cualquier hijo de vecino.

 

Hoy.. hoy escribo sin sentido, sin propósito y sin destino: vuelvo a escribir porque todavía estoy vivo y no lo quiero desperdiciar a ningún pequeño ratito en que yo me pueda expresar.

Para nombrar, puesto en palabras, una mínima parte de lo que siento; a lo que quiero compartir con el mundo, y con los más vecinos: por supuesto.

 

Por deseándoles un sendero –al que hoy tengan por delante– a que lo encaren del mejor talante; no sabiendo lo que vendrá más adelante pero confiando como lo hago yo,

que, y llegando a cada puente, la existencia proveerá lo que estime conveniente

Para que se conjuguen en un eterno presente lo que uno es, lo que incluye a lo que vino: y todo lo demás, lo que nos viene pasando en este Bello y Profundo Camino.

Que vino a ser por ser, a vivir por ningún otro motivo que no sea el de aprovechar al primordial beneficioel hecho de haber nacido. Y el de estar hoy todavía Aquí. Al igual que todos, para hacer del Bien el rumbo elegido. Y para hacer de la impronta personal profunda, el hecho de Amar.

  • Autor: El Pensador UY (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 10 de agosto de 2026 a las 09:15
  • Comentario del autor sobre el poema: "«La Paz y otros regalos” es, ante todo, una reflexión de madurez. No habla de la paz como ausencia de conflictos externos, ni como una recompensa por haber llevado una vida perfecta. La presenta como una conquista interior y, al mismo tiempo, como uno de los mayores regalos que puede recibir un ser humano cuando aprende a reconciliarse con su propia existencia. El texto parte de una certeza profundamente humana: llega un momento en que uno deja de querer ajustar cuentas con la vida. Ya no importa tanto cuánto se ganó, cuánto se perdió, qué salió bien o qué pudo haber sido diferente. Importa haber recorrido el camino. Por eso aparece una idea esencial: “no reniego de lo andado”. No hay nostalgia paralizante ni arrepentimiento convertido en identidad. Tampoco hay una idealización ingenua del pasado. Hay aceptación. Y esa aceptación no significa complacencia. El hablante reconoce sus desvíos, sus errores, sus momentos de soledad, sus pérdidas y sus equivocaciones. Pero se niega tanto a absolverse gratuitamente como a condenarse eternamente. Esa posición es particularmente valiosa: reconocer la culpa sin convertirla en condena; reconocer el error sin quedar prisionero de él. La vida aparece entonces no como un tribunal, sino como una experiencia de aprendizaje. Uno de los ejes más sólidos del texto está precisamente allí: vivir es aprender sin manual. No se plantea la existencia como un examen que uno debe aprobar, sino como un proceso permanente de transformación. El error deja de ser solamente una falla y puede convertirse en conocimiento; el desvío puede terminar siendo parte del trayecto; aquello que no estaba previsto puede conducir precisamente hacia aquello que uno debía llegar a ser. Por eso resulta significativa la afirmación de que el camino no fue necesariamente el previsto, pero sí fue el que permitió llegar a ser quien se es. Hay aquí una concepción casi filosófica de la identidad: no somos solamente aquello que proyectamos ser; también somos aquello que nuestras experiencias, decisiones, pérdidas, encuentros y equivocaciones hicieron de nosotros. El poema también rompe con una de las grandes trampas de la vida contemporánea: la comparación permanente. Cuando afirma: “Ni me comparo ni me mido, ni me obligo ni me exijo” aparece una verdadera declaración de independencia interior. No se trata de renunciar al crecimiento, sino de dejar de medir la propia existencia con la vara ajena. El objetivo ya no es demostrar, competir o alcanzar una determinada imagen de éxito. Es habitar el propio camino. Ese planteamiento se relaciona directamente con otra idea muy poderosa: el presente. El texto entiende el presente de una manera particularmente interesante, porque no lo reduce al instante fugaz. El presente contiene memoria y posibilidad. El pasado aparece como experiencia incorporada y el futuro como horizonte todavía desconocido. Por eso el “aquí y hoy” no es una invitación a olvidar lo vivido ni a despreocuparse de lo que vendrá. Es, más bien, la decisión de estar plenamente en el único lugar donde realmente puede vivirse la existencia. También resulta significativa la insistencia en que la vida ofrece oportunidades incluso cuando no son inmediatamente reconocibles. Algunas son evidentes; otras permanecen escondidas. Esto introduce una mirada de confianza frente a la incertidumbre: no todo lo que sucede puede comprenderse en el momento en que sucede. Hay acontecimientos cuyo significado solamente se descubre después. La libertad ocupa otro lugar central. Pero no aparece como una simple facultad para hacer lo que se quiera. La libertad permite tomar distancia, mirar lo cercano y lo lejano, lo interior y lo exterior. Es una ampliación de la mirada. En ese sentido, el texto entiende la libertad como capacidad de conciencia, no simplemente como ausencia de restricciones. Uno de los pasajes más interesantes es aquel referido a la muerte. El texto no niega su inevitabilidad, pero tampoco permite que ella gobierne la existencia. La muerte aparece como una certeza, mientras que la preocupación auténtica está puesta en el día a día. Y aquí se produce una inversión significativa: lo verdaderamente importante no es cuánto tiempo queda, sino qué hacemos con el tiempo que tenemos. La expresión “estar vivo” adquiere entonces un significado mucho más profundo que el estrictamente biológico. Estar vivo es estar consciente, atento, disponible para descubrir, aprender, buscar algo nuevo. Es decir, la vida no se define únicamente por respirar, sino por participar conscientemente de la propia existencia. Y allí desemboca naturalmente el tema principal: la paz. La paz no es presentada como una meta definitiva que algún día se alcanza y entonces todo queda resuelto. Es una compañera de camino. Esa diferencia es fundamental. Porque si la paz fuera solamente la recompensa final, dependería de que desaparecieran los problemas. Pero el texto sostiene exactamente lo contrario: puede existir paz aun cuando el entorno se perturba. Eso le da al concepto una dimensión mucho más profunda. La paz no consiste en que afuera no haya tormentas, sino en no permitir que todas las tormentas exteriores gobiernen el interior. Es una forma de soberanía sobre uno mismo. De ahí que la frase que identifica la paz como “el valor más grande conocido” funcione como el verdadero centro filosófico de toda la composición. Todo lo anterior —los errores, los aprendizajes, la libertad, la soledad, el presente, el futuro, la muerte— converge en esa conclusión. Hay además una paradoja deliberada en el tramo final: “Hoy escribo sin sentido, sin propósito y sin destino”. El texto acaba demostrando justamente lo contrario. Tiene sentido, propósito y destino, aunque no sean impuestos desde afuera. El propósito es expresarse; el sentido es estar vivo; y el destino no es un lugar concreto, sino el propio acto de caminar. Escribir aparece entonces como otra forma de estar vivo. No se escribe para obtener reconocimiento ni para construir una verdad definitiva. Se escribe porque todavía existe algo que decir. Y esa afirmación contiene una hermosa reivindicación de la palabra: mientras haya conciencia, experiencia y necesidad de expresar, todavía hay vida que puede convertirse en significado. El cierre lleva el texto desde la experiencia individual hacia una dimensión universal. Ya no habla solamente de quien escribe. Habla a todos. El “sendero” que desea para los demás es una prolongación natural de su propia filosofía: nadie sabe exactamente qué encontrará al llegar al próximo puente, pero puede avanzar confiando en que la existencia irá proporcionando aquello necesario para atravesarlo. La metáfora del puente resulta especialmente eficaz porque representa la incertidumbre. Uno no necesita conocer todo el camino para continuar. A veces basta con llegar hasta el próximo puente. Después habrá que ver qué ofrece la vida para cruzarlo. Y el último concepto —“hacer del Bien el rumbo elegido”— termina de darle al texto una dimensión ética. No se trata solamente de vivir para sentirse bien, estar tranquilo o disfrutar del presente. La paz interior no queda desligada de una responsabilidad moral. El sentido último consiste en aprovechar el hecho primordial de haber nacido y orientar la existencia hacia el bien. Ese final evita que el texto caiga en un individualismo cómodo. No dice: “vive para ti”. Dice, en esencia: vive conscientemente, aprende, acepta, agradece, camina y procura que el Bien sea la dirección de tu vida. En definitiva “La Paz y otros regalos” es un texto de reconciliación con la existencia. No de resignación, sino de aceptación consciente. No pretende demostrar que la vida haya sido fácil ni que el futuro vaya a serlo. Su afirmación es mucho más fuerte: a pesar de todo lo vivido, todavía vale la pena estar aquí. El texto no glorifica el pasado, no teme excesivamente al futuro y no pretende controlar lo que todavía no ocurrió. Elige algo más difícil: habitar el presente con conciencia, asumir la propia historia sin vergüenza ni autocomplacencia y continuar caminando. Su mayor fortaleza está en que la paz no aparece como evasión de la realidad, sino como consecuencia de haberla mirado de frente. Haber errado, perdido, acompañado, partido, regresado, aprendido y continuado. Por eso el verdadero “regalo” del título no es solamente la paz. Son también la conciencia, la libertad, la experiencia, la capacidad de aprender, la posibilidad de comenzar nuevamente, el presente y, sobre todo, la oportunidad todavía abierta de hacer del Bien una elección. En última instancia, el texto sostiene una idea sencilla pero poderosa: no tenemos que haber vivido una vida perfecta para merecer la paz; tenemos que ser capaces de comprender nuestra propia vida, asumirla, aprender de ella y seguir caminando sin dejar de estar verdaderamente vivos".
  • Categoría: Reflexión
  • Lecturas: 5


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