El hombre que esperó al amor
Vivió como quien guarda una puerta
sin saber quién habrá de tocarla.
Pasaron los años sobre sus hombros,
como pájaros cansados de buscar un árbol,
y él permaneció allí,
con las manos llenas de días
y el corazón sin una historia que contar.
No fue que despreciara el amor.
No.
Lo esperaba.
Quizá por eso dejó pasar tantas mujeres,
tantos ojos que pudieron haber sido casa,
tantas manos que alguna vez
buscaron sin saberlo la suya.
Él quería aquella mujer.
La única.
La que llegara sin ruido,
con la verdad desnuda en los labios,
con una ternura capaz de reconocer
las pequeñas grietas de su alma.
Y mientras esperaba,
la juventud se le fue quedando lejos.
Una tarde comprendió
que había confundido la perfección con el destino,
que había pedido demasiado a la vida
y demasiado poco a su propio corazón.
Porque el amor no siempre llega
con las campanas que imaginamos.
A veces viene con miedo,
con defectos,
con una risa inesperada,
con una mujer imperfecta
que solamente desea quedarse.
Pero él no supo verla.
Y siguió esperando.
Esperó tanto
que un día ya no esperaba a nadie,
sino al hombre que había sido
antes de que los años cerraran sus ventanas.
Entonces miró su casa.
Había silencio en las habitaciones,
un vaso sobre la mesa,
un libro abierto que nadie leía,
y una cama demasiado grande
para un solo cuerpo.
Afuera llovía.
Y aquella lluvia parecía conocerlo.
Pensó en las mujeres que amó sin amarlas,
en las que pudo haber querido,
en aquella que quizá pasó una noche
a pocos pasos de su vida
y nunca supo que era ella.
Sintió entonces
una tristeza sin nombre:
no la tristeza de haber perdido a una mujer,
sino la de haber perdido
la posibilidad de amar.
Porque nadie lo abandonó.
Nadie le rompió el corazón.
Fue él quien, de tanto protegerlo,
lo dejó intacto
y vacío.
Ahora envejece lentamente
como una casa frente al mar.
Tiene fotografías de nadie,
recuerdos que no pertenecen a nadie,
y un futuro que se ha vuelto pequeño
como la última luz de la tarde.
Tal vez mañana muera tranquilo.
Tal vez nadie sepa
cuánto amor pudo haber dado.
Y cuando cierren sus ojos
no habrá una mujer diciendo su nombre,
ni una mano buscando la suya,
ni un pecho donde repose por última vez
la memoria de sus latidos.
Sólo quedará su silencio.
Y quizá alguien, muchos años después,
al pasar frente a su tumba,
pregunte quién fue aquel hombre
que vivió solo tantos años.
Nadie sabrá responder.
Porque hay hombres que mueren sin haber sido abandonados,
sin haber sufrido una despedida,
sin haber perdido un amor.
Mueren simplemente
con el amor todavía adentro.
Y ésa, quizá,
es la más triste de las soledades:
tener un corazón lleno
y no haber encontrado nunca
a quién entregárselo.
—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA
Octubre, 2021.
-
Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 10 de agosto de 2026 a las 00:13
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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