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ronald tadeo ramirez elizalde

Y en el silencio de la noche pregunté a mi alma:

 

«¿Dónde habita el amor cuando los ojos no pueden contemplarlo?»

 

Y mi alma respondió:

 

«Habita allí donde un nombre es pronunciado con ternura, donde una promesa permanece fiel y donde un corazón sigue esperando sin dejar de creer.»

 

Entonces comprendí que tú habitabas en mí.

 

No como un recuerdo que el tiempo desgasta, sino como la llama que alumbra el santuario del corazón. No como un sueño pasajero, sino como la verdad que da sentido a mis días y descanso a mis noches.

 

Desde que llegaste a mi vida, aprendí a descubrir tu presencia en las cosas más sencillas: en el murmullo del viento entre los árboles, en el perfume de la tierra después de la lluvia, en el primer rayo del alba y en el silencio sagrado que precede a una oración.

 

Cuando cierro los ojos, no veo la oscuridad: veo el resplandor de tu sonrisa. Cuando el mundo calla, no escucho el vacío: escucho el eco de tu voz llamando a mi corazón con la dulzura de quien conoce el camino de regreso.

 

Y si alguna vez la distancia quisiera probar nuestra esperanza, levantaré mi mirada al cielo y recordaré que el mismo Dios que cuenta las estrellas conoce también cada latido que pronuncia tu nombre.

 

No deseo poseerte como quien guarda un tesoro por miedo a perderlo. Deseo amarte con manos abiertas, para que cada día elijas permanecer a mi lado con la libertad con la que florecen las rosas y vuelan las aves al amanecer.

 

Porque el amor verdadero no encadena: acompaña.

No exige: inspira.

No domina: sirve.

No consume: da vida.

 

Y cuando al fin el tiempo nos conceda el regalo de abrazarnos sin despedidas, apoyaré mi corazón sobre el tuyo para escuchar el mismo himno que Dios comenzó a escribir desde el instante en que nuestras almas se encontraron.

 

Entonces diré, con lágrimas de gratitud y con una paz que ninguna palabra podrá contener:

 

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