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I
El olor me ha despertado
un domingo por la tarde;
la hora no marcaba su fecha
para aquello que se aproximaba,
y no había luz más veloz
que el pensamiento.
Las rocas marcaban el punto,
la distancia, su sentencia;
allí donde caían
encontraban su final.
Y los charcos de agua,
salpicados por nuestras manos,
eran pequeños mares
donde jugábamos
con lo poco que teníamos,
a nuestro modo.
II
Las monedas eran nuestro tesoro,
y la imaginación, nuestra riqueza.
Con ellas comprábamos deseos
que jamás cabían en los bolsillos.
Los dulces,
llenos de memoria,
llenos de melancolía,
guardaban en su sabor
aquellos días
que aún no sabíamos perder.
III
La tarde caía lentamente.
La entrada quedaba marcada,
y nuestros pasos eran la única certeza
de aquello que habríamos de caminar.
Los juguetes no han envejecido,
pero dejaron de existir
en aquel mundo.
Ahora reposan en silencio,
olvidados de nuestras conversaciones,
de nuestras manos,
de aquellas pequeñas guerras
que alguna vez fueron eternas.
IV
Las canciones que el tiempo hallaba
eran nuestro auxilio,
nuestro refugio,
la música de un futuro
sin tiquete de ida.
La comida era nuestro plato
de soldados recién llegados;
y aquellas manos
que jamás perdían la sazón
eran el hogar.
V
Ahora miro hacia atrás
y encuentro la tarde todavía,
los charcos, las monedas,
los dulces, las canciones,
los juguetes que esperan
una infancia que no regresará.
Todo permanece,
excepto nosotros.
Porque la infancia no muere de golpe;
se marcha despacio,
dejando tras de sí
una silla vacía,
un recuerdo en la mesa
y una melancolía
que, con los años,
aprende a llamarse compañera.
La infancia no volverá.
Y quizá eso sea crecer:
aprender a despedirse
de aquello que amamos
sin haber sabido
que era la última vez.
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Autor:
Desconocido (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 9 de agosto de 2026 a las 03:50
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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