A menudo, cuando alguien nos hiere, no lo hace por un deseo deliberado de causar daño, sino como una manifestación involuntaria de sus propias batallas internas y de la pesada carga de dolor que aún no ha logrado sanar.
Ante la ofensa, el verdadero crecimiento reside en la capacidad de observar en lugar de reaccionar; se trata de trascender el ego para vislumbrar el alma del otro, reconociendo que su actuar es, con frecuencia, el eco de antiguos traumas y vivencias que aún dictan su presente.
Descubrimos entonces que nadie posee la potestad de vulnerar nuestra paz interior a menos que cedamos las llaves de nuestro bienestar. Es en ese umbral de vulnerabilidad donde el amor debe emerger con una fuerza tal que logre disipar las sombras de la ceguera emocional y el rencor.
No obstante, la sabiduría también nos enseña que el amor no es sacrificio ciego: si el otro se aferra a su sombra y rechaza la luz de la ayuda, la mayor expresión de afecto es, precisamente, el retiro. El amor propio debe ser siempre el faro que nos guíe hacia la preservación de nuestra propia paz y serenidad.
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Autor:
Loco De Amor (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 8 de agosto de 2026 a las 10:00
- Categoría: Reflexión
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